Foto de familia en la presentación del 9 de abril celebrada por CNSE.

Foto de familia en la presentación del 9 de abril celebrada por CNSE. Cedida

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La CNSE rompe el silencio sobre el envejecimiento sordo: "No es soledad, es falta de comunicación"

Una guía pionera denuncia las discriminaciones que sufren las personas mayores sordas y reclama un cambio estructural en la atención.

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Mariana Goya
Publicada

El silencio también puede ser una forma de exclusión. No el elegido, sino el impuesto. El que se cuela en una consulta médica sin intérprete, en una residencia donde nadie domina la lengua de signos o en una conversación cotidiana que nunca llega a entenderse del todo.

Ese silencio —invisible para la mayoría— es el que la Confederación Estatal de Personas Sordas (CNSE) decidió colocar en el centro del debate con la presentación de su guía Por un Buen Trato a las Personas Mayores Sordas, un documento que no solo denuncia, sino que incomoda y obliga a mirar de frente una realidad sistemáticamente ignorada.

El acto, celebrado en la Casa de las Personas Sordas, reunió a representantes institucionales, expertos y miembros del movimiento asociativo en torno a una idea clave: envejecer no significa lo mismo para todos, y mucho menos cuando la sordera atraviesa esa experiencia.

"No todas las personas sordas somos iguales", se insistió durante la jornada, desmontando una visión homogénea que, lejos de simplificar, borra matices esenciales como el acceso a la educación, el entorno social o el uso —o no— de la lengua de signos.

En un país donde la esperanza de vida alcanza los 83 años y el envejecimiento se consolida como uno de los grandes retos demográficos, las personas mayores sordas se enfrentan a una doble barrera. Por un lado, la edad y, por otro, la discapacidad.

Una intersección que, como subrayó Amparo Minguet, "multiplica las situaciones de desigualdad y exige respuestas específicas". La guía nace precisamente con ese propósito, articulándose en torno a tres ejes: sensibilizar, empoderar y orientar.

Pero más allá de los grandes conceptos, el documento pone nombre a prácticas cotidianas que rara vez se identifican como discriminación. Edadismo, sobreprotección, microdiscriminaciones o audismo —la imposición de la lengua oral sobre la lengua de signos— conforman un entramado de barreras sutiles pero persistentes.

"Son cosas muy sutiles, muy inconscientes, pero se van acumulando y afectan mucho a la autoestima", se explicó durante la presentación.

El resultado es una forma de aislamiento que no siempre se percibe desde fuera. "No están solas, pero se sienten solas por un problema de comunicación", se repitió como una idea transversal a lo largo del acto.

Una afirmación que resume una de las principales alertas del informe, y es que la soledad no deseada en las personas mayores sordas no responde únicamente a la falta de compañía, sino a la imposibilidad de participar plenamente en su entorno.

Los testimonios recogidos en la guía ilustran esta realidad con precisión. Personas que acuden al médico sin saber cuándo les corresponde el turno, que no pueden comunicarse con el personal de una residencia o que dependen de familiares para realizar gestiones básicas.

Situaciones que, lejos de ser excepcionales, forman parte de una experiencia compartida. "No estamos pidiendo favores, estamos exigiendo nuestros propios derechos", se reivindicó con firmeza.

En este contexto, la accesibilidad adquiere una dimensión más amplia. Ya no se trata solo de eliminar barreras físicas, sino de garantizar el acceso a la comunicación.

Inmaculada Gómez, directora del CEADAC del Imserso, lo expresó con contundencia: "Las barreras de comunicación son tan discapacitantes como un tramo de escaleras para una persona con movilidad reducida". Y fue más allá: "Sin comunicación no hay participación y sin participación no hay inclusión real".

La guía también señala uno de los déficits estructurales más relevantes: la falta de profesionales preparados para atender a este colectivo. La CNSE propone avanzar hacia un modelo en el que las personas mayores sordas puedan ser atendidas por profesionales que compartan su lengua y su cultura.

"Lo ideal es que puedan ser atendidas por profesionales que compartan su misma lengua porque eso reduce errores, evita la dependencia de terceros y favorece una atención más humana y eficaz", defendió el presidente de la entidad, Roberto Suárez.

Los datos aportados durante la jornada refuerzan la magnitud del desafío. En España hay cerca de 10 millones de personas mayores, de las cuales un 65% de las personas con discapacidad superan los 65 años.

Dentro de este grupo, alrededor de 650.000 son personas sordas mayores, a las que se suman unos 2 millones con problemas de audición. Una realidad numéricamente significativa, pero socialmente invisibilizada.

Frente a este escenario, la guía no se limita al diagnóstico. Incluye un decálogo de buen trato, ejemplos prácticos y recursos legales que permiten identificar y combatir situaciones de discriminación.

Todo ello respaldado por un marco normativo que reconoce la lengua de signos y garantiza derechos fundamentales, desde la Ley 27/2007 hasta la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

Sin embargo, el mensaje más potente de la jornada no fue jurídico ni técnico, sino político en el sentido más amplio. "Las personas mayores sordas son piezas fundamentales", se subrayó, no solo como destinatarias de políticas, sino como agentes activos capaces de reivindicar, transformar y construir comunidad.

La presentación de esta guía es, en ese sentido, algo más que un acto institucional. Es una llamada a revisar inercias, a cuestionar prácticas normalizadas y a entender que la inclusión no puede construirse sin escuchar —también— aquello que durante demasiado tiempo ha permanecido en silencio.