Vivimos una época rarísima.
Las encuestas hablan constantemente de "la mujer decisiva", "la mujer moderada", "la mujer que inclina el voto", como si fuera una criatura mitológica que habita entre un CIS y una mesa camilla. Una especie de unicornio demoscópico con bolso cruzado y opinión sobre el precio del aceite.
Luego pasan las elecciones, los pactos, las dimisiones, las imputaciones, los debates con señores señalándose muchísimo unos a otros en prime time… y de esa mujer no vuelve a acordarse nadie.
Ella, mientras tanto, sigue a lo suyo.
Sigue mirando el tique del supermercado como quien revisa daños tras un temporal. Sigue guardando botones en una caja de galletas danesas "por si acaso". Sigue doblando bolsas, apagando luces detrás de la gente y preguntando si has cenado, aunque el país institucionalmente parezca una reunión de vecinos a punto de llamar a la policía.
La política cambia muchísimo de tono y poquísimo de precio.
Uno escucha las noticias y parece que España esté permanentemente al borde de algo gravísimo. Luego bajas a la calle y la vida continúa con una normalidad casi insolente: alguien compra cuarto y mitad de chóped, una señora riega geranios, un repartidor se toma un café de pie y una madre busca en el bolso un paracetamol que, milagrosamente, siempre aparece.
El mundo íntimo de las personas apenas cambia. Solo se encarece.
Sube la luz, sube el café, la tensión y sube hasta la paciencia. Pero aun así hay gente que sigue diciendo "llevaos un táper", "abrígate por la noche" o "te he guardado un poquito". Y yo cada vez estoy más convencida de que la civilización depende muchísimo más de esas frases que de cualquier comparecencia en el Congreso.
Tenemos muy poca memoria como sociedad. Nos indignamos rápido y olvidamos todavía más rápido. Las noticias duran menos que un yogur abierto en agosto. Lo único verdaderamente estable es esa mujer silenciosa a la que las encuestas convierten durante quince días en el centro del universo y después devuelven discretamente a la cola de la pescadería.
Y, sin embargo, ahí sigue sosteniendo el país. No desde los grandes discursos. Con su bolso cruzado y desde las pequeñas cosas.
Desde saber cuánto tarda en ponerse malo un plátano.
Desde guardar una goma "que todavía sirve".
Desde partir la última croqueta en dos por si alguien quiere probarla.
Hay personas organizando estrategias electorales y otras calculando si esta semana compensa poner otra lavadora.
Sinceramente, yo sé quién mantiene el mundo funcionando.