España es un país devastado a nivel económico y asfixiado por la inflación. Un país donde, según escuchamos cada día, la gente apenas llega a fin de mes, el supermercado es un campo minado de precios imposibles y llenar el depósito del coche exige casi una hipoteca. Al menos eso es lo que nos contamos unos a otros.

Pero, eso sí, luego llega Semana Santa y ocurre el milagro económico más extraordinario de Europa: las calles se llenan hasta reventar, los hoteles rozan el lleno absoluto, las terrazas se convierten en una batalla campal por una silla libre y las carreteras parecen la antesala del apocalipsis automovilístico.

Durante meses, España parece un velatorio económico permanente. Se habla del precio de la leche, del aceite de oliva, de la gasolina o del alquiler como si estuviéramos atravesando la Gran Depresión. En las conversaciones de bar, en la cola del supermercado y en las redes sociales, el diagnóstico es unánime: estamos fatal.

Fatal… hasta que llegan cuatro días festivos.

Entonces sucede algo curioso. Ese mismo país que asegura no tener un euro se lanza a las carreteras como si el dinero caducara el lunes. Hoteles llenos. Restaurantes hasta la bandera. Procesiones rodeadas por miles de turistas y locales con el móvil en alto. Copas, tapas, cenas, desplazamientos, souvenirs y cafés a tres euros. De repente, el país quebrado tiene tarjeta.

La explicación puede ser múltiple. Quizás España se ha acostumbrado definitivamente a vivir al día, como quien quema las últimas cerillas sin preocuparse por la noche que vendrá después. Tal vez el ahorro ya no es una virtud sino una reliquia de museo, una costumbre de abuelos que crecieron en tiempos en los que la incertidumbre no era un titular, sino una forma de vida. O quizá, sencillamente, somos un país profundamente contradictorio.

Nos quejamos de que todo está carísimo mientras pagamos gustosamente lo que haga falta durante cuatro días de fiesta. Nos declaramos víctimas de una crisis permanente… pero esa crisis parece tener vacaciones en Semana Santa, en verano y en cualquier puente que aparezca en el calendario.

También existe otra posibilidad, menos cómoda pero más realista: que en España haya bastante más dinero del que muchos están dispuestos a reconocer.

Quejarse sale gratis, y, además, es un deporte nacional. Quejarse del Gobierno, del supermercado, del banco, de la gasolina o del precio del café es casi una forma de identidad colectiva, pero luego llega la fiesta.

Entonces ese país que no puede más, que está al límite, que no llega a fin de mes, decide que durante unos días que sí puede, que ya habrá tiempo para lamentarse el martes siguiente.

Así funciona esta economía emocional llamada España: lloramos en febrero, protestamos en marzo… y en abril reservamos hotel, porque aquí la crisis siempre es muy grave… salvo cuando hay puente.