En España, dimitir es una costumbre exótica, casi antropológica. Algo que se estudia en manuales extranjeros o se recuerda con nostalgia, como los teléfonos con cable o los ministros que asumían responsabilidades. Aquí no. Aquí, como diría Julio Iglesias, la vida sigue igual. Y el sillón también.

Ahí está Grande-Marlaska, que debería tener una placa en Interior por resistencia extrema al escándalo. El episodio de la valla de Melilla, con muertos, versiones oficiales desmentidas por imágenes y ceses fulminantes de mandos de la Guardia Civil que osaron decir la verdad, habría tumbado a cualquier ministro en una democracia con reflejos. Aquí no. Aquí se aguantó el chaparrón, se negó la evidencia y se siguió adelante. Al final, la vida sigue igual.

Mónica García, ministra de Sanidad y antigua abanderada de la superioridad moral, ha descubierto que gestionar es más incómodo que protestar. Su cruzada contra los médicos, cuestionando su vocación y endureciendo condiciones en plena fuga de profesionales, ha provocado un choque frontal con el sector sanitario; pero reconocer errores no entra en el manual. El discurso sigue siendo puro y la realidad, secundaria. Al final, la vida sigue igual.

En Igualdad, Ana Redondo heredó y defendió uno de los símbolos más vergonzosos de la política contra la violencia de género: las pulseras telemáticas para proteger a las víctimas que no alertaban cuando el maltratador se acercaba. Sistemas fallidos, avisos tardíos o inexistentes y mujeres desprotegidas por una tecnología que debía salvar vidas y no lo hizo. Un fracaso grave, con consecuencias reales y riesgos evidentes. ¿Dimisiones? Ninguna. Al final, la vida sigue igual.

Y luego está Óscar López, el hombre para todo. El político reciclable por excelencia. Cuando fue presidente de Paradores, estalló el escándalo de la fiesta en el Parador de Teruel, con destrozos, habitaciones inutilizadas y una gestión que acabó en descrédito. Consecuencias políticas: ninguna. Carrera intacta. Siempre hay un puesto esperando. Al final, la vida sigue igual.

Lo verdaderamente asombroso no es que no dimitan. Es que ya ni siquiera se disimula. Antes se hablaba de "asumir responsabilidades", de "dar explicaciones", de "poner el cargo a disposición". Hoy la estrategia es resistir, negar, señalar a otro y esperar a que llegue el siguiente escándalo que tape al anterior. Y siempre llega.

Óscar Puente decidió elevar el caos ferroviario a seña de identidad. El momento cumbre llegó cuando se compraron trenes que no cabían por los túneles de Cantabria y Asturias. Literalmente. Trenes imposibles para túneles reales. Un símbolo perfecto de la gestión: mucha prisa, poca previsión y cero consecuencias. Retrasos crónicos, averías constantes, problemas en los Cercanías de Cataluña y, por supuesto, el descarrilamiento de Adamuz como una de las mayores catástrofes ferroviarias de la historia de España. Sin lugar a dudas, el ministro récord y especialista en broncas en redes sociales, pero dimitir jamás estuvo sobre la mesa. Al final, la vida sigue igual.

Y por supuesto, el jefe, el líder, el número 1. El maestro Sánchez que culpa a todos de todo, pero él nunca hace nada mal.

Julio Iglesias lo cantaba con resignación elegante: al final, la vida sigue igual. Este Gobierno lo ha convertido en doctrina política. Escándalos hay muchos. Dimisiones, ninguna; porque en la España actual dimitir no es un acto de dignidad: es una rareza y las rarezas, ya se sabe, no tienen cabida en el Consejo de Ministros.