Enero llega y, con él, la lista de propósitos. La misma de siempre. La que se escribe con letra firme y se guarda en un cajón que apenas se abre. La que sobrevive a los años como esos amores que no fueron, pero tampoco se fueron del todo. Un gesto repetido. Un intento. Una manera de decirnos que, a pesar del cansancio, seguimos esperando algo.
Nos prometemos orden, constancia, versiones mejores de nosotros mismos. Nos miramos con cierta exigencia, quizá con algo de miedo. Cambiar, mejorar, avanzar. No sabemos muy bien desde dónde, ni hacia dónde. Solo sabemos que no queremos quedarnos quietos. Que la quietud, a veces, se parece demasiado a la derrota.
Recuerdo una frase —creo que de André Gide— que decía que no se descubren nuevos océanos sin perder de vista la costa. Siempre me ha parecido una advertencia más que una promesa. Porque alejarse implica también aceptar la incertidumbre, el vértigo, la posibilidad de no llegar a ningún puerto. Y aun así, algo dentro empuja a soltar amarras.
La lista de propósitos es eso: un mapa dibujado a lápiz. Un acto íntimo, casi frágil. No tanto una declaración de intenciones como una forma de decirnos que seguimos aquí, que aún queremos algo, aunque no sepamos nombrarlo del todo. Que todavía no hemos cerrado la puerta.
Y entonces, a veces, la vida interrumpe.
No avisa. No espera a que terminemos la frase ni a que ordenemos los deseos. Simplemente irrumpe y lo desplaza todo. El sábado escribía esta columna desde ese lugar amable que tiene enero, ese espacio donde parece que el tiempo concede treguas. El domingo, sin previo aviso, el tiempo se rompió.
Un descarrilamiento. Un accidente. Una palabra que nadie quiere pronunciar. Y de pronto, la lista dejó de importar. El futuro se encogió. Lo único reconocible fue la vida, desnuda, vulnerable, finita. Todo lo demás quedó en suspenso.
Adamuz. Un nombre que ya no es solo un lugar. A las familias que han perdido a los suyos en este accidente de tren, todo mi respeto, mi cercanía y mi silencio. A quienes luchan por recuperarse, fuerza. Hay dolores que no admiten adornos ni explicaciones. Solo presencia.
En momentos así, la lista de propósitos cambia de forma. Ya no habla de logros ni de metas. Habla de estar. De llegar a tiempo. De no dejar palabras pendientes. Nos recuerda —sin necesidad de subrayarlo— que no todo depende de nosotros y que, aun así, algo sí está en nuestras manos.
Elegir cómo vivir mientras se puede.
Elegir cómo mirar al otro.
Elegir no pasar de largo.
La vida y la muerte conviven en el mismo trayecto. No se turnan. No se respetan. Y quizá por eso cada día pesa más de lo que creemos. Si seguimos caminando es porque el camino continúa reclamándonos, incluso cuando no sabemos muy bien hacia dónde.
Así que no nos rindamos. Ni tú ni yo. Sigamos avanzando, aunque sea con dudas. Aunque la lista se borre, se rehaga o se pierda. Porque no se trata de cumplir propósitos, sino de sostener el viaje, de hacerlo con otros, de no mirar hacia otro lado.
Y mientras flotamos en este mal sueño, sigamos adelante sin dejar a nadie atrás. La lista no es el destino. Es apenas el equipaje. Lo único imprescindible es el trayecto compartido.