Acabo de regresar de ese gran país (grande en todos los sentidos) que es Canadá.

Canadá o el Canadá, pues ocurre que hay nombres de países (Perú, Argentina, China, Uruguay, Estados Unidos…) que pueden llevar articulo o no llevarlo, con resultado indiferente (voy a Perú o voy al Perú; vengo de Argentina o vengo de la Argentina), mientras que en otros –la mayoría– no se da esa doble posibilidad: Francia, Colombia, España, Portugal… solo llevan artículo cuando los acompaña un adjetivo o un complemento: la España de hoy, el Portugal moderno.

En fin, cuando la adjetivación no es ocasional, sino integrada, reaparece el artículo potestativo: Nueva España o la Nueva España fue la denominación de un virreinato de extensión variable con centro en México y Guatemala.

Otra rareza se da en el nombre del extenso país más septentrional del continente americano: fue primero palabra llana y de género femenino (pues los nombres de países, como los nombres comunes, tienen género gramatical) y después pasó a ser palabra aguda y de género masculino. Es decir, primero se dijo (la) Canada y más adelante se convirtió en (el) Canadá.

Dejo al margen la ardua e interesante cuestión del origen etimológico del nombre Canada / Canadá, que ha sido muy eruditamente estudiada por el profesor Juan Francisco Maura y en la que la posibilidad de intervención de la lengua española no es por cierto descartable.

Una de las rarezas del nombre del país más septentrional de América es que fue primero palabra llana y de género femenino

Gracias a las indagaciones de Maura sabemos que la primera mención en nuestra lengua de aquellas lejanas tierras se produce en un documento de 1541 en que don Cristóbal de Haro transmite al Emperador que el aventurero francés Roberval trata de conseguir de Francisco I el cargo de “capitán general en la tierra de Canada y de lo que adelante se descubriese”.

En los textos antiguos, tanto impresos como manuscritos, la marcación de los acentos o es inexistente o apenas está sujeta a reglas. Aun así, no es arriesgado afirmar que en las menciones más antiguas en español la palabra Canada era llana; es decir, su silaba tónica era la central: /kanáda/.

De lo que no hay duda es de su género gramatical femenino. En una Breve descripción del mundo de 1686 leemos que “al Septentrión de la Florida está Canada, llamada Nueva Francia por haber sido descubierta de Franceses” (nótense los participios: llamada, descubierta).

En un curso matemático-militar de 1693 aparece con artículo: “la Canada toma el nombre del Río que aora se llama de S. Lorenzo”. Y, venturosamente, en el gran diccionario bilingüe español e inglés de John Stevens, de 1706, se estampa con una inequívoca tilde sobre la segunda a: “Canáda: The Country of New France in North America”.

El paso al masculino y la prosodia aguda se produjo en el XVIII y, sin duda, por mimetismo del francés (le Canada). He documentado “el Canada” sin tilde en 1739, y ya con ella, “el Canadá”, desde 1758 en adelante.

En cuanto al gentilicio (el adjetivo para significar ‘perteneciente o relativo a Canadá’ o ‘natural de Canadá’), nadie dudará hoy de que es canadiense, que encuentro por vez primera en 1756 en el Mercurio Histórico y Político. Pero la lengua –y no es caso raro o excepcional– anduvo un tiempo buscando o ensayando otros; y así, cabe documentar tempranamente canadés en 1646 y canadiano en 1672; y en el XIX canadense compitió con canadiense.

El diccionario de Domínguez (1847) recogió canadés y canadense. Y, en fin, canadiense, la variante triunfadora de aquel abanico de posibilidades, fue reconocida como tal por la Academia al incluirla en 1884 en su diccionario.

Para Alfredo Martínez Serrano.