Con respecto al futuro nos pasa lo que le sucedía al protagonista de Los siete locos, de Roberto Arlt, al que su padre no castigaba inmediatamente, sino que le decía: “Mañana te pegaré”. Entonces, él pasaba la noche mascando su agonía, temiendo el amanecer. Ya por la mañana, su padre cumplía su amenaza. El castigo era en dos partes, y las unía el miedo.

En estos tiempos de incertidumbre y paranoia, se habla mucho del miedo a lo desconocido y lo inesperado. Nos hemos hecho a la idea de que el nuestro es un presente de mutaciones descontroladas y cancerosas, al que la actualidad le llega siempre desbocada de la mano de negros heraldos.

Pero habría que ver hasta qué punto ese miedo no nace precisamente de nuestra capacidad para anticiparnos. Tendemos a pensar que lo aterrador es la incertidumbre, pero, realmente, el miedo nace de saber –o de creer saber– lo que va a pasar.

Exiliada de una noche de cuarenta años, María Zambrano señaló la responsabilidad de la filosofía en el auge del fascismo. En un ejercicio de autocrítica gremial poco común (y que me atrevería a ligar a su condición de mujer), censuraba los efectos de un racionalismo que se distancia del mundo para contemplarlo y entenderlo todo como vía para controlarlo todo.

Lejos de esa vieja manía corporativa de los intelectuales, que antagonizan racionalismo y fascismo como si este último hubiese surgido de debajo de una seta, ella vislumbraba una continuidad entre los polvos de un modelo de conocimiento que se pretende impasiblemente objetivo, sistemático y totalizante y los lodos del totalitarismo deshumanizado y tecnócrata, que gobierna sobre la vida y la muerte como si se tratase de una fábrica.

Tendemos a pensar que lo aterrador es la incertidumbre, pero el miedo nace de saber –o de creer saber– lo que va a pasar

La expectativa de saberlo todo de antemano para tenerlo bajo control es algo que el autoritarismo, la ciencia y la gente corriente compartimos más de lo que nos permitimos admitir. Se liga a una inclinación naturalizada hacia sistemas que automatizan nuestra existencia: su dominio alcanza desde el robot de cocina hasta la inteligencia artificial. Pareciese que albergamos la malsana, imposible y secreta aspiración de existir ya no siquiera en un laboratorio, sino dentro de una cadena de montaje.

Por ese camino, y de la mano de nuevos narcóticos digitales, se acuna hoy el último y más atontado sueño de la razón. Un sueño que ya no duerme, sino que nos llega mientras velamos la catástrofe, tumbados haciendo doomscroll.

Al fracaso de la filosofía, Zambrano le oponía la poesía, por lo que esta tiene de inesperado, por su carácter antisistemático, por no decir antisistema. Su impulso deshacedor de lugares comunes e ideas preconcebidas. No me cansaré de decirlo, si algo debiera aprender la política de la literatura es que en ella todo es posible.

No es casual que la misma maquinaria tecnofascista que ayer nos alargó el móvil con rostro amable y luminoso, ahora nos hurte el lenguaje suavemente y con cuidado de no distraernos del siguiente armagedón de farolillos que nos muestre la pantalla.

Que no se me malinterprete, no propongo anticipar la llegada del monstruo, no aconsejo correr hacia él. Es más, a la mínima oportunidad, habría que hacer por esquivarlo. Pero, mientras los heraldos negros, potros de bárbaros atilas, llegan cacareando libertad, la realidad es que solo cargan angustia en sus alforjas.

Cuando la espera y el pasmo se hacen costumbre, la única condición es la quietud. En mitad del desierto de la noche, lo consabido espera, y en momentos como este lo único que puede liberarnos es, precisamente, una incertidumbre temblorosa, cuando crepita la hoguera de lo posible.

Natalia Castro Picón (Menorca, 1989) es profesora de cultura española en Princeton. Su ensayo La fiesta del fin del mundo ganó el Premio Anagrama de Ensayo.