De entre todas las historias que pudieron formar parte de mi novela Lo demás es aire, hay una que no he olvidado. Como tantas otras, encontré su rastro en la memoria de bautismos de la aldea de Toñanes. Me gustan los libros parroquiales, porque son los únicos documentos democráticos del pasado.

Los archivos judiciales solo conceden voz a ciertas personas: aquellas que tienen bienes por los que litigar. Lo mismo sucede con los testamentos: por qué iban a preocuparse por poner en orden su patrimonio aquellos que no tenían ningún patrimonio que legar. Incluso la arqueología es injusta con los miserables: es mucho más atractivo buscar los palacios de los poderosos que las cabañas de madera de los campesinos.

En los libros parroquiales, en cambio, hay espacio para todas las almas. Mujeres y hombres, niños y ancianos, ricos hacendados y mendigos: todos tienen cabida entre sus páginas. Para la pluma del cura, el analfabeto y el licenciado merecen el mismo número de palabras.

La historia que todavía me obsesiona corresponde a una de esas personas de la que jamás quedará rastro en los libros de Historia. Nunca sabremos su nombre, su edad, su origen: de qué huía o a dónde se dirigía. Incluso la lengua en la que hablaba es y será siempre un misterio. Si no fuera por un trocito de papel garabateado en 1764, ni siquiera tendríamos pruebas de que alguna vez existió.

Solo sabemos que era una mujer extranjera –“se desconoce su nombre, patria y origen”, recoge el párroco– que apareció por los caminos de Toñanes, con un bulto bajo el brazo. Ese bulto era un niño. La mujer enfermó y murió, sin ser capaz de comunicarse con nadie –“la lengua que hablaba no se le pudo entender”– dejando dos problemas: quién pagaría su tumba y quién se haría cargo del niño.

Me gustan los libros parroquiales, porque son los únicos documentos democráticos del pasado. En ellos hay espacio para todas las almas

He pensado muchas veces en esa mujer y en ese niño. Me fascina el misterio de su procedencia. ¿Era una temporera francesa? ¿Una peregrina flamenca? ¿La viuda de un marino británico? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos, porque nos lo indica el documento, es quien pagó los dos ducados que costó su tumba: el concejo de Toñanes.

Como sabemos también que Joseph Francisco Antonio –lo bautizaron así; como si no bastara un santo sino nada menos que tres para garantizar su salud espiritual– acabaría siendo apadrinado por un tal Alonso de la Riba, vecino de Toñanes. Su historia no termina aquí.

Volvemos a encontrarlo muchas veces en los libros parroquiales, primero soltero y luego casado y luego viudo y luego casado otra vez y por último muerto. Joseph Francisco Antonio de la Riba, vecino natural de Toñanes: así aparecerá siempre en los archivos. Como uno más. Porque de hecho era uno más, y lo fue desde el momento en que Alonso de la Riba sujetó su cabecita en la pila bautismal.

Cuando pienso en la superioridad moral de nuestro tiempo, en esa vanidad con la que nos sentimos mejores que nuestros antepasados, me acuerdo de esta historia. Pienso en nuestras vallas fronterizas, en nuestros centros de internamiento, en nuestras devoluciones en caliente. Pienso en las cacerías humanas de los agentes del ICE.

Porque puede que nosotros no esclavicemos a tribus enteras ni las dejemos morir en la travesía del Atlántico. Puede que hayamos erradicado la Santa Inquisición y derogado el poder absoluto de los reyes. Pero conviene recordar que el siglo XVIII es también el siglo en el que un huérfano podía encontrar un hogar y un padre, sin que nadie se preguntara cuál era su país de origen o cuál la sangre que corría por sus venas.