Vengo aquí para dejar de ser, aunque sea por un rato, un cuerpo. Eso fue lo primero que me dijo cierta alumna al llegar a mi taller. Fue hace ya siete u ocho años, pero todavía la recuerdo. Trabajaba como modelo y nos contó a mí y al resto de la clase que estaba cansada de eso, de ser solo un cuerpo, y de que ese cuerpo además solo tuviera exterior: que no importara más que lo que podía verse desde fuera.

Por eso había ido a parar a mi taller, explicó: para escribir lo que tenía dentro. Me pareció una buena reflexión que usar como punto de partida de una novela, y así se lo dije. No creía, por aquel entonces, que la cuestión me tocara más personalmente. La semilla de una buena historia: solo eso.

Nunca escribió las páginas que le pedía, y, si las escribió, lo hizo a solas o en otro taller: dejó el mío tras las primeras semanas. Pero últimamente he vuelto a pensar en ella.

Pienso en esos lugares a los que cumplidos a los cuarenta he empezado a acudir con regularidad –camillas de fisioterapia, gimnasios, salas de consulta– y cómo yo mismo podría decir: vengo aquí para dejar de ser, aunque sea por un rato, un cerebro. Me he dado cuenta –es decir, mi terapeuta se ha dado cuenta– de que durante mucho tiempo no he sido consciente de mi propio cuerpo. Creo que nunca he visto mi carne como algo más que un andamio que me permitía sostenerme y conducirme a mis metas.

En cierto sentido podría decirse que nunca he tenido un cuerpo. O, todo lo más, he hecho eso, “tenerlo”: es decir, he creído que el cuerpo no era parte de mi yo, sino solo un recipiente donde ese yo se sentía más o menos a gusto.

Entre las actividades que podemos hacer sin poner en juego nuestros cuerpos, solo el arte puede enseñarnos eso: a llorar, a reír

Mi vida profesional no ha hecho sino ahondar en esa convicción: casi podría carecer de cuerpo y seguir haciendo lo que hago. Solo porque soy un cerebro se me paga. Solo porque ese cerebro piensa, decide o inventa, pago mi desorbitada tarifa de autónomos. Supongo que les pasa a muchos otros. Que también el futbolista ve reducida su identidad a sus piernas y el cantante a sus cuerdas vocales.

Me pregunto si llegué a la literatura por eso. Si escribir es la forma que encontró mi cerebro para habitar, aunque sea por un instante, un cuerpo. Porque tendemos a considerar el arte una labor intelectual, pero olvidamos que ciertas obras son capaces de acelerarnos el pulso, de erizarnos el vello, de excitarnos, de conmovernos. Un silogismo nunca nos hará llorar ni mucho menos reír.

Entre las actividades que podemos hacer sin poner en juego nuestros cuerpos, solo el arte puede enseñarnos eso: a llorar, a reír. A ponernos en otra piel. A ponernos, incluso, en nuestra propia piel. Gracias a la literatura, adquirimos experiencias que ninguna explicación, por profunda o minuciosa que sea, podría habernos brindado.

Porque la ficción no sustituye a la vida, pero sigue siendo la vía más directa que tenemos para encarnar la experiencia de los otros. Para encarnar, tal vez, nuestra propia experiencia. Esa que a muchos nos negaron en la infancia, cuando nos dijeron los niños mayores no lloran, o no te puede doler tanto, o tienes que controlar ese genio.

Algunos hemos crecido así, sin lágrimas ni emociones visibles. Y para nosotros la literatura es mucho más que una forma de entretenernos: es una auténtica vía de conocimiento. Una que pone en juego nuestros cerebros pero también nuestros cuerpos.

Y luego está el gimnasio, claro. Llevo inscrito apenas tres meses. Me pregunto si duraré más o menos que aquella alumna en mis talleres.