La taimada solicitud del Gobierno vasco de trasladar temporalmente el Guernica de Picasso al Museo Guggenheim de Bilbao, para conmemorar el 90 aniversario del criminal bombardeo que inspiró el cuadro, ha dado lugar a un debate que habría discurrido por cauces relativamente razonables de no ser por las zafias declaraciones de la siempre ruidosa Isabel Díaz Ayuso.
Escribo estas líneas después de que el ministro Urtasun haya denegado respetuosamente la solicitud, con argumentos sobre todo técnicos. No sé si la calculada decepción del lendakari Imanol Pradales dará ocasión a réplicas o reproches, pero quizá sea momento de recordar que ya en los años 60, cuando el Guernica aún estaba en Nueva York, los representantes del entonces perseguido nacionalismo vasco reclamaban su eventual regreso a Euskadi. Tan pronto como, tras la muerte de Franco, se entrevió la posibilidad de que el cuadro fuera devuelto a España, desde diferentes instituciones del País Vasco se solicitó formalmente que se instalara en la localidad que le dio su nombre.
Especialmente activo en el despliegue de los argumentos que justificaban esta pretensión se mostró el artista vasco Agustín Ibarrola, varias veces encarcelado durante el franquismo por su abierta militancia comunista.
Es casi reconfortante pensar que el grito del 'Guernica' sigue vivo, recordando todo el horror que las bombas siguen produciendo
Todavía en octubre de 1979, cuando las expectativas de que tal cosa ocurriera eran cada vez más remotas, Ibarrola continuaba dando batalla en un artículo en el que, entre otras cosas, decía: “No parece que el Gobierno de UCD o sus funcionarios, fundidos en el crisol del franquismo, sean las personas históricamente más adecuadas y moralmente más autorizadas para gestionar esta recuperación de la memoria histórica que representa la devolución del Guernica de Picasso. Es posible que, finalmente, el Guernica vaya al Prado. Pero debe quedar claro que ello se deberá no al peso de las razones aducidas, sino a una imposición más del centralismo”.
En el mismo artículo, Ibarrola replicaba unas estentóreas declaraciones de Santiago Carrillo que, con maneras curiosamente afines a las de Ayuso, calificaba las pretensiones de los vascos de “provincianas”. Ibarrola recordaba a Carrillo que en 1978 el IX Congreso del PCE había aprobado una resolución reclamando la devolución de la obra de Picasso y su instalación en Guernica. “Y quiero también recordarle –añadía– que las razones históricas (bombardeo), morales (reparación), artísticas (marco adecuado), socioculturales (aglutinante de un centro cultural de recuperación de la identidad vasca) y económicas en que el pueblo de Euskadi basa su reclamación no tienen nada de provinciano”.
Ya por aquellas fechas, las razones para contrariar las expectativas de los nacionalistas vascos fueron de índole técnica, como ahora. Pero no está de más recordar la opinión, por esas mismas fechas, de quien fue amigo personal de Picasso y persona muy cercana a él por los años en que el Guernica fue pintado: José Bergamín. En diciembre de 1980, en uno de sus artículos de la revista Punto y Hora de Euskal Herria, escribía: “No sabemos aún, cuando esto escribo, si el Guernica de Picasso va a venir o no a esta España sedicente, democratizante, donde tendrá que ser recibido y protegido por los mismos contra los cuales se pintó. Esto sí lo sabemos todos, aunque quienes lo traen finjan que no [...]. Ya nos parece estarlo viendo llegar en una jaula, como a Don Quijote cuando volvió a su aldea, y hacerlo rodeado de toda la policía estatal para protegerlo y protegernos de su maravillosa violencia explosiva. Si es que no han logrado apagarlo antes. Cosa difícil. Porque es muy difícil de enjaular su grito vivo, ni siquiera encarcelándolo en un museo”.
Casi medio siglo después de haber sido escritas, estas palabras no tienen la misma gravedad, pero es casi reconfortante pensar que el grito del Guernica sigue vivo, atronando en debates, polémicas e indignaciones, y recordando todo el horror que las bombas siguen produciendo.