El 'Retrato Chandos' de William Shakespeare, atribuido a John Taylor, aunque su autenticidad está sin confirmar. National Portrait Gallery

El 'Retrato Chandos' de William Shakespeare, atribuido a John Taylor, aunque su autenticidad está sin confirmar. National Portrait Gallery

Mínima molestia

Shakespeare en la lavandería

La vida del autor es tan desconocida que muchos preferirían descubrir su lista de la ropa sucia antes que una obra suya inédita. Si no hay datos, no hay problema en inventarlos, y eso es lo que hace Maggie O'Farrell en 'Hamnet'.

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Leí en días pasados la estupenda biografía de William Shakespeare escrita por Anthony Burgess. La publicó en castellano Península, hace ya veinte años, y desde entonces creo que no ha vuelto a reeditarse, razón por la que resulta poco menos que inencontrable. A ver si la nueva marea shakespeareana que está provocando el éxito de Hamnet (tanto la novela como su adaptación al cine) sirve para que algún editor se anime.

Por si contribuye a convencerlo, suscribo desde aquí el juicio de Terry Eagleton: “Una biografía brillante, aguda y muy divertida”. Qué más se puede pedir. El medio siglo transcurrido desde su publicación original (1970) no puede servir de objeción: muy poco es lo que se ha avanzado desde entonces en el conocimiento de la vida de Shakespeare, que sigue llena de zonas de sombra. Por otro lado, pocos sabían tanto de Shakespeare y de su tiempo como Burgess.

Este dice en la introducción a su libro: “En cierta ocasión escribí un artículo donde decía que, si se nos diera a elegir entre dos descubrimientos, el de una obra desconocida de Shakespeare o el de una lista del mismo William para la lavandería, todos optaríamos siempre por la ropa sucia. Una de las razones para andar a la caza de Shakespeare es que se obstina en ofrecernos una figura tan nebulosa. Toda biografía anhela encontrarse con algún indicio nuevo de realidad –una uña arrancada del 7 de mayo de 1598, un fuerte resfriado durante la primera representación teatral ordenada por el rey Jacobo I–, pero los indicios nunca se concretan”.

Confieso haberme extrañado al leer estas palabras. ¿Quién va a preferir a una nueva obra de Shakespeare su lista de la ropa sucia? ¡Menuda exageración! Aunque, bien considerado, ¿lo es tanto? ¿Contienen estas palabras, por debajo de su provocadora formulación, al menos algunos atisbos de verdad?

Me temo que sí, a la vista de los hechos. A estas alturas no cabe duda de que las profecías de Roland Barthes y los suyos acerca de “la muerte del autor” erraron por completo el rumbo. Todo se lee a la luz del autor, de su biografía. Y si los datos disponibles no son suficientes, no parece haber problema alguno en inventarlos.

Se cumple así una asombrosa pirueta: se hace pasar por real una ficción (Hamnet) que tiene a una ficción (Hamlet) como única base real

No otra cosa hizo Maggie O’Farrell cuando, según sus propias declaraciones, se indignó al leer en una biografía de Shakespeare: “Es imposible saber si Shakespeare sufrió o no la muerte de su hijo”. “¡Pero a quién han estado leyendo!”, se dijo. “La manera en la que el rey Lear habla de la ropa de su madre delata a un hombre que sufre”, observó. Y escribió Hamnet.

A menos que se trate de una mala traducción, no soy capaz de recordar el pasaje de Rey Lear al que O’Farrell se refiere, pero lo mismo da. Ante la prudencia del biógrafo mencionado, ella despliega todo un mecanismo de ficción con el que, mutando intuiciones por convicciones, presume que Shakespeare adoraba a su hijo y lloró desconsoladamente su muerte. Lo hace a la luz que le procura la obra misma de Shakespeare, más en concreto Hamlet.

Ya no se trata aquí de que los datos de la biografía iluminen la obra y contribuyan a su comprensión e interpretación. Se trata más bien de lo contrario: la obra sirve de indicio a partir del cual especular acerca de la vida, los sentimientos y las intenciones del autor, con los que (obviando eso que cabe entender por imaginación moral) supone que mantiene una correspondencia directa.

Se cumple así una asombrosa pirueta, que sólo cabe formular paradójicamente: se hace pasar por real una ficción (Hamnet) que tiene a una ficción (Hamlet) como única base real. Ya no se trata de que la ficción esté basada en hechos reales: es la realidad misma la que está basada en hechos ficticios. Pues vaya.