A Ricardo Piglia le gustaba provocar con la idea de que, pese a su origen polaco, Witold Gombrowicz era un escritor argentino. En cualquier caso, sostenía con toda convicción que la extravagante traducción al español de Ferdydurke, tutelada por el mismo Gombrowicz –quien apenas sabía el idioma– y publicada en 1947, era "uno de los textos más singulares" de la literatura argentina, con cuyas líneas centrales conectaba secretamente.

Lo cierto es que Gombrowicz pasó 24 años de su vida en Argentina, desde 1939 a 1963. Allí escribió el grueso de su obra y, pese a permanecer al margen de los más prestigiosos círculos literarios, que lo ningunearon, estableció poco a poco una red de amistades y de complicidades a través de la cual había de ejercer, a la larga, una importante influencia.

Hace ya mucho, entrevistando a César Aira, le pregunté por esa influencia, y me respondió, enigmáticamente: "Gombrowicz siempre fue un modelo para mí, por más motivos de los que podría enumerar. Además, es un buen caso de la 'felicidad de ser argentino'; de hecho, es el único caso plenamente logrado". Me pregunto si España, con el atractivo que ha tenido para tantos escritores extranjeros, puede señalar a alguno que, como Gombrowicz en Argentina, haya mantenido con ella un diálogo tan prolongado, sostenido a fuerza de fascinación y de rechazo.

Anagrama publicó el pasado otoño Extranjero en todas partes. Los días argentinos de Witold Gombrowicz, de Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980), un recomendable volumen que reconstruye con agilidad periodística los pasos del escritor en Argentina. Lo hace siguiendo rastros y cosechando testimonios, y consiguiendo una sugerente aproximación tanto a su obra como a su personalidad.

El libro de Halfon se suma a una pequeña constelación de ensayos y libros que documentan las peculiares relaciones de Gombrowicz con el país en que ancló de manera impulsiva a los 35 años, huyendo de la entonces inminente guerra en Europa, y que abandonó mucho después para disfrutar de una tardía consagración internacional y fallecer en Francia a los 64 años. A esa constelación pertenecen varios libros del mismo Gombrowicz llenos de interés: Peregrinaciones argentinas, Diario argentino, Cartas a un amigo argentino

Pier Paolo Pasolini incomprendió y detestó violentamente a Gombrowicz ("un hombre fallido… grotesco bufón sin corte", dijo de él)

Casualmente, leí Extranjero en todas partes en contrapunto a un notable volumen de trabajos en torno a Pier Paolo Pasolini publicado en el marco del 50 aniversario de su muerte. Las siete vidas de Pasolini (Dos Bigotes) reúne siete penetrantes aproximaciones a este autor a través de sus facetas como cineasta, novelista, pintor, dramaturgo, amante, filósofo y poeta. Los ensayos de Pedro Caldera, Mario Colleoni, Juan Gallego Benot, Pedro Víllora, Déborah García, Silvia Martín Gutiérrez y Andrés Catalán se ofrecen con un excelente prólogo de Vicente Monroy.

Era inevitable, mientras evocaba, de la mano de Halfon, la atracción que Gombrowicz experimentó por los jóvenes obreros y chicos de la calle que frecuentó a su llegada a Buenos Aires, asociarla a la que Pasolini sentía por los muchachos de los suburbios de Roma y del sur de Italia. He aquí un asunto apasionante: la comparación de los modos tan diferentes en que un noble polaco perdido en Argentina y un intelectual desclasado en rabiosa polémica con sus conciudadanos, los dos homosexuales, educados en culturas profundamente marcadas por el catolicismo, mitifican una juventud para ellos aún incorrupta.

Resuelto a indagar en este paralelismo, quedé consternado al enterarme de que Pasolini incomprendió y detestó violentamente a Gombrowicz ("un hombre fallido… grotesco bufón sin corte", dijo de él), con motivo de leer, para reseñarla, la edición italiana de su Diario (véase Descripción de descripciones, Península, 1997). Tanto más interesante e imperiosa se hace la tarea pendiente de explorar y contrastar a fondo la vitriólica efebofilia de uno y otro, en la que ambos proyectan su repulsa y su resistencia al orden adulto.