Mínima molestia

Libros más vendidos

Por Ignacio Echevarría Ver todos los artículos de 'Mínima molestia'

1 julio, 2011 02:00

Ignacio Echevarría



A la izquierda de esta columna suele figurar un cuadro con las listas de los libros más vendidos. Al pie del cuadro se dan los nombres de las librerías consultadas, más de cuarenta, distribuidas por todo el territorio español.



Las objeciones a que dan lugar los resultados de este tipo de encuesta semanal son de todos conocidas, y parecen justificadas por el hecho de que las dichosas listas quedan lejos de coincidir, según cuál sea el medio que las ampara y la cantidad y calidad de las librerías consultadas. Más allá de la rutina con que los libreros suministran sus propios datos, hay que tener en cuenta su representatividad, por amplio que sea su número. Así, por ejemplo, y por ceñirnos ahora a las listas de este suplemento, sólo en Madrid -veo- se consulta a la librería de El Corte Inglés, por ejemplo, que en todo el ámbito estatal acapara una cuota de mercado muy amplia; en tanto que no aparecen por ningún lado las librerías de los Carrefour, que son también uno de los principales puntos de venta de libros en toda España. Es de prever que si entre el conjunto de las librerías consultadas se diera una representación proporcional a aquellas que más venden (por mucho que algunas de ellas se adapten muy mal a la idea más común que solemos hacernos de una librería), los resultados de las listas serían algo distintos. Etcétera.



Como sea, y corriendo por ahora una cortina sobre esta cuestión de su representatividad, las listas que se publican, aquí o allá, ofrecen un motivo de reflexión acerca de los límites cada vez más difusos de lo que solemos entender por literatura. Pues semana tras semana se confirma la convivencia, dentro de ellas, de dos tipos de “productos” culturales relativamente heterogéneos: los destinados a competir por un puesto entre los llamados best-sellers, y los destinados a competir en la estima de los lectores supuestamente más cultos, de cuyas preferencias se deduce, a medio y largo plazo, lo que aceptamos como canon literario.



Tengo a mano un ejemplar de El Cultural de hace un par de semanas en cuya lista de libros más vendidos, apartado ficción, se encuentran, por un lado, títulos como Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven de Albert Espinosa, La tierra de las cuevas pintadas de Jean M. Auel, El cuaderno de Maya de Isabel Allende y El tiempo entre costuras de María Dueñas, y por otro lado Los enamoramientos de Javier Marías, Acceso no autorizado de Belén Gopegui y 1Q84 de Haruki Murakami. Los mismos suplementos culturales que amparan estas listas suelen dar a unos y otros libros tratamiento diferentes, según entiendan que son “productos” comerciales, que trabajan con un horizonte temporal más bien corto, o de “productos” culturales, merecedores de un evaluación crítica que los ubique dentro del mapa literario. Es comprensible que así ocurra, aun cuando las fronteras entre uno y otro bando aparezcan cada vez más difusas. Isabel Allende y María Dueñas, por ejemplo, parecen merecedoras de una consideración que no se concede a Jean M. Auel. Aquéllas parecen tener más flecos literarios. Y entretanto se percibe que la crítica se muestra cada vez más intimidada por el impacto de los fenómenos de ventas y por las dificultades en separar el grano de la paja, dada la tendencia de tantos autores supuestamente “literarios” a descender con algunos de sus libros a niveles en los que ese calificativo entra en una zona de sombra.



En los últimos años, la atención que algunos críticos de postín vienen dedicando a las novedades de autores como Arturo Pérez Reverte o Carlos Ruiz Zafón, pongamos por caso, invita a presagiar una nueva aunque aún titubeante receptividad hacia los autores de best sellers. Éstos tienden a ganar posiciones de igualdad respecto a tantos otros autores que, pasando por “literarios”, emplean en definitiva sus mismos recursos y hasta su mismo lenguaje. Cada día es mayor, por otro lado, la nómina de autores -como Elvira Lindo, como Clara Sánchez, como Lorenzo Silva- que, pese a sus puntas literarias, poca o ninguna diferencia ofrecen con otros a los que displicentemente se tacha de autores de best sellers. Y en el aire queda una pregunta enojosa, sobre la que pronto volveremos: cuando un libro de un autor canónico, como por ejemplo Javier Marías, permanece mucho tiempo en la lista de los más vendidos, ¿hay motivos para sospechar que quizá comparte más elementos de los confesables con sus dudosos vecinos?