“INDIGNA”. La lectura de El banquete (1991), novela reeditada por Blackie Books, ha vitaminado mi entusiasmo por la escocesa Muriel Spark (1908-2006) y me ha procurado un placer y una diversión que estoy deseando compartir. Dame Muriel Spark fue felizmente una “vieja dama indigna” –en el sentido de libérrima, lenguaraz, chocante y maliciosa– como la anciana de aquella película de René Allio.

Tenía 80 años cuando escribió El banquete, un rejonazo negro a la buena y liberal sociedad londinense, la misma que no pudo aguantar en los 60 y que le llevó a largarse a Nueva York –donde trabajó en The New Yorker–, y a Italia después, donde, divorciada, convivió más de treinta años con su secretaria. Un pintor y una millonaria tienen ocho invitados a cenar faisán en su prominente casa victoriana.

La velada promete, pues disponen de un chef, un mayordomo y un camarero de modales exquisitos, aunque algunos de ellos demasiado amigos de una panda de ladrones. La conversación podrá estar a la altura de los heterogéneos convocados, gente elegante, ilustrada –Bacon por aquí, Monet por allá– y educadamente versátil en sus conductas sexuales. Pero, claro, no es oro todo lo que reluce, esa tropa tiene sus mochilas ocultas cargadas y en combustión.

RUMORES. La pareja estrella es la formada por la pelirroja Margaret Murchie y el apocado William Damien, una pareja desigual, pues él es hijo de una acaudalada y madurita viuda australiana, Hilda Damien, que va a llegar a los postres. Hay recelos, rumores: ¿de verdad Margaret conoció a William en la sección de frutería de Marks and Spencer por casualidad? Margaret es rara, la verdad, desde niña lo fue: ha tenido una fatídica propensión a estar cerca de personas a punto de ser asesinadas.

Spark acostumbra a introducir crímenes en sus relatos. El banquete no es una excepción, al contrario. Y a Spark siempre le han gustado los raros y las raras. No hablemos ahora de la santa virgen barbuda y crucificada. Margaret y su familia no son del montón: su padre está enamorado de ella y ella mantiene una privilegiada relación con su tío Magnus, un chiflado completo estabulado en un manicomio con permiso, eso sí, de salida.

La escocesa tenía 80 años cuando escribió 'El banquete', un rejonazo negro a la buena y liberal sociedad londinense

La estructura de la novela es sofisticada: tenemos la cena por delante, estamos ya en la cena y, conforme la cena avanza dosificadamente, hay saltos atrás para presentarnos los antecedentes, cada vez más inquietantes, de los comensales. En el haber de Margaret hay, además, un desquiciante y desopilante episodio –un esperpento dentro de la novela– en el que la chica ingresó como novicia en un convento de monjas comunistas, malhabladas, fumadoras y promiscuas.

La autora de La abadesa de Crewe –llevada al cine con protagonismo de Glenda Jackson–, después de un colapso nervioso, se convirtió al catolicismo en 1954 con la ayuda de su amigo Graham Greene –colega en la escritura y, durante un tiempo, en tareas de espionaje– y siempre conservó una manera muy peculiar de entender su fe, compatible con su creciente exaltación anarquista.

SÓCRATES. Al inicio de El banquete, Spark incluye una cita de Platón en la que el filósofo, recordando una idea de su maestro Sócrates, consigna que el genio de la comedia es el mismo que el de la tragedia. ¡Y tanto! Ella lo demuestra en sus novelas, que mezclan un humor descarado y cítrico con un subsuelo siniestro y dramático. Como también baraja la aparente ligereza y la manifiesta fluidez narrativa con explosivas cargas de profundidad.

Llegué tarde, por desgracia, hará quince años, a la literatura de esta escritora única y, aunque sigo sin leer su obra maestra (La plenitud de la señorita Brodie), también llevada al cine, ya he gozado con –y escrito sobre– El asiento del conductor, La entrometida, Robinson y la arriba mencionada. Me quedan otras quince o así.