Alberto Olmos (Foto: Sergio Cadierno) y Jorge Herralde (Consuelo Bautista)

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Jardines colgantes

¿Escribir es un trabajo?

Y, sobre todo, ¿es lícita la queja? La mayoría de escritores, y creadores en general, disfrutan con su trabajo ¿pero con eso basta? También disfrutan en el sector del cine del “casi pleno empleo”. Aunque sea gracias a las series

4 julio, 2022 01:06

“Escribir libros no es trabajar. Si crees que escribir libros es trabajar, eres idiota”. Lo escribe Alberto Olmos, recién llegado a su nueva casa, The Objective. Es más, sostiene que “el escritor que se queja, y además en grandes titulares, es un niñato”. “El escritor llorica –explica– tiene en mente a Ana Iris Simón o a Irene Vallejo o a Fernando Aramburu, que han vendido tanto con un solo libro que podrían vivir varios años sin dar un palo al agua”. Y remata: “La gente normal trabaja ocho interminables horas todos los días en algo que detesta. Ten un poco de vergüenza”.

Tal vez el concepto de trabajo sea diferente en otras labores artísticas. El arquitecto Óscar Tusquets, entrevistado por Luz Sánchez Mellado (El País), asegura que para él “el trabajo siempre ha sido un placer”. Claro, que reconoce que no para todo el mundo es igual. “Yo veo a los arquitectos municipales, o a los del gas, que no hayan podido tener una vida creativa. Y, por lo tanto, nos odian a los que sí. Eso es así”.

Para quien escribir no parece un trabajo esforzado es para la escritora china Can Xue –pseudónimo de Deng Xiaohua–, a quien ha entrevistado Paula Corroto (El Confidencial). Se sienta “todos los días durante una hora a las siete de la tarde” y sale el texto a borbotones. “Mi forma de escribir es la escritura automática por lo que no puedo pensar en ellos [los lectores], lo que significa que no puedo escribir bajo presión. Siempre estoy relajada [...] Soy una escritora prolífica”.

En la misma publicación, y en otro orden de cosas, el joven pianista Juan Pérez Floristán se despacha a gusto con Ana Ramírez contra nuestros políticos. “Cuando la cultura aparece en las altas instancias en este país –afirma–, es de forma instrumental. Ya sea arrojadiza, para lanzarse el nombre de Lorca a la cabeza los unos a los otros, o para crearse una identidad nacional sacada de la manga. Pero tenemos una clase política muy inculta, en general”.

Volviendo al asunto laboral, a quienes no les falta trabajo es a los actores y a los técnicos de cine, gracias a las plataformas. El “casi pleno empleo” en el sector le parece “maravilloso” al flamante director de la Academia de Cine, Fernando Méndez-Leite, entrevistado por Oskar Belategui (El Correo). Pero pone un reparo a la profusión de series: “Es lamentable que cineastas muy competentes estén trabajando muy por debajo de sus posibilidades creativas. Y no sé si estoy opinando más de lo que debo”.

Quien tampoco para de trabajar, y de publicar, es Elia Barceló. Noelia Camacho (ABC) le pregunta si existe la receta del éxito… “No la hay –responde la novelista–. Yo escribo de lo que a mí me enamora. Si hay un entusiasmo feroz se comunica y llega a los lectores. Debe haber ese entusiasmo, a mí me gusta lo que escribo. Y eso es muy importante porque a veces, yo, como lectora, he empezado un libro en el que ves que el autor ha invertido mucho trabajo y muchos años, que lo ha escrito a conciencia, y al final te resulta una historia pesada y aburrida. Él lo ha hecho lo mejor posible, pero se ve el sufrimiento con el que lo ha escrito”.

Para pasión la del exdiputado latinista y escritor Emilio del Río. El editor de Edhasa, Daniel Fernández, le dedica en La Vanguardia toda una oda que titula ‘Con toga y a lo loco’. “Su fingida locura por los clásicos, que es pasión auténtica, sirve a Emilio del Río de excusa para sus faldas a la moda romana y para saberse un excéntrico que conoce y habita el centro de nuestra cultura y forma de vida”.

P.S. Jorge Herralde, entrevistado por Leticia Blanco (El Mundo), opina sobre las “guerras culturales”: “Que la derecha reivindique su papel en la cultura me parece uno de los espectáculos más grotescos posibles. Cuando vendí Anagrama, busqué un comprador con un pedigrí de izquierdas como Feltrinelli. Y por eso elegí a Silvia Sesé, que ha hecho una transición fantástica”. La periodista le pregunta “si en el catálogo de Anagrama cabría un autor de derechas”, y el editor responde: “Solo preguntarlo es ofenderme”.

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