El viaje importante

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El viaje importante

Decía Cavafis que si vas a Ítaca lo primordial no es llegar, sino la travesía, pero ¿qué es lo que hace que un viaje merezca la pena?

Eloy Sánchez Rosillo Rafael Argullol
25 julio, 2022 01:17

Eloy Sánchez Rosillo

Eloy Sánchez Rosillo

Eloy Sánchez Rosillo

Poeta. Su último libro es La rama verde (Tusquets)

El viaje de la vida

El viaje, como Cavafis y tantos otros antes y después señalaron, es una experiencia primordial de la vida. El entorno cotidiano nos proporciona seguridad y comodidad, pero puede levantar a nuestro alrededor muros cada vez más ceñidos que a poco que nos descuidemos nos irán empobreciendo. El viajar nos hace salir a la intemperie y nos aparta de rutinas y poquedades.

La vida es viaje. Y hay dos maneras complementarias de viajar: el viaje por los caminos del mundo y el viaje por el interior de nosotros mismos. Por lo que respecta a los que nos llevan a lugares geográficos ajenos, los únicos viajes para mí verdaderos son los de la juventud y los del arranque de la madurez (digamos que los de la mitad primera de nuestra existencia).

Uno sueña y lleva a cabo en sus años jóvenes viajes maravillosos. Mágicos y emocionantes cuando los sueña, y prodigiosos cuando los realiza. Lo cumplido sobrepasa en hermosura a lo imaginado

Luego, si somos hombres de espíritu, es decir, hombres completos, sabremos de sobra que, además de conocer otras latitudes, existen asuntos importantes en la vida que nos reclaman, y advertiremos que los viajes resultan alienantes al cabo para quienes están con las maletas de aquí para allá, sobre todo en estos tiempos de inevitables y apretadas catervas. La quietud, ese otro modo de viaje, se nos hará entonces imprescindible.

Uno sueña y lleva a cabo en sus años jóvenes viajes maravillosos. Mágicos y emocionantes cuando los sueña, y prodigiosos cuando los realiza, ya que en la juventud, a veces, lo cumplido sobrepasa si cabe en hermosura y plenitud a lo imaginado.

Recuerdo lo que para mí significaba de muchacho el despertarme una mañana no en mi cama habitual, sino en una cama de dónde. Surgía primero un atisbo de duda. Abrías los ojos y en un segundo tomabas conciencia de ti y de cómo habías llegado hasta allí.

Mirabas por una ventana o salías a la calle en cuanto podías y ante tu asombro estaba a tu disposición todo París, o se levantaba la Gran Mezquita de Kairuán y escuchabas al almuédano convocar a los fieles desde su alto y soleado alminar. En otras ocasiones caminabas por Venecia sin llegar a creerte que tal ciudad pudiera existir, o paseabas por Roma, por Atenas, o junto al río de Skopie al atardecer. Me recuerdo también en Perugia, donde pasé el verano quizá más intenso de mi vida. En la encantadora ciudad estudiantil eran largos los días e infinitas las noches.

Después regresaba uno a su tierra sin caber en sí de alegría por todo lo que había visto y vivido y lleno al propio tiempo de melancolía porque el viaje no hubiera sido inacabable. Volvías siendo tú y siendo otro, enriquecido, acrecentado. Con la alegría y la melancolía que he dicho, se configuraba en ti muy pronto el mito del viaje y su resplandor, un resplandor inextinguible, a pesar de las privaciones y fatigas que durante el periplo hubieras padecido por la escasez pecuniaria.

Para viajes tan esenciales no hacía falta mucho dinero. Sólo eran imprescindibles dos cosas: juventud e ilusión. A partir de cierta edad, los viajes a tal o cual lugar ya no se transforman en mito. Siempre que no sean frecuentes ni demasiado largos, pueden resultar interesantes y agradables. Pero no son como aquellos. El viaje de la vida, no obstante, continúa entonces de otra manera. 

Rafael Argullol

Rafael Argullol

Rafael Argullol

Filósofo, ensayista, narrador y poeta. Su último libro es Pasiones (Acantilado)

Desde otro mirador

En 1794 el escritor saboyano Xavier de Maistre publicó Viaje alrededor de mi habitación, un relato espléndido de lo que le había acaecido durante el confinamiento al que fue castigado por haber participado en un duelo. De Maistre habla de su travesía por el reino de la imaginación y de la memoria como el más apetecible de los viajes. Es un ejemplo exquisito de un periplo desde la inmovilidad.

Me vienen a la cabeza dos, de muy distinto tipo, que han dejado una huella formidable en la historia de la cultura. Tommaso di Campanella escribió su extraordinaria Ciudad del sol encerrado durante dos décadas en una cárcel napolitana. Una exaltación de la luz en medio de la oscuridad. ¿Y qué decir de la Comedia de Dante, escrita durante el exilio? Posiblemente no haya un viaje más prodigioso en toda nuestra literatura. Una visión que traslada el cuerpo por los tres ultramundos.

Me parece que es conveniente, hoy día, hablar de la inmovilidad cuando se habla del viaje. Ha llegado hasta tal punto la saturación del movimiento que impone el turismo masivo y utilitario que la inmovilidad parece liberadora e incluso terapéutica. El mundo, a este respecto, se ha convertido en un simulacro que debe ser consumido casi con desesperación. Por todos lados brotan incitaciones a apropiarse del artificio que se promete como paraíso. “¡Viajad, viajad, malditos!” podría ser la consigna que se coreara tumultuosamente, y ante la cual la actitud de no moverse brota como un placer prohibido.

El auténtico viaje nos obliga a mirarnos desde otro mirador, interrumpe nuestra cotidianeidad, nos descentra y nos hace avanzar por la pluralidad de identidades que secretamente somos

Junto al placer de la inmovilidad no olvido, claro está, el placer del desplazamiento. Es una de las mayores invitaciones de la vida y de las que más goce procura. Recuerdo con qué excitación, en la infancia, contemplaba la posibilidad de salir al “extranjero”. Eran días en que el “extranjero” era un todo, un continente que ocultaba tesoros incontables. He procurado ser fiel a la excitación infantil y me he pasado media vida viajando. El “extranjero” eran en realidad muchos territorios distintos, muchas emociones irreductibles, la fábrica de nuevas intuiciones, el hogar de una experiencia en continua metamorfosis.

Esa experiencia era lo decisivo: una experiencia diferente de ti mismo, un descubrimiento de lo que no sabías que también eras. Esta es la cuestión determinante cuando se habla de lo que aporta el viaje, el viaje que aspira a ser verdadero. El auténtico viaje nos obliga a mirarnos desde otro mirador, interrumpe nuestra cotidianeidad, nos descentra y nos hace avanzar por la pluralidad de identidades que secretamente somos. La experiencia del viaje es una invitación a un cambio de perspectiva que es, en definitiva, necesario y restaurador.

Así que no importa la cantidad y la distancia. Uno puede ir a Australia o a Patagonia quedándose espiritualmente encerrado en su casa y ser un ejecutivo que contabiliza ávidamente quilómetros o uno puede, como Xavier de Maistre, viajar por el mundo sin moverse de su habitación. Viajar no es encanallarse de un lugar a otro. Es un estado del espíritu. 

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