Image: Alberto Conejero allí donde habita el olvido

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Opinión

Alberto Conejero allí donde habita el olvido

12 octubre, 2018 02:00

Luis María Anson

Habla el poeta con la voz secreta del amor oscuro. El recuerdo obstinado del cuerpo más querido es auriga invisible de su sangre, que circula todavía sobre la ceniza del verso de Carlos Bousoño. No espera el poeta el asilo de los pájaros ni aguarda el consuelo de la nieve. Persigue a Vicente Aleixandre desde la región donde habita el olvido para alcanzar el lugar donde nada se olvida. Allí los pájaros se copian fugitivos y se abrazan a la estampida de raíces que es la vida.

El poeta se duele con el engaño y, en el mudable ábaco de las horas, le acosa el desencanto del amor enloquecido. Se estremece Conejero, se estremece este Alberto Conejero que descubre los incendios, precipitándose sangre arriba hacia lo eterno desde las bóvedas oscuras de la noche. Como escribe Antonio Lucas en el prólogo erizante que ha puesto a este libro, Conejero es un hombre cercano con yodo de culturas, al que las lascas de Grecia y Roma le arden en la selva de las venas. Poeta de aliento horaciano "encuentra el poema en lugar de buscarlo".

No espera Conejero el asilo de los pájaros cuando retorna a un amor que le carga de óxido las espaldas. Hasta improvisa un soneto para explicar cómo se astilla la luz de la mañana sobre el amor incierto, antes de escapar por la escalera, enmudecido tras contemplar los espejos turbios que lo anieblan todo, mientras se apagan los trabajos de la pasión perdida. "Afuera ya el invierno despertaba con mil pájaros verdes las vidrieras de esta ciudad del sur que nunca acaba. Dormías a mi lado y se astillaba sobre tu oscuro vientre de quimeras la luz de la mañana que me echaba". Los dos tercetos que cierran su único soneto descargan el aliento lírico de Alberto Conejero, tras regresar fugazmente a la rima consonante, cuando su poesía se sedimenta sobre la música del poema. La rima interior del endecasílabo y la metáfora provocadora se hacen más libres en cada verso.

He recibido la nueva edición de Si descubres un incendio, el libro de Alberto Conejero sobre el que escribí hace dos años vaticinándole éxito y reconocimiento. No me equivoqué. Autor de teatro ya consagrado, analista certero de Federico García Lorca, el autor de La piedra oscura está consolidado en las cumbres de nuestra República de las letras. La investigación que hizo sobre Rodríguez Rapún y los sonetos lorquianos fue sobresaliente. El amor, escribí hace dos años, es la esquirla de un instante, "el incendio de la piedra oscura, aire de estrellas y temblor de planta, terca madrugada que agrupa sus gemidos, boca rota de amor y alma mordida para que el tiempo encuentre destrozado" al poeta que pisa las huellas fugitivas del autor de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

Nada hermoso existe, en fin, que no anuncie la ceniza. A nadie le atosiga el viento que gime sin cabeza. Azota al poeta un atávico escepticismo. Y no solo es la escarcha la que agoniza en las horas desplomadas, también la oscura luz que nos arrastra. El poeta deja caer su sombra en el cauce apresurado del olvido. Vive en el cementerio disperso de sus días. Entrega sus palabras al agua agavillada. Y busca como un zahorí la huella fugitiva del amor en vilo porque ha aprendido que el vuelo es la cárcel de los pájaros.