Image: A la caza del amor

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Opinión

A la caza del amor

por José Carlos Llop

12 mayo, 2005 02:00

Es tiempo ya de ferias y tardes de faena y, oportunamente, el Museo Picasso de Málaga muestra la estrecha relación de Picasso con el mundo de los toros. En la imagen, escena de Tauromaquia: El torero volteado, 1955

Descubrí a Nancy Mitford a primeros de los 80 y en televisión. Fue en una de esas series que emitían entonces después de comer. La serie _una delicia, por supuesto- se titulaba Amor en clima frio y el guión se había construído con la novela homónima y su precedente: A la caza del amor. Lo cierto es que es uno de los recuerdos más gratos de aquellos años, algo muy raro si pensamos en la televisión de hoy. Recuerdo que había por casa una biografía de Luis XI escrita por Nancy Mitford y hasta entonces la había tomado por eso, por una autora de biografías al estilo más de Emil Ludwig que de Stefan Zweig.

Pero inmediatamente me puse a la caza de Mrs. Mitford y di con una edición de Amor en clima frío publicada por José Janés. Pocos años más tarde, leyendo la trilogía novelística de Jean d"Ormesson, observé en sus protagonistas -las hermanas O"Shaughnessy- rasgos de las hermanas Mitford, a cual más curiosa. Hijas de lord Redesdale hasta la más sensata, si la sensatez hubiera sido patrimonio de la familia Mitford, resulta extravagante o, como dicen los franceses, bizarre. Son mujeres altas, delgadas, elegantes, modernas en formas y aspecto, y tradicionales en el origen familiar. Diana abandonará a su primer marido para irse a vivir con Oswald Mosley, el líder fascista británico. Unity se enamorará de Adolf Hitler y llegará a formar parte de su círculo íntimo -si es que puede hablarse de verdadera intimidad en Hitler- para acabar completamente loca. Jessica se fugará con un primo suyo que morirá en la Guerra civil española, se inscribirá en el Partido Comunista y acabará ejerciendo como popular periodista en Estados Unidos. Deborah y Pamela ejercerán de aristócratas y ladies-farmer de la Vieja Inglaterra, continuando el rito de las temporadas en Londres. Todas ellas escribirán: sobre jardinería, panfletos políticos, periodismo, autobiografía. Todas ellas son una novela extraordinaria y cada una de ellas encierra también una o varias novelas más.

Pero la verdadera novelista fue Nancy. Una novelista cuya raíz está en Austen pero que tiene puntos en común con Edith Wharton, la autora de La edad de la inocencia. Incluso hay paralelismos. Puede afirmarse que Nancy Mitford es a Evelyn Waugh lo que Edith Wharton fue a Henry James: amigas personales y en cierto modo, sus discípulas. Y al revés: si Wharton y Mitford fueron aristócratas -una del dinero neoyorquino, la otra de la Vieja Inglaterra- tanto James como Waugh fueron dos deslumbrados por el lenguaje de ambas, y llamo aquí lenguaje a cualquier forma de relación.

Efectivamente: las aristocracias europeas -y sus ansiosas clónicas norteamericanas: las familias patricias- son quienes sustentan, en sus modos y formas, la mayor parte del mundo literario -y personal- de James y, desde luego, de Waugh, quien dedicó a la bella Diana Mitford su novela Cuerpos viles. Pero lo que fascinó a ambos escritores, era en ellas algo tan natural como consustancial. Quizá por eso puede afirmarse también que lo que observaban ellas en sus dos amigos y maestros no era más que el reflejo de su propia vida: una forma de narcisismo como cualquier otra. Aunque si la Mitford es una mujer moderna, madame Wharton tiene un pie en el Ochocientos: treinta y ocho años las separan -y el sentido del humor, desde luego: a favor, muy a favor, de Mitford. El tiempo acabará anulando todo lo demás y hoy pueden parecernos primas, a uno y otro lado del Atlántico, que se encuentran en París todas las primaveras.

Porque París fue la verdadera casa de Nancy Mitford, si es que la verdadera casa es la que uno elige y no donde uno nace. Allí vivirá y amará; allí morirá también: a pocos kilómetros de París, en Versalles: o sea, como una parisina del XVIII. Enfrentada en su juventud a su padre, que encuentra a los jóvenes amigos de su hija unos parvenus de middle-class -y entre ellos están el Robert Byron de Viaje a Oxiana (de quien Nancy está entonces locamente enamorada), Evelyn Waugh, Harold Acton, Stephen Tennant, Brian Howard, en fin, la crema de la Brideshead Generation, también llamados los Bright Young People- y no soporta en su hija ni su corte de pelo a lo garçon, ni su vestimenta, ni su repentina afición por las bellas artes, conseguirá que le permita trasladarse a París para pintar. En pintura será un fracaso, pero a París regresará, años más tarde, ya casada y después separada -sólo físicamente-, a vivir para siempre, cerca del que sería su amor de toda la vida: Gaston Palewski, un seductor polaco, secretario del general De Gaulle. "Abajo los abominables franceses", le escribirá en una de sus innumerables cartas, plagadas de celoso desprecio por todo lo francés, su amigo Waugh. "Al menos tú has tenido el buen gusto de elegir a un polaco". Aunque ese amor, no fuera correspondido por el coleccionista mujeriego Palewski, quien siempre la tuvo por una muy buena amiga, pero nada más.

En París, Nancy Mitford escribirá sus novelas más conocidas y también el libro que más popular la hizo -si puede emplearse el término "popular", aquí tan paradójico-: Noblesse oblige: an Inquiry into the Identificable Characteristics of the English Aristocracy (1956), un ensayo-repertorio sobre los usos y costumbres de la nobleza inglesa que acuñará las expresiones U -por upper-class- y non-U -por non-upper-class- tanto en el lenguaje como en todos los hábitos cotidianos. Fue un verdadero éxito. Como también lo fueron, aunque en tono menor, sus biografías parisinas: Voltaire in love, El Rey Sol, Madame Pompadour y Frederick the Great. Pero vayamos a la caza del amor.

Publicada una vez acabó la segunda guerra mundial, A la caza del amor es una novela de humor y de amor. Del amor tratado con humor y del humor tamizado por el amor. Es también una novela familiar -una novela de la memoria- y una novela de guerra (incluso la civil española), aunque la familia y la guerra sean en sus páginas motivos de amor y humor. Y es también una novela muy inteligente. Cualquiera diría que estamos ante una novela feliz y es posible que así sea, pero esa felicidad es -más que un estado de gracia- una forma de ser educados. Porque aunque sus protagonistas pertenezcan -como los de Austen o Wharton- a las clases altas, la vida va pasándoles las mismas facturas que a todos. El secreto consiste en la manera de mirar esas facturas. Y la manera de mirar de Nancy Mitford fue deliciosa, como sus mejores novelas.

A la caza del amor puede leerse -o mejor releerse- como un roman-a- clef. Desde su dedicatoria -Para Gaston Palewski, ese gran amor no correspondido de Mitford- a todos y cada uno de sus personajes. Linda será Nancy sólo en cierto modo: también recoge múltiples rasgos e historias de sus hermanas. Como Louisa o las dos hermanas de su madre en la ficción. Tío Matthew es un trasunto del padre de la novelista. Y lord Merlin, un matraz donde caben todos sus amigos de Oxford con bastantes rasgos del esteta Harold Acton. Por no hablar de Fabrice de Sauveterre, que en nada oculta a Gaston Palewski. O el impagable e hipocondríaco personaje de Davey. O la extraordinaria conversación entre tío Matthew y tía Emily a propósito de la educación en los colegios -y no en casa, como fueron educadas las Mitford- y el pernicioso lenguaje y conocimientos adquiridos en ellos, sin duda un germen de Noblesse oblige. Es, en fin, uno de esos libros que uno debe llevarse a una isla desierta para no volverse un misántropo.

[A la caza del amor inaugura la editorial Libros del Asteroide]