De izquierda a derecha, Juana de Ibarborou, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Teresa Wilms Montt y Juana Borrero.

De izquierda a derecha, Juana de Ibarborou, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Teresa Wilms Montt y Juana Borrero. Diseño: Rubén Vique

Poesía

'Las modernistas. Seis poetas latinoamericanas': ¿qué hubiera sido de ellas de haber podido escribir sin trabas?

El volumen constituye una cartografía de la poesía escrita por mujeres desde el romanticismo.

De Gabriela Mistral a Alfonsina Storni, que se suicidó arrojándose al mar, la muerte acecha desde cada poema.

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Habituados a antologías que parecen directorios –muchos autores, selecciones exiguas–, Las modernistas es una propuesta liberadora, que se inscribe en el afán de cartografiar con precisión la poesía escrita por mujeres desde el romanticismo. En este caso, nos encontramos con seis poetas latinoamericanas forjadas al calor del modernismo, cuya influencia rebasó por mucho el lapso que le asignan los manuales.

Cubierta de 'Las modernistas. Seis poetas latinoamericanas'.

Cubierta de 'Las modernistas. Seis poetas latinoamericanas'. Alba Editorial

Las modernistas. Seis poetas latinoamericanas

Varias autoras

Alba, 2026
200 páginas. 19,50 €

En su prólogo, Ana Fernández Cebrián explica esta selección remitiéndose al encuentro de enero de 1938 en la Universidad de Montevideo en el que Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral y Alfonsina Storni hablaron de su trabajo literario. Un nexo las unía: su admiración por la poeta uruguaya Delmira Agustini, asesinada por su marido en 1914, a los veintisiete años.

Fernández Cebrián añade a estos nombres el de la cubana Juana Borrero, muerta con apenas dieciocho años, y el de la chilena Teresa Wilms Montt, que acabó con su vida también muy joven (a los 28 años) en París. Poco después de aquel encuentro montevideano, Storni se suicidó arrojándose al mar. La década de 1940 trajo consigo una mudanza estética que durante un tiempo pareció alojar estos nombres en el olvido. No fue el caso de Gabriela Mistral, desde luego. Y tampoco el de Storni, convertida tempranamente en mito.

Dentro de esta constelación, Juana Borrero (1877-1896) hace de precursora. Sus poemas nos sorprenden por su madurez y buen pulso compositivo, y no es de extrañar que despertara la admiración de José Martí. Con todo, son piezas de escuela, deudoras de los tropos y estilemas del modernismo inicial, aunque poemas como "Sol y nieve" o "Nostalgia" exhiben una sobriedad estilística que mira al futuro.

Así también la uruguaya Delmira Agustini (1886-1914), reivindicada desde hace años por el modo en que subvierte el arsenal de imágenes del modernismo desde la hipérbole y el maniqueísmo. En esta poesía no hay grises, solo contrarios que contienden con furia y que convocan una y otra vez al cuerpo: sensualidad y erotismo, sí, pero también la herida de la lucidez y una visión trágica de la vida.

Reducir a Gabriela Mistral (1880-1957) a sus raíces modernistas es mucho reducir, y un libro como Tala da la medida de su talento montaraz. Pero es cierto que un eco pervive en la reciedumbre inconfundible de su estilo. Más que escribir, parecía esculpir, como se advierte en poemas memorables como "Pan", "La extranjera" o "País de la ausencia", escrito en un verso de arte menor que nos lleva a los poemas finales de Alfonsina Storni (1892-1938), hilos escuetos que enmarcan el espacio-tiempo de la postrimería.

Así, en "Ojo", que arranca con el tópico del "crepúsculo" para describir un paisaje inerte, intransitivo: "Todo está allí, / apretado en la cuenca". La emoción de "Faro en la noche", ceñida a lo elemental, nos sigue estremeciendo: "Un cuervo pica siempre, / pero no sangra ya".

En Juana de Ibarbourou (1892-1979) comparecen la atmósfera y el paisaje del nuevo mundo en poemas como "Encuentro" o "Día de felicidad sin causa". Una amplitud vital que Teresa Wilms Montt (1893-1921) hace suya en los admirables versículos de "Inquietudes sentimentales", donde la opulencia verbal esconde –sin lograrlo– un vacío de sentido: "¡Soy el genio de la nada!".

La muerte acecha desde cada poema e impone una pregunta inevitable: ¿qué habría sido de ellas si hubieran podido vivir y escribir sin trabas?