Poesía

Miren Agur Meabe, entre lo imaginativo y lo realista

En 'Cómo guardar ceniza en el pecho' no faltan referencias culturales, a escritoras y pintoras más que nada, tampoco a la cultura vasca popular

16 diciembre, 2021 02:08

Cómo guardar ceniza en el pechoMiren Agur Meabe

Bartleby. Madrid, 2021. 212 páginas. 16 euros

Miren Agur Meabe (Lequeitio, 1962), editora, académica y traductora, es autora de libros de literatura infantil y juvenil (Premio Euskadi en tres ocasiones), de narrativa (la novela Un ojo de cristal y el volumen de relatos Quema de huesos) y de poesía: Iraila, Nerudaren zazpigarren maitasun olerkiari begira, Arratsezko poemak, Peneloperen poemak, Oi, hondarrezko emakaitz!, Ihesaren kantua, Azalaren kodea/El código de la piel (Premio de la Crítica de poesía en euskera en 2001) y Bitsa eskuetan/Espuma en las manos (Premio de la Crítica en 2011).

Con Nola gorde errautsa kolkoan, traducido por ella al castellano, ha obtenido el Premio Nacional, que por primera vez se entrega a una obra en euskera tras conseguirlo en las ediciones anteriores otras tres mujeres con libros escritos, respectivamente, en catalán y gallego. Según el acta, “reúne magistralmente la amargura del paso de los años y una vitalidad y frescura inquebrantables”.

Se abre con un largo poema-prólogo que es, a la vez, una poética: “El método”. Lleva al frente una cita de Sánchez Rosillo que hace alusión a la luz y a la ceniza, al principio y al fin que “habitan en un mismo relámpago”. “La dignidad fue mi techumbre en la distancia”, leemos, y: “Le he dado la espalda a la realidad visible”. Al preguntarse por el sentido de la poesía: “¿es legítimo escribir sobre nuestro ego cultural?”.

La primera parte, “Un álbum”, se centra en la memoria (“Las fauces de la memoria son tan voraces”). De infancia, sobre todo. Allí, la naturaleza, su pueblo, una palmera, la escuela, el puerto (el astillero, el muelle), los cromos o las agujas. Las niñas. Y la amatxu, protagonista de “Madre en píxeles”. “Perspectiva naíf” da cuenta de un hecho capital en su vida: la pérdida de un ojo a los 13 años. “Somos seres inestables, orfebrería fungible”.

Desde el principio encontramos abundantes poemas en prosa (acordes al predominante tono narrativo). El lenguaje mezcla lo imaginativo y lírico con lo prosaico y realista. No faltan referencias culturales, a escritoras y pintoras más que nada. Tampoco a la cultura vasca popular, que conoce bien (con juegos literarios que en la traducción se pierden). La voz meditativa convive con la descriptiva. La ironía con la tristeza.

La mujer (las mujeres), desde una visión feminista, son arte y parte de la obra. Así, en “Fósforos”, la segunda sección, poblada de personajes femeninos reales o inventados (Farrokhzad o Casandra) que ponen en solfa el amor romántico.

En “Viaje de invierno”, la tercera, prima el verso y lo conversacional. Poemas breves tan logrados como “La draga”, “La distancia” (“La distancia es mi lugar”), “El manantial”, algunos haikus de “Canción de cuna” o los que componen “Orografía de la soledad” (“lo lejano contiene los lugares amados”). En “Tempo giusto”, la cuarta, con la poesía civil y de denuncia, regresan las mujeres: Pandora “la culpable”, la tutsi Mukasonga, las Nereidas… Y un poema ineludible: “Flotación”.

“Esa puerta”, quinto apartado del libro, nos lleva al desamor: “Pero en la noche cerrada no hay nadie ni nada”. Y a Miramar, su huerto-jardín (“De pequeña escribía árboles”). En “Réquiem” (con Ajmátova al fondo) escribe: “La luz de la pasión es indeleble”. Sobresalen “Descendimiento” (“No soy tu consorte viuda enamorada”), “Crónica” (“Sigo haciendo el amor y la muerte con tu sombra”) y “Recurso” (“Pero la vida no es más que un significante / ajeno a su significado”).

El libro se cierra con “El estigma accidental”. La escritura (“definición y salvación nuestra”) es el asunto. “Sobre qué escribir”, se pregunta mientras toma “un gin tonic con la señora Atwood”. “En el metapoema meto mis metas, mis temas y mis mitemas”, dice. Y “Las intenciones son los andamios de los resultados / nada más”. Los enjundiosos versos de “Naturaleza muerta”, “Esquemas de equilibrio” (“un ideal huidizo e inexplicable”) y “Ruego a las palabras” abrochan este libro doliente.

Ruego a las palabras

No permitáis, palabras, que me aleje de la tierra,

del aliento de las vacas, de la sangre de la sepia.

Si me sedujisteis con vuestro lunar pintado,

inocentes como la florecilla de mi primer sostén.

No consintáis, palabras, que me olvide de la historia,

del insomnio de la idea, del llavín de la fe.

Si me dejé manosear por vuestros múltiples dedos,

si hervisteis mis vendas en vuestra olla express.

No aceptéis, palabras, que eluda mencionar mi cuerpo

o sus reglas variables o su sabio declinar.

Si me acarreasteis a pesar de las encrucijadas,

escarabajos bajo su tierno pastelito oficial.

No admitáis, palabras, que me aparte de este oficio

aunque la crudeza me golpee, aunque me devore la bonanza.

Desde que ovulé por última vez me he convertido en otra.

No me retengáis, palabras, en ninguna escena de ningún pintor.