Image: Lanzadera en una cripta

Image: Lanzadera en una cripta

Poesía

Lanzadera en una cripta

Wole Soyinka

7 mayo, 2010 02:00

Wole Soyinka. Foto Jesús García

Trad. de Luis Ingelmo. Bartleby. Madrid, 2010. 211 páginas, 16 euros


Wole Soyinka es un hombre majestuoso. Uno le ve y piensa: "Vaya, yo creía que personas así sólo existían en las películas". Es él mismo lo que admiramos. No su coraje que avergüenza a nuestra cobardía. No el orgullo con que luce los regios rasgos de su etnia. Tampoco la dignidad con que porta todos los símbolos de las injusticias cometidas contra él. Es más. Es él.

Akinwande Oluwole Soyinka, Wole para el mundo, tiene 75 años. A la interesante edad de 33 permaneció veintidós meses incomunicado en prisión porque al general Yakubu Gowon no le convenía que ningún valiente anduviera suelto. En los 90, al general Sani Abacha el exilio de Soyinka no le pareció suficiente y, por si acaso, lo condenó a muerte. (Como pueden comprobar, los enemigos de Soyinka presentan siempre un perfil muy concreto.) Durante su encarcelamiento, el nigeriano decidió que soportar padecimientos inhumanos no era una ocupación a tiempo completo y creó una de las obras maestras de la literatura del siglo XX: Poems from Prison. La escribió en papel higiénico. (Sabemos de poetas que son incapaces de escribir sin su ordenador. Y con su ordenador siguen siendo incapaces, todo hay que decirlo.) Pero no imaginen ustedes que se gloría Soyinka de haber regalado su poesía a la humanidad.

Al contrario, asegura que esos poemas son una muestra de egoísmo, porque los escribió sólo para sobrevivir al horror. Además de decirle cuatro(cientas) verdades al poder e intentar seguir vivo, Soyinka es el espectacular premio Nobel 1986 por más literatura de la que cabe en nuestras mortales cabezas. Es el azote de los mediocres. Es África.

Lanzadera en una cripta se publicó originalmente el mismo año que las memorias de prisión The Man Died: 1972. O sea, tres años después de ser liberado Soyinka. "Cuatro arquetipos" reproduce la mente de José, Hamlet, Gulliver y Ulises, pero incluso en estos gigantes no leemos al personaje de ficción, sino al hombre Nigeria: "Se inician los ciclos de busca, para rastrear la madeja/ del yo entre velos ciegos, para tropezar con urdimbres/ para soportar los efugios de embrollos arácnidos hasta/ plegamientos con olor a piara y túneles acariciantes/ que acaban como encrucijadas en los estrechos, entre/ rocas vaginales". Corazón de la obra según su autor, "Los tañidos del silencio" debería figurar en la historia universal de la música por aliteraciones perfectas como "Tread. Drop. Dread Drop. Dead", donde el sonido redobla como el tambor de las ejecuciones ("Paso. Caída. Cruel Caída. Muerto").

Como toda poesía grande, Lanzadera en una cripta parece obra de muchos hombres y mujeres, cada página nos traslada a un escenario, una voz, un alma. Testigo de nuestra barbarie, el poeta revisita el mito de la mujer que desafió al Estado para poder sepultar los cadáveres de sus hermanos, como Zeus manda: "¡Cismático/ amante de Antígona!/ ¿Lo harás? ¿Desenterrarás/ los cadáveres de/ antaño? ¿Exhibirás el estiércol del nacimiento de hoy?/ Selladlo vivo/ en esa misma necrópolis". Y vivo lo sellaron. Y vivo salió de la necrópolis dos años después.

Soyinka es poeta de otra manera. Es el dios de las pequeñas cosas, ésas que sólo vemos cuando no las tenemos delante de los ojos, ni al alcance de la mano, y llega el hambre ("El pan es magia, gracia./ La corteza mohosa sola era vida y latido/ panboñiga, pannegro, panintegral, panrepulsivo/ pansobrantepandealmacénpantripaspansudorysangre"). Pero qué sabremos nosotros de hambre. Soyinka usa la metáfora de otra manera, más visual que semántica: primero nos llega la luz y luego el sonido, como ocurre con el rayo y el trueno ("Mach 3/ lo calificamos: uno por el Cuchillo/ dos por Maquiavelo, tres…/ Velocidad que rompe/ la barrera de la verdad con decreto de arrestos en picado").

Wole Soyinka es el Homero de la guerra no glorificada, de la épica en todo su espanto. Contra la poesía de salón, Nigeria. Contra África olvidada, la rabia Soyinka. Brutal.

Capital

No puede ser

que el germen que ha nutrido la tierra

lo haya atendido el hombre. Una vez vi una cascada

de germen, una abundante lluvia de grano

que escupían vertedores de boca ancha

y saciedad satisfecha; juro que los granos

cantaban.

No puede ser

que la política, las deliberaciones

tornen las brasas de mi vida

en cenizas, y en mares contaminados

descansen tristes lechos de levadura que esponjan

la pasta

del mercado mundial.