Image: Oriente

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Novela

Oriente

José Carlos Llop

26 abril, 2019 02:00

José Carlos Llop, autor del libro

Alfaguara. Barcelona, 2019. 232 páginas. 17,90 €. 8,99 €

Las novelas suelen abarcar un conjunto de temas, aunque uno de ellos se alce por encima de los restantes. Pocas se centran de manera exclusiva en uno solo, y entre estas Oriente está abocada a ocupar un sitial de honor. José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) le adjudica al amor la importancia de leitmotiv único y excluyente, asunto que ignora cualquier otro de los muchos que brinda nuestra especie. Y lo hace sin disimulos ni subterfugios. Desde las primeras páginas escuchamos a un narrador autobiográfico que se refiere con una creativa imagen al “enamoramiento” como un “país inventado por el deseo”, que señala casos de promiscuidad erótica y sentimental o que, ante el féretro de su difunta madre, se interroga “si nos morimos sin haber sido amados como nos merecemos, ni haber amado como se merece el amor”.

También sabemos desde el comienzo que este bucle parcialísimo de motivos -amor, pasión, seducción, sentimientos, erotismo, concupiscencia, adulterio, trajines mentales- implica una dimensión simbólica o abstracta y sospechamos, por tanto, que la historia que se nos empieza a contar tendrá mucho de cañamazo o casi excusa para un discurrir especulativo. Así ocurre.

El narrador en primera persona, un cincuentón profesor universitario, experto en la clasicidad latina, anda en un momento delicado en que se siente abocado a convertirse en “corresponsal de su propia vida” a instancias de dos impulsos: uno, su esposa le ha echado de casa por su infidelidad con una joven estudiante; otro, el hallazgo de unos viejos papeles de su madre. De aquí arranca una revisión personal y familiar que le lleva a reconstruir las historias amorosas de sus progenitores que se remontan a la segunda guerra mundial. Tanto el padre, periodista y espía franquista, como la madre tuvieron actitudes sexuales de absoluta libertad, ambos con numerosos amantes consentidos.

En Oriente, Llop somete la experiencia humana al implacable torcedor de lo libresco. El narrador equipara el destierro de Ovidio en Tomis por razones sexuales -no políticas, se asegura- con su situación y considera que el Ars amandi del poeta romano podría ser “el libro de familia” de su propia familia. A esta comparación que funciona como eje compositivo de la novela se añaden otras copiosas relaciones de una profusa biblioteca de referencias librescas refinadas, artísticas y del cine: las leyendas bíblicas y sus versiones plásticas en el barroco, los líricos latinos, los trovadores del quattrocento, la commedia dell'arte, Rilke, Marcel Proust, Gustave Flaubert, Ian Fleming, François Truffaut, Jean Luc Godard, Bertolucci...

En 'Oriente', Llop somete la experiencia humana del amor al implacable torcedor de lo libresco

Se trata de vínculos más o menos concisos, pero otros adquieren dimensión ensayística, en el límite del trabajo académico. Así ocurre con el comentario de los diarios del controvertido pensador alemán Ernst Jünger y con el relato de la fascinación del joven líder fascista Dionisio Ridruejo por Mechthild Podewils, la duquesa nazi traductora de Rilke. A lo cual deben añadirse insistentes reflexiones sobre la vocación de escritor y el papel de la escritura.

Todo ello va en compañía frecuente de pensamientos que se quieren hondos y sutiles. Alguno aporta curiosas ideas o imágenes, pero la mayoría son fruto de un alambicado ejercicio mental. ¿Qué quiere decirse con el presuntamente poético “la luz del día es como la luz del cuello de una mujer amada”? ¿Por qué “el amor es la única forma respetable de asomarse a la propia muerte”? No entiendo que un amante sea “un geógrafo que dibuja y bautiza los accidentes orográficos”. En fin, elitista resulta asegurar que “solo la cultura proporciona al erotismo una riqueza superior”. Tiene Llop en la intensa historia del narrador, acuciado por el sentimiento de ser el último eslabón de un fin de raza, y en la de sus anticonvencionales padres una peripecia con auténtica garra novelesca. Les saca, sin embargo, escaso partido a las andanzas de amantes selectos y a sus pasiones fogosas. Sacrifica la narración directa de los afanes de unos seres ensimismados en sus pulsiones eróticas en aras de disquisiciones retóricas y de un despliegue culturalista aparatoso, prolijo y agobiante. Prefiere un discurso intelectualizado muy minoritario a un relato con brío comunicativo.