Image: El testamento de María

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Novela

El testamento de María

Colm Toíbín

25 abril, 2014 02:00

Colm Toíbín. Foto: Doménec Umbert

Traducción de Enrique Juncosa. Lumen, 2014. 126 pp, 14'90 e. Ebook: 9'99 e.

No lejos de Éfeso, dominando un hermoso valle de vegetación mediterránea, se encuentra, según la leyenda, la última casa donde habitó la Virgen María. Es una pequeña y sencilla construcción de piedra, a bastante distancia de cualquier núcleo habitado. Más allá de los aspectos inherentes a la teología cristiana, la vida de Jesucristo y de cuantos le rodearon ha resultado una inagotable fuente de inspiración creativa. El testamento de María, de Colm Tóibín (Enniscorthy, Irlanda, 1955), nos plantea una aproximación a la vida de María, esposa de José, desde una perspectiva exclusivamente humana.

Jesús de Nazaret ha muerto crucificado y dos de sus seguidores se ocupan de su madre María, aunque sus intenciones son otras: "Me cuidan, me interrogan delicadamente y me vigilan. Creen que no conozco la compleja naturaleza de sus deseos." (p. 9) Uno de ellos es San Juan; la identidad del otro no resulta tan clara, pues ningún nombre se menciona en la obra, ni tan siquiera el del Hijo de Dios. En poco más de un centenar de páginas se desmitifica, se desteologiza, la vida de Jesucristo. Sus milagros difícilmente pueden tomarse como tales, como nada se parece ese líder de jóvenes bulliciosos, radicales, y alterados con aquel niño "que yo recordaba y del muchacho que parecía de lo más feliz por las mañanas cuando me acercaba y le hablaba al despuntar el día. Era bello entonces, y delicado, y estaba lleno de necesidades. Ahora nada en él era delicado; era un despliegue de masculinidad, completamente seguro de sí mismo y radiante, radiante como lo es la luz, de manera que no había nada de lo que pudiéramos hablar" (p. 62).

Resulta complejo abstraerse del componente religioso y analizar la novela en tanto en cuanto obra de arte. La magnitud y significación del/os personaje/s en cuestión, tanto el agente como el paciente, condicionan el análisis. Quienes tengan profundas convicciones religiosas reprobarán estas confesiones de María como una suerte de herejía que tiene la abyecta intencionalidad de propagar una infamia: la negación de su divinidad. Desde una perspectiva exclusivamente literaria el personaje de esa madre que recupera ciertos acontecimientos en la vida de su hijo ajusticiado y cómo vive ahora esa soledad vigilada rememorando tiempos pasados es ciertamente encomiable. Recuerda las primeras reuniones en su casa, "cuando mi hijo les pedía silencio y se dirigía a ellos como si fueran una multitud, su voz del todo falsa y el tono afectado…" (p. 24); tal vez si ella hubiera actuado con firmeza se hubieran podido cortar los desvaríos de su hijo y ahora estaría vivo. También estaría su esposo, a quien tanto echa de menos; ahora una silla olvidada en un rincón recuerda los tiempos felices cuando eran una familia. No permite que nadie se siente en ella, e incluso amenaza con un cuchillo a esos dos "protectores" cuando uno de ellos pretende sentarse en el imaginario trono de quien fuera el verdadero dueño de la casa. Es el dolor de una madre que recuerda cuando amamantaba a su hijo, o le cogía la mano por la noche para calmar sus pesadillas, la que se va desgranando pasaje a pasaje. La de una mujer sencilla que camino del calvario, con su hijo arrastrando la cruz, olvidaba lo que estaba ocurriendo porque los zapatos le causaban un dolor espantoso; alguien a quien la historia parecía haberle superado. Sus "protectores" pretenden hacerla partícipe de una realidad que ella nunca vivió y se rebela escribiendo este testamento. Tal vez la catarsis venga por la escritura y a fin de cuentas tan sólo pretenda expiar su culpa diciendo la verdad porque "…si no, todo lo que ocurrió se convertirá en una historia dulce que se volverá ponzoñosa" (p. 105).