Imaginativo, inesperado y audaz. Así se va reafirmando el estilo de esta joven narradora (La Habana, 1972) que ha logrado reconocimiento internacional con títulos como El pájaro: pincel y tinta, El viejo, el asesino y yo, Una extraña entre las piedras. Con tremendas "patrañas", todas ellas calzadas con un lenguaje fresco y disparatado, sarcástico, frenético, dispuesto a contar la realidad habanera. De ella y a pesar de ella se alimenta su fantasía, que apuesta por acortar distancias entre lo verdadero y lo falso, por la ambigöedad que da juego a tremendas paparruchas y, así, al final, "todo el mundo se traga la papa". Cien botellas es un nuevo reto lingöístico y argumental, una arriesgada propuesta narrativa por su estructura y por la perspectiva -amable y humorística- adoptada para sostener una ficción compuesta por doce relatos que podrían funcionar con plena autonomía pero otorgan sentido de la progresión al argumento y unidad al conjunto, la historia de Zeta, que desde sus 28 años ve como "un drama de los muy lacrimógenos", y la razón que le llevó a verse involucrada en dos muertes accidentales. Ella, habanera, católica y sentimental, es su narradora y su protagonista.
Son muchas las cosas que tiene que contar de su pasado, de sus vecinos, del barrio y sus miserias, de quienes viven esa Habana de esos años que estremecieron a la ciudad y la dejaron "sin agua ni presente ni futuro", y sí con "tremenda porquería y edificios a punto del derrumbe y otros ya derrumbados y escombros y churre y peste". "¡Vivir por ver!", piensa. Y se desahoga con Linda, su amiga la escritora. Ella va ya por su tercera novela, Cien botellas en una pared; trata de un crimen, le cuenta, pero "aún no sabe a quién matar". Y todo eso se le cuela en su relato, que sólo quería reconstruir su caso y acaba por dar entrada a muchos otros. Y es que Zeta, "buena gente hasta el empalago", no puede evitar que otros casos -de violencia, de sumisión, de miseria- acaben siendo asuntos de su historia. Como no puede evitar que su historia encuentre el móvil que necesitaba la novela de su amiga. Y al final un argumento redondo. "¡Puro embeleco!" Un estupendo delirio narrativo de su autora. "Sublime embustera".
Son muchas las cosas que tiene que contar de su pasado, de sus vecinos, del barrio y sus miserias, de quienes viven esa Habana de esos años que estremecieron a la ciudad y la dejaron "sin agua ni presente ni futuro", y sí con "tremenda porquería y edificios a punto del derrumbe y otros ya derrumbados y escombros y churre y peste". "¡Vivir por ver!", piensa. Y se desahoga con Linda, su amiga la escritora. Ella va ya por su tercera novela, Cien botellas en una pared; trata de un crimen, le cuenta, pero "aún no sabe a quién matar". Y todo eso se le cuela en su relato, que sólo quería reconstruir su caso y acaba por dar entrada a muchos otros. Y es que Zeta, "buena gente hasta el empalago", no puede evitar que otros casos -de violencia, de sumisión, de miseria- acaben siendo asuntos de su historia. Como no puede evitar que su historia encuentre el móvil que necesitaba la novela de su amiga. Y al final un argumento redondo. "¡Puro embeleco!" Un estupendo delirio narrativo de su autora. "Sublime embustera".