Image: Tole, catole, cuneta
Como el propio Javier Villán afirma a propósito de este exquisito libro, tal vez nuestro único paraíso es la infancia. Y a ella se retrotrae este polifacético escritor, crítico teatral, experto taurino y poeta casi oculto que se desgrana en la Prensa diaria. Aquí se ocupa de la infancia y de los juegos tradicionales que habitaron en la niñez de tantos españoles durante años, ilustrado con unos espléndidos dibujos de David Ouro.
Todo paraíso está perdido irremediablemente, pero en el universo circular de la infancia la existencia se configura en la repetición, que instaura el tiempo que se cita a sí mismo, como en las reglas de los juegos. En su recurrencia el tiempo se suspende, parece diluirse en el inconsciente del niño, y ahí permanece en su ansia de eternidad. Villán, como poeta-niño, ha sabido bucear en esa memoria de la infancia, con palabra clara y lírica, sencilla en su formulación pero compleja en su reflexión, mostrándonos esos juegos de los años 50 donde la imaginación era valor de vida y de futuro. Contrasta en esta sociedad de fin de milenio la necesidad de un buen presupuesto para que los niños actuales puedan divertirse. Videoconsolas, navegación en internet, videos, tampoco tienen como primordial función ayudar a la comunicación entre los más pequeños. Frente a los juegos eminentemente colectivos que nos describe con añoranza Villán, baratos y callejeros, el niño actual se cierra sobre sí mismo con aparatos que en pocos meses quedan desfasados.
La lectura de este evocador inventario de juegos supone volver a disfrutar de un tiempo, de una jerga lingöística que Villán magistralmente espiga. Su memoria lúdica nos permite así hacerla nuestra, padres e hijos visitarán unos años que son en la lectura presente, auténticos, porque hablan de ese lugar que todos seguimos poblando como fantasmas, ese paraíso interior que es la infancia.
Todo paraíso está perdido irremediablemente, pero en el universo circular de la infancia la existencia se configura en la repetición, que instaura el tiempo que se cita a sí mismo, como en las reglas de los juegos. En su recurrencia el tiempo se suspende, parece diluirse en el inconsciente del niño, y ahí permanece en su ansia de eternidad. Villán, como poeta-niño, ha sabido bucear en esa memoria de la infancia, con palabra clara y lírica, sencilla en su formulación pero compleja en su reflexión, mostrándonos esos juegos de los años 50 donde la imaginación era valor de vida y de futuro. Contrasta en esta sociedad de fin de milenio la necesidad de un buen presupuesto para que los niños actuales puedan divertirse. Videoconsolas, navegación en internet, videos, tampoco tienen como primordial función ayudar a la comunicación entre los más pequeños. Frente a los juegos eminentemente colectivos que nos describe con añoranza Villán, baratos y callejeros, el niño actual se cierra sobre sí mismo con aparatos que en pocos meses quedan desfasados.
La lectura de este evocador inventario de juegos supone volver a disfrutar de un tiempo, de una jerga lingöística que Villán magistralmente espiga. Su memoria lúdica nos permite así hacerla nuestra, padres e hijos visitarán unos años que son en la lectura presente, auténticos, porque hablan de ese lugar que todos seguimos poblando como fantasmas, ese paraíso interior que es la infancia.