Image: Elogio del olvido

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Ensayo

Elogio del olvido

David Rieff

31 marzo, 2017 02:00

Milosevic, que murió mientras esperaba juicio por crímenes contra la humanidad, fue despedido por miles de fieles

Traducción de Aurelio Major. Debate. Barcelona, 2017. 144 páginas, 16,90€, Ebook: 8,99€

"El sonido de las bombas incendiarias al caer era como el sonido de la lluvia", recuerda Keiko Utsumi, una anciana japonesa de aire distinguido, enfermera y comadrona jubilada, impecablemente vestida con una americana de lino en el sofocante calor del verano de Tokio.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, en la primavera de 1945, tenía 16 años, y la habían puesto a trabajar en una fábrica militar de la ciudad portuaria de Yokohama, al sur de Tokio. Recuerda que, durante uno de los ataques estadounidenses con bombas incendiarias, pasó la noche apiñada en un refugio antiaéreo, aterrorizada, mirando el infierno de casas de madera a su alrededor. Cuando, a la mañana siguiente, salió al desierto calcinado, con el suelo tan caliente que derretía sus zapatos, vio la muerte: "Todos estaban negros, todos abrasados".

Setenta años después del final de la guerra, el pasado mes de agosto Utsumi se reunió conmigo en el centro de Tokio para contarme su historia. Increíblemente, nunca había hablado con nadie de sus terribles experiencias. "Cuando estaba a punto de salir de casa esta mañana", contaba, "y le he dicho a mi hijo que iba a una entrevista sobre la guerra, me ha preguntado si es que yo la viví".

A los estadounidenses, que están acostumbrados a airear las experiencias más prosaicas, esta serenidad estoica les puede parecer rara, incluso perjudicial. Sin embargo, el respeto por esta contención constituye el núcleo del clarividente y compasivo nuevo libro de David Rieff (Boston, 1952).

Elogio del olvido trata de nuestros recuerdos comunes, de cómo evocamos nuestra historia nacional y razonamos sobre nuestro pasado colectivo. El periodista y crítico cultural David Rieff sostiene que estas rememoraciones colectivas son interesadas, a menudo fraudulentas, y, con frecuencia, peligrosas. A veces, piensa, haríamos mejor en olvidar sin más los relatos llenos de rencor y seguir viviendo nuestras vidas. Admira la propuesta de un escritor de Irlanda del Norte de que el siguiente homenaje a la historia de Irlanda debería consistir en "erigir un monumento a la Amnesia y olvidarnos de dónde lo pusimos".

A Rieff le repugna la idea de que rememorar es un deber moral y político, así como personal, en nuestra "era terapéutica". Afirma incluso que recordar es inútil, ya que todas las sociedades -al igual que los individuos que las componen- acabarán reducidas a polvo. A los que tienen la esperanza de que conmemorar el Holocausto pueda ayudar a impedir la aparición de futuros genocidas, les replica que eso es "pensamiento mágico", y remite a las campañas de exterminio que han tenido lugar después en Bangladesh, Camboya y Ruanda.

Antes bien, advierte de que, con demasiada frecuencia, la memoria colectiva "ha conducido a la guerra más que a la paz … y a la determinación de vengar ojo por ojo en vez de entregarse a la difícil tarea del perdón". En opinión del autor, los recuerdos nacionales son casi siempre políticos. A veces los imponen los Ejércitos victoriosos, y otras los fomentan los políticos manipuladores con el fin de urdir un pasado épico que legitime sus intenciones presentes. Rieff proporciona una deprimente cantidad de ejemplos en los que los recuerdos tóxicos alimentan el odio atávico: entre iraquíes; entre israelíes y palestinos; el de los islamistas radicales en todo el mundo, y el de los nacionalistas hindúes congregados por el primer ministro indio Narendra Modi.

El autor trata temas delicados, pero la búsqueda de la justicia no siempre hace fracasar los procesos de paz

En opinión de Rieff, un prestigioso periodista famoso por haber diseccionado los fracasos estadounidenses y europeos en Bosnia, y, más tarde, por haber puesto concienzudamente en duda el valor de las organizaciones humanitarias internacionales, no se trata de un temor abstracto.

En su condición de testigo presencial del derrumbamiento de Yugoslavia, comprende las monstruosas realidades de los conflictos étnicos y la política de poder con absoluta claridad. Recuerda con repugnancia su encuentro en Belgrado con un político nacionalista serbio, el cual, con Bosnia en plena guerra, reverenciaba a la guerrilla serbia de la Segunda Guerra Mundial mientras uno de sus ayudantes entregaba pomposamente a Rieff un pedazo de papel en el que estaba escrito "1453", el año en que el Imperio otomano conquistó la Constantinopla ortodoxa.

Peor aún. Rieff se teme que la memoria pueda no solo desatar la violencia, sino prolongarla. Para poner fin a una guerra o conseguir que un dictador entregue el poder a los demócratas, a menudo hay que negociar con líderes asesinos que exigirán su amnistía, lo cual supone obviar sus crueldades pasadas para asegurar la paz futura. (Nuremberg, el precedente favorito de los abogados especialistas en derechos humanos, es casi siempre un mal ejemplo. Los Aliados no pudieron llevar a juicio a los gobernantes nazis de Alemania sino después de una victoria incondicional duramente conseguida.

Sin embargo, la mayoría de las guerras no tienen un final tan definitivo). Si bien el autor opina que hay que juzgar a los criminales de guerra siempre que sea posible, rechaza el "totalitarismo" legal de los activistas pro derechos humanos que se empeñan en poner la justicia por delante de la paz o de otros objetivos políticos dignos de consideración. Advierte con buen juicio de que una orden judicial española de detención del dictador militar Augusto Pinochet podría haber dado al traste con el regreso de Chile a la democracia.

Y, con respecto a Bosnia, sostiene convincentemente que la injusticia de los Acuerdos de Dayton, que tuvieron clemencia con el sangriento Slobodan Milosevic, de todos modos fue mejor que seguir con una guerra ruinosa.

Rieff hace una poderosa defensa de la reconciliación y el compromiso, y pone al descubierto lo politizadas que están nuestras historias nacionales. Con su lúcido despliegue de ejemplos históricos y referencias bibliográficas, parece que él mismo no ha olvidado nada. Pero, en un libro repleto de argumentos desafiantes, se limita a ofrecer de manera implícita reglas de cuándo hay que recordar y cuándo olvidar.

Pedir a las poblaciones victimizadas que vuelvan la espalda a sus agravios es un asunto delicado. Lo único que lograron los derechistas japoneses al declarar que los coreanos tenían que olvidar el dolor sufrido durante la guerra fue ofenderlos más. Además, aunque sea arriesgada, la búsqueda de la justicia no siempre hace fracasar los procesos de paz. Los Acuerdos de Dayton siguieron adelante a pesar de que un tribunal de crímenes de guerra de Naciones Unidas hubiese condenado a los líderes serbobosnios Karadzic y Ratko Mladic.

David rieff hace una poderosa defensa de la reconciliación y denuncia lo politizadas que están nuestras historias nacionales
Rieff, que no es un absolutista, no está en contra de todos los recuerdos. Cree que estamos moralmente obligados a recordar el Holocausto, y elogia los juicios contra los crímenes de guerra y las comisiones de la verdad de Europa, Latinoamérica y Sudáfrica. Defiende con fervor que tenemos el deber de poner en evidencia las actitudes de encubrimiento en relación con el genocidio armenio, las masacres coloniales británicas y francesas, la esclavización sexual de las mujeres de Corea y otros países asiáticos por parte del Japón imperial, y la masacre de Srebrenica. (El hecho de que Ken Livingstone, exalcalde de Londres, ande proclamando la delirante calumnia de que Hitler fue una especie de sionista "antes de volverse loco y acabar asesinando a seis millones de judíos" demuestra que aún son necesarias algunas lecciones de historia). Una cosa es que la gente vuelva a la normalidad y siga con su vida; otra es conseguir que olvide.

Aunque el régimen de Mao Zedong trabajó para normalizar las relaciones de China con el Japón posterior a la guerra, lo que incluyó echar discretamente la culpa de la Segunda Guerra Mundial a un grupito de militaristas, a los actuales líderes del país les ha costado poco suscitar una ira popular más extendida contra Japón. Después de que los fascistas croatas masacrasen a los serbios y a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, la dictadura comunista posbélica de Yugoslavia promovió a pesar de todo una "hermandad y unidad" amnésicas. No obstante, los viejos malos recuerdos persistieron lo suficiente como para proporcionar el combustible nacionalista que Milosevic explotó en la década de 1990. No todos tenemos la dignidad de Keiko Utsumi.

El libro de Rieff resulta dolorosamente pertinente para el acre estado de ánimo populista de nuestros días.

Mientras los líderes de China, Rusia, India, Japón y otros países hacen valer sus propias opiniones parciales sobre su historia, el autor desinfla sus pretensiones. La jactanciosa versión de Trump de la experiencia de Estados Unidos en el siglo XX -"Nosotros salvamos al mundo", y luego "lo volvimos a salvar"- solo se aparta de la normalidad por su estupidez. Este sustancioso libro proporciona una guía de campo para una política del olvido más respetable, en la que tal vez algún día Trump y el trumpismo afortunadamente hayan sido olvidados.

@Gary__Bass

© NEW YORK TIMES BOOK REVIEW