Image: Berlín
Tal vez los únicos viajes que interese contar, los únicos que de verdad cuenten, sean siempre sentimentales. El viaje a Berlín de Steger (1977), un autor totalmente desconocido en España cuya presencia tenemos que agradecer al ojo clínico, siempre fino y acertado de esta colección de viajes de Pre-Textos, es un viaje sentimental e inmóvil, lírico y distante a la vez. En las 30 piezas breves con las que Steger va describiendo la ciudad, a veces relatos, otras piezas costumbristas, otras casi cercanas al diario, la presencia del autor se disuelve en una especie de sombra neutra y extranjera que habita la ciudad de Berlín. Tal vez la ciudad misma imponga ese carácter, tal vez Steger haya considerado que la mejor manera de describir Berlín sea evitarse a sí mismo como protagonista, pero filtrar todo lo que observa a través de su sentimentalidad, el caso es que el texto es, al noventa por ciento, totalmente convincente, menos cuando resbala hacia un tono más explicativo y periodístico.
Este Berlín, que podría leerse como un suplemento sentimental de una guía durante un viaje a la ciudad, es un inventario de escenas, pero también un ensayo sobre dos puntos que parecen converger en casi todos los capítulos y que dan coherencia al texto: la reflexión sobre la experiencia de la extranjería (y de serlo, además, en la ciudad más extranjera del mundo, esa ciudad doble y extranjera casi hasta para sí misma) y la conciencia del espacio berlinés como una ciudad-grieta. "Berlín es un monstruo" y "Berlín es la ciudad más maravillosa del mundo" no le parecen a Steger frases contradictorias, sino más bien extrañamente complementarias. Steger alterna textos más líricos con otra mirada compasiva, alegre (y a ratos hasta atemorizada) a los berlineses y muchos de sus mejores textos de este libro salen precisamente de ahí. La mirada de Steger es la del extranjero y el vagabundo y con frecuencia recae sobre los más desamparados, pero con un timbre que no es ni complaciente ni compasivo, sino sencillamente amistoso.
Es también una mirada culta y no tardan en hacer aparición las referencias de la vida literaria de la ciudad; desde Brecht hasta Ingeborg Bachmann, Walter Benjamin o Rilke, pero bien aderezados aquí con "dragones y travestis", el autor es proclive a jugar con el lector reservándose, sólo para sí, el destino de la narración y evita el que habría sido el peligro más claro de este libro; el de haber caído en una sencilla sucesión de "estampas berlinesas". Uno tiene, finalmente la sensación de haber conocido algo más. "El extrañamiento no se alcanza al llegar a una ciudad extranjera, sino más bien cuando se vuelve por primera vez a casa. Entre aquel que sigue sintiéndose en su hogar y el lugar que entretanto ha dejado de ser para él la casa se ha interpuesto una delgada lente". La lente, para suerte del lector, es la mirada de Steger.
Este Berlín, que podría leerse como un suplemento sentimental de una guía durante un viaje a la ciudad, es un inventario de escenas, pero también un ensayo sobre dos puntos que parecen converger en casi todos los capítulos y que dan coherencia al texto: la reflexión sobre la experiencia de la extranjería (y de serlo, además, en la ciudad más extranjera del mundo, esa ciudad doble y extranjera casi hasta para sí misma) y la conciencia del espacio berlinés como una ciudad-grieta. "Berlín es un monstruo" y "Berlín es la ciudad más maravillosa del mundo" no le parecen a Steger frases contradictorias, sino más bien extrañamente complementarias. Steger alterna textos más líricos con otra mirada compasiva, alegre (y a ratos hasta atemorizada) a los berlineses y muchos de sus mejores textos de este libro salen precisamente de ahí. La mirada de Steger es la del extranjero y el vagabundo y con frecuencia recae sobre los más desamparados, pero con un timbre que no es ni complaciente ni compasivo, sino sencillamente amistoso.
Es también una mirada culta y no tardan en hacer aparición las referencias de la vida literaria de la ciudad; desde Brecht hasta Ingeborg Bachmann, Walter Benjamin o Rilke, pero bien aderezados aquí con "dragones y travestis", el autor es proclive a jugar con el lector reservándose, sólo para sí, el destino de la narración y evita el que habría sido el peligro más claro de este libro; el de haber caído en una sencilla sucesión de "estampas berlinesas". Uno tiene, finalmente la sensación de haber conocido algo más. "El extrañamiento no se alcanza al llegar a una ciudad extranjera, sino más bien cuando se vuelve por primera vez a casa. Entre aquel que sigue sintiéndose en su hogar y el lugar que entretanto ha dejado de ser para él la casa se ha interpuesto una delgada lente". La lente, para suerte del lector, es la mirada de Steger.