Image: Rimbaud

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Ensayo

Rimbaud

GRAHAM ROBB

5 diciembre, 2001 01:00

Arthur Rimbaud, por Gusi Bejer

Traducción de Daniel Aguirre Oteiza. Tusquets. Barcelona, 2001. 548 páginas, 3.900 pesetas

¿Se puede hablar de Rimbaud sin reconocer que cada cual a su modo, desde Breton a Patti Smith, lo tuvieron por el iniciador de la modernidad, el padre de la ruptura, el rebelde radical, el místico en estado salvaje, vagabundo visionario y aún iniciador de la liberación de la mujer?

Hasta ahora la biografía tenida como canónica sobre Arthur Rimbaud -entre muchas, claro- era la de la británica Enid Starkie, que se publicó por vez primera en inglés en 1938. Aunque Starkie la revisó dos veces (la última en 1960) el libro era ya antiguo y la autora murió en 1970. Sin embargo como ese Arthur Rimbaud llegó a España tarde (la traducción de López Muñoz en Siruela, que la reeditó hace poco, es de 1990) es muy posible que muchos lectores no se hayan percatado de que ese Rimbaud de Starkie -aunque clásico- es un libro anticuado. Starkie fue una de las primeras en buscar testimonialmente (viajando allí) la vida de Rimbaud en Abisinia, pero no pudo desterrar de su obra -elaborada hace casi 70 años- cierto puritanismo. Es decir, intentó suavizar cuanto pudo a Rimbaud, sin faltar a la verdad. Me temo que esto haya sido práctica más que usual en muchas biografías de autores incómodos. Y Rimbaud lo fue. Todo ello es lo que soluciona o afronta el nuevo Rimbaud del tambien británico Graham Robb, asimismo especialista en literatura finisecular francesa, pero que publicó el tomo ahora traducido (con sutiles críticas al puritanismo de Starkie) en 2000.

Antes de entrar en el gran corpus testimonial y erudito -casi 100 páginas sólo de apéndices, notas y bibliografía- Robb, en la "Introducción" pasa revista a la multiplicidad del mito Rimbaud. ¿Se puede hablar de Rimbaud sin reconocer que cada cual a su modo, desde Breton a Patti Smith, pasando por Camus, Claudel, Henry Miller o Ginsberg entre otros, lo tuvieron por el iniciador de la modernidad, el padre de la ruptura, el rebelde radical, el místico en estado salvaje, vagabundo visionario y aún iniciador de la liberación de la mujer? Al mismo tiempo que avisa de ello -que puede matizarse sin negarse, casi todo cabe en Rimbaud- Graham Robb avisa también del tono reverencial que tras su muerte quisieron imponer otros sobre el díscolo, empezando por su hermana Isabelle (la que le cuidó en su enfermedad final en Marsella) y que dictó a su marido Paterne Berrichon una Vida de Arthur Rimbaud (1897) a la que ella pretendió titular La encantadora vida de Arthur Rimbaud. Según Robb el intento de limpiar a Rimbaud, "continúa ejerciendo una influencia sorprendente".

Creo que en su documentadísimo y ameno texto, tampoco Robb se complace -como Breton o Miller, en libros de otro signo, no biográfico- en echar más azufre al fuego. Sencillamente, porque no hace falta. Arthur Rimbaud (1854-1891), mito del adolescente rebelde, del joven poe-ta genial, del anticonvencional puro, del trasterrado en busca de un Dorado interior o simplemente huyendo del desengaño -algo se le podría equiparar con Gauguin- fue todas esas cosas en lo que tienen de excepcional y a menudo (se nos deja ver) de insoportable. Un ejemplo simbólico: cuando el muchachito Rimbaud, ya amante del casado Verlaine (veamos la célebre fotografía de Carjat) se hospeda unas semanas en una buhardilla que le presta Banville -amigo de Verlaine, y el primer poeta a quien se dirigió el adolescente literario- este salvaje (palabra que se otorga a menudo al jovencito Rimbaud) rompió o ensució cuanto encontró en el cuartucho, se acostó con las sucias botas puestas y hasta le dejó a Banville un zurullo sobre la almohada... Genialoide y genial "la señorita Rimbaud", como escribió Lepelletier en una crónica, el muchacho del cuadro de Fantin-Latour que según otro pintor, Forain, "apestaba a genio", rompió moldes y corrió con el gran Verlaine disparatada y queridamente hacia el abismo. Su historia no sólo tuvo sexo, sino que lo excedió. Y Rimbaud le clavó a su amante un cuchillo en la mano, una noche, en un café de Pigalle. Exceso. Ruptura: esos fueron los términos.

Aquí está todo Rimbaud probado: poeta y hombre. Sin pelos en la lengua ni tampoco literaturizaciones innecesarias. Aquí vemos al muchachito terrible retratado por Carjat y al comerciante en Harar (marfil, armas, camellos) que aparece -en fotos borrosas, bien lejos del adolescente- en 1883. "Un comerciante extraordinario. Tenía un gran futuro ante sí", dijo Maurice Riès, socio de uno de sus colegas allá lejos. Pues la claridad no quita en Rimbaud ni la turbiedad ni la plural lejanía. Su luz otra. Su extrañeza.

La vida de Rimbaud en áfrica y Abisinia ha sido uno de los capítulos más enigmáticos de otro Rimbaud. Al ya clásico libro de Alain Borer, Rimbaud en Abisinia (FCE, 1984), se unió en 1997 Rimbaud en áfrica, del británico Charles Nicoll, que Anagrama acaba de traducir al español. De ellos dice Robb: "Las mejores [biografías de Rimbaud en áfrica], como las meditaciones negrománticas de Alain Borer o Arthur Rimbaud en áfrica, el descarnado y lírico homenaje de Charles Nicoll, son además obras literarias".