Ensayo

Comentarios sobre la sociedad del espectáculo

Guy Debord

21 marzo, 1999 01:00

Traducción de Luis Bredlow. Anagrama, Barcelona, 1999. 135 páginas, 1.600 pesetas

0Para Guy Debord el mundo se divide entre una minoría perversa que domina el mundo a través de la desinformación y los ingenuos que la aceptan: "La desinformación es el mal uso de la verdad. Quien la difunde es culpable, y quien la cree imbécil" afirma en la página 57

H e cavilado mucho acerca de cómo abordar esta reseña -si con acritud, ironía o rigor academicista- y finalmente he optado por espigar numerosas citas de estos Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, para que el pez muera por su propia boca. Advierto: no estamos ante un libro de ensayo sino ante un ensayo de libro. Un panfleto que ni siquiera tiene las mejores propiedades laxantes del género.
¿Qué es la sociedad del espectáculo? "El dominio autocrático de la economía mercantil que había alcanzado un status de soberanía irresponsable y el conjunto de las nuevas técnicas de gobierno que acompañan ese dominio" (pág. 14). ¿Cuáles son esas técnicas?: convertir en mundo la falsificación y hacer la falsificación del mundo (pág. 21); "hacer desaparecer el conocimiento histórico en general" (pág. 25); haber "eliminado los últimos vestigios de la autonomía científica" (pág. 51) y conseguido que "el secreto domine este mundo, y ante todo como secreto de ladominación" (pág. 72).
Para Guy Debord el mundo se divide entre una minoría perversa que domina el mundo a través de la desinformación y los ingenuos que la aceptan: "La desinformación es el mal uso de la verdad. Quien la difunde es culpable, y quien la cree imbécil" (pág. 57).
Debord propone una suerte de conjuración universal donde dos o tres individuos (¿Reagan?, ¿Thatcher? ¿Juan Pablo II?) controlan todos los resortes de la sociedad espectacular para mantener la supremacía de la economía mercantil. Así, los mejores criados del poder omnímodo son los periodistas: "Todos los expertos pertenecen a los media y al Estado: por eso se les reconoce como expertos... El experto que mejor sirve es, desde luego, el experto que miente" (págs. 28-29).
Ni siquiera los médicos se salvan de ser cómplices del dominio espectacular: "La medicina no tiene ya, desde luego, derecho alguno a defender la salud de la población contra un entorno patógeno, pues eso significaría oponerse al Estado o, cuando menos, a la industria farmacéutica"(pág. 52).
En medio de esta paranoia no se salva ni el inocente hombre del tiempo de los telediarios: "el experto en meteorología televisiva que anuncia las temperaturas o las lluvias previstas para las siguientes cuarenta y ocho horas debe hablar con mucha cautela, debido a la obligación de mantener los equilibrios económicos, turísticos y regionales" (pág. 29).
Guy Debord concluye que "Jamás hubo censura más perfecta. Jamás la opinión de aquellos a quienes en algunos países se les hace creer todavía que siguen siendo ciudadanos libres ha estado menos autorizada a darse a conocer" (pág. 34). ¿Y qué ejemplo propone para corroborar esta afirmación? "La protección de la dominación procede a menudo mediante ataques fingidos, cuyo tratamiento por los media consigue que se pierda de vista la operación verdadera: así el grotesco golpe de fuerza de Tejero y sus guardias civiles en las Cortes de 1981, cuyo fracaso debía encubrir otro pronunciamiento más moderno; es decir, disimulado, y que triunfó" (pág. 68).
Sin embargo, lo más escandaloso de Comentarios sobre la sociedad del espectáculo es su condescendencia hacia el terrorismo: "Esta democracia tan perfecta fabrica ella misma su inconcebible enemigo, el terrorismo. En efecto, prefiere que se la juzgue por sus enemigos más que por sus resultados" (pág. 36). Para Debord las democracias espectaculares quieren manipular a sus ciudadanos porque "en comparación con ese terrorismo, todo lo demás les habrá de parecer más bien aceptable o, en todo caso, más racional y más democrático" (pág. 36). A Debord no le tiembla el pulso al afirmar que "la estación de Bolonia saltó por los aires para que Italia siguiera bien gobernada" (pág. 67) y concluye compungido: "Todos los enemigos de la democracia espectacular son iguales, como iguales son todas las democracias espectaculares. Así no puede haber ya derecho de asilo para los terroristas"(pág. 38).
Debord, además, parece soberbio, deshonesto y víctima de todo cuanto denigra. Es soberbio cuando dice que "no hay nadie en el mundo que sea capaz de interesarse por mi libro,salvo aquellos que son enemigos del orden existente" (pág. 109) y acto seguido se despacha contra "las pocas alusiones y críticas indigentes que ha suscitado entre quienes ostentan -o se están esforzando por adquirir- la autoridad de hablar en público dentro del espectáculo" (pág. 109).
Es deshonesto porque reprocha a los comentaristas de la sociedad del espectáculo que "jamás citaban nada ni a nadie, para darse el aire de haber descubierto algo ellos mismos" (pág. 61), y resulta que la primera advertencia del traductor consiste en declarar "En los escritos de Debord, como es sabido, abundan las citas no señaladas" (pág. 129).
Y, finalmente, es víctima de sus propias teorías porque veo que su incendiario e iconoclasta panfleto ha sido publicado en Gallimard, Vallecchi y Anagrama, acaso las más prestigiosas editoriales de la sociedad espectacular que tanto repeluz le produce.
Me ha llamado la atención su elogio al traductor Paolo Salvadori, quien le ajustó las cuentas a los autores de la tercera edición italiana de La sociedad del espectáculo: "Paolo Salvadori fue a ver en sus despachos a los responsables de aquel desafuero, los golpeo y les escupió literalmente a la cara: pues tal es, naturalmente, la manera de actuar de los buenos traductores cuando encuentran a los malos" (págs. 105-106). Fiel al espíritu del 68, Guy Debord sigue arrojando adoquines.