Anne Carson

Anne Carson E.C.

Letras

Ocho poemas para sumergirse en Anne Carson, Premio Nobel de Literatura

Una selección de los poemas más interesantes de la autora canadiense, según el escritor Jordi Doce, traductor de su obra al español.

Más información: La poeta canadiense Anne Carson gana el Premio Nobel de Literatura 2026

Anne Carson
Publicada

Ciertas tardes ella no atiende al teléfono

Febrero. Hielo por todas partes. Pueden sentirse distintas densidades del hielo.
Sus tonos -azul blanco marrón a gris-pardo plateado- varían.
Parte del hielo tiene grava en el centro o sombras en su interior.
Otra parte es lisa como una ladera, no podría sostenerte.
De pie sentirías que el viento se atenúa, se deshila.
Todo cuanto hemos deseado, se deshila.
Los pequeños no pueden sostenerse sobre el hielo.
Ni una carta ni un esbozo de letra pueden sostenerse.
Cegadoramente, lo que allí hay de mundo, quema.
Febrero. Hielo por todas partes. Pueden sentirse distintas densidades del hielo.

Del libro Decreación (serie "Paradas")

(Traducción de Jeannette L. Clariond)

Líneas

Mientras hablo con mamá ordeno cosas. Lomos de libros junto al teléfono.
Clips
en un cuenco de porcelana. Residuos de goma manchan la mesa. Ella habla
con anhelo
de la muerte. Empiezo a girar los clips en la dirección contraria.
Fuera
de la ventana la nieve cae en líneas rectas. A mi madre,
amor
de mi vida, le cuento lo que almorcé. Las líneas caen ahora
más
deprisa. El destino añade peso en los extremos (para apresurarnos)
quisiera
decirle: es señal de la misericordia de Dios. Ella no me retendrá
dice, ella
no me pasará factura. Los milagros se escurren sin darnos cuenta. Los
clips
están eternamente alineados. ¡La misericordia de Dios! Cuánto tiempo
la sentiré
arder, dijo la niña intentando ser
amable.

Del libro Decreación (serie "Paradas")

(Traducción de Jeannette L. Clariond)

Domingo

Mis trapos tendidos ventean contra el gris severo del atardecer.
Es hora de cenar, el aire se hace más frío.
Se apilan las hojas en pequeños montones.
Luz en las ventanas de la cocina.
Húmedos misterios de la noche asoman apenas entreabiertos.
Es hora de llamar a mamá.
Deja que timbre.
Seis.
Siete.
Ocho..., ella
levanta el auricular, espera.
En las huecas distancias acaso los ratoncillos corretean irónicos.

Del libro Decreación (serie "Paradas")

(Traducción de Jeannette L. Clariond)

Justicia

Gerión aprendió justicia de su hermano desde muy pronto.
Solían ir juntos al colegio. El hermano de Gerión era mayor y más corpulento,
iba delante
a veces rompía a correr o se agachaba sobre una rodilla para recoger una piedra.
Las piedras hacen feliz a mi hermano,
pensaba Gerión y estudiaba las piedras mientras trotaba detrás de él.
Tantas clases diferentes de piedras,
las sobrias y las misteriosas, yaciendo unas con otras en la tierra roja.
¡Detenerse e imaginar la vida de cada una!
Ahora salían de un brazo humano feliz para volar por el aire,
qué destino. Gerión se dio prisa.
Llegó al patio del colegio. Trataba de concentrarse en sus pies y sus pasos.
Los niños se movían en tropel a su alrededor
y el intolerable asalto rojo de la hierba y el olor de la hierba por todas partes
lo empujaba hacia ahí
como un mar enérgico. Podía sentir los ojos saliéndole del cráneo
sobre sus pequeños conectores.
Debía llegar a la puerta. No debía perder a su hermano de vista.
Esas dos cosas.
El colegio era un largo edificio de ladrillo que iba de norte a sur. Sur: Puerta principal
por la que deben entrar todos los niños y niñas.
Norte: Guardería, sus grandes ventanas circulares abiertas a los descampados
y rodeadas por un alto seto de arándanos.
Entre la Puerta Principal y la Guardería corría un pasillo. Para Gerión
eran cien mil millas
de túneles resonantes y un cielo interior de neón que los gigantes abrían de un portazo.
El primer día de colegio
Gerión cruzó este territorio extranjero de la mano de su madre. Luego su hermano
cumplió aquella tarea día tras día.
Pero septiembre avanzaba hacia octubre y un malestar crecía en el hermano de Gerión.
Gerión siempre había sido estúpido
pero ahora su forma de mirar hacía que uno se sintiera incómodo.
Llévame de nuevo esta vez lo haré bien,
decía Gerión. Sus ojos agujeros atroces. Estúpido, dijo el hermano de Gerión
y lo dejó tirado.
Gerión no tenía dudas de que estúpido era correcto. Pero cuando la justicia se cumple
el mundo se desvanece.
De pie en su pequeña sombra roja, pensó qué hacer después.
La Puerta Principal se alzaba frente a él. Quizá…
Entornando los ojos Gerión se abrió camino entre los fuegos de su mente hasta donde
debía de estar el mapa.
En vez de un mapa del pasillo del colegio había un blanco profundo y brillante.
La ira de Gerión fue absoluta.
El blanco prendió fuego y ardió hasta la línea de base. Gerión echó a correr.
Después de aquello Gerión fue al colegio solo.
No se acercaba en absoluto a la Puerta Principal. La justicia es pura. Hacía el camino
rodeando el extenso muro lateral de ladrillo,
dejando atrás los ventanales de séptimo, cuarto, segundo y el baño de chicos
hasta llegar al extremo norte del colegio
y situarse delante de la guardería, junto a los arbustos. Allí se quedaba
inmóvil
hasta que alguno de los que estaban dentro se daba cuenta y salía a mostrarle el camino.
Gerión no gesticulaba.
No llamaba a los cristales. Esperaba. Pequeño, rojo y erguido, esperaba,
agarrando con fuerza su nueva mochila
en una mano y palpando una moneda de la suerte en el bolsillo del abrigo con la otra,
mientras las primeras nieves del invierno
caían flotando sobre sus pestañas y cubrían las ramas a su alrededor y acallaban
todo vestigio del mundo.

Del libro Autobiografía de rojo, 1998

(Traducción de Jeannette L. Clariond)

Martes

(de Conferencia sobre la historia de la escritura aérea)

El martes me convertí en nubes. Quizás una medida defensiva – a todo el mundo le gustan las nubes, elevan el corazón, elevan la vista. En realidad, elevan el corazón porque elevan la vista. Los científicos cognitivos dicen que la gente coloca a los dioses en el cielo azul porque mirar hacia arriba provoca un subidón de dopamina en el cerebro. Pero las nubes no sólo suben tu mirada hacia el cielo, también inventan tu imaginación.

Esto sucede a pequeña escala, cuando uno se tumba de espaldas en una colina un día de verano, mira hacia arriba y dice: ¡Oh, mira, ése es un camello!, ¡ahí está Werner Herzog!, ¡un abrelatas!, ¡el Taj Mahal! – la interpretación y reinterpretación de las formas cambiantes de las nubes es uno de los ejercicios más básicos de imaginación libre que conocéis los habitantes de la Tierra; también es útil para recordaros que la mayoría de las ideas que concebís sobre el mundo son fragmentarias, fugitivas, autodestructivas y pronto olvidadas. Sin embargo, cuando yo hablo, en el marco de mi autobiografía como escritor, de inventar la imaginación, me refiero a otra cosa.

Durante un tiempo, en la llamada época de la Ilustración, cuando los seres humanos en general, especialmente los europeos intelectuales de clase media, estaban tan fascinados por el racionalismo y tan obsesionados con las nociones de control intelectual que asistían cientos de personas a las conferencias de ciencias naturales que se ofrecían sobre temas que iban desde la hidráulica, el magnetismo y las matemáticas hasta los volcanes y las cirugías del corazón humano, durante esa época (como yo digo) de mente tierna, me puse a disposición del análisis. Les hice creer que yo, las nubes, podía reducirme a una tipología.

Fue un trabajo arduo. Tuve que sustituir el capricho informe de mis atmósferas por 4 tipos básicos de nubes. Tuve que editar la filigrana indescifrablemente fluida de mi lenguaje en un árido sistema clasificatorio repleto de terminología latina. Y, además, tuve que ser coqueto. Si acercas un concepto o una categoría lo suficiente a la mente humana como para que resulte muy muy atractivo y luego lo alejas para que quede fuera de alcance, se convierte en algo erótico. Coquetear no está en mi naturaleza, pero ¿quién se molestaría en hacer ciencia si no fuera erótica?

Los 4 tipos básicos de nubes, definidos por el meteorólogo aficionado Luke Howard en una conferencia ofrecida en Plough Court (Londres) el 10 de diciembre de 1802, son: cirro, cúmulo, estrato y nimbo. Cirro, del latín "mechón de pelo", significa zarcillo o forma fibrosa; cúmulo, del latín "montón" o "pila", significa montón o pila; estrato, del latín "capa", significa banda horizontal; y nimbo, del latín "nube", es una combinación lluviosa de los 3 tipos anteriores. Fue, permitidme que lo repita, un trabajo arduo recorre el universo personificando estas 4 formaciones nubosas, por no hablar de las incesantes transiciones entre ellas con sus seductores intervalos de encaje, y continuar haciéndolo día y noche durante años hasta que el Sr. Luke Howard reunió suficientes datos para su taxonomía. Fue una época atlética para mí, tuve que practicar mucho y lo complicado de practicar si eres el cielo es que no hay ningún sitio al que ir para estar solo; ya estás en todas partes. No os voy a agobiar con la solución que encontré para esto, implica la teoría de cuerdas y todavía no hemos llegado a ese día de la semana.

La taxonomía de las nubes del Sr. Luke Howard no fue sino un pequeño componente del cientifismo de todas las cosas que inició con Descartes y ha dado forma al embrollo en que se encuentra el mundo actual; aun así, me siento perversamente orgulloso de haber formado parte de ella, en la medida en que mi contribución fue una obra de ficción y debería haber subvertido todo el proceso taxonómico. Reconozco que me sorprendió que se impusiera la Razón. Y aprendí gracias a ello a no sorprenderme nunca cuando la Razón se impone, sobre todo si sus datos son imaginarios. Al mismo tiempo, la experiencia refrescó y reorientó mi propio proceso creativo. Permitidme citar aquí a John Cage: "Hay que hacer algo para liberarnos de nuestros recuerdos y elecciones".

Del libro Norma enrevesada (2025)

(Traducción de Jeannette L. Clariond)

Feliz Navidad de parte de Hegel

Fue el año que murió mi hermano. Yo vivía en el norte y tenía pocos amigos o todos se habían ido. El día de Navidad estaba sentada en mi sofá, leyendo algo sobre Hegel. Les ruego me disculpen si saben mucho de Hegel o comprenden sus ideas, yo no y por eso voy a parafrasearlo torpemente, pero me pareció entender que decía que estaba harto de las críticas populares a su horrible prosa, a lo que añadía que la gramática convencional, con su burda dicotomía de sujeto y verbo, estaba en conflicto con lo que él llamaba «especulación». Siendo la especulación el asunto propio de la filosofía. Siendo la especulación el esfuerzo por apresar la realidad en su totalidad interactiva. La función de una frase como «la razón es el espíritu» no era afirmar un hecho (decía), sino poner a la razón junto al espíritu y permitir que sus significados se mezclaran tiernamente en la especulación. Esta noción de un espacio filosófico donde las palabras van a la deriva en una suave y mutua redefinición de sí mismas me produjo una gran alegría, pero también me sentía sola y desdichada porque toda mi familia había muerto y encima era el día de Navidad, así que me calcé mis grandes botas, me puse el abrigo y salí a visitar la nieve.

¡No lo había hecho desde la infancia! Había olvidado lo asombroso que es. Me interné en un bosque. Abetos, los maestros de todo esto, alrededor. Veinte grados bajo cero con viento, pero entre los árboles no hay viento. El mundo se sustrae a sí mismo por capas. Los ruidos externos como el tráfico y el roce de las palas se desvanecen. Los ruidos internos se vuelven audibles, chasquidos, suspiros, caricias, ramitas, el aliento de los pájaros, las uñas de las ardillas. Los abetos se mueven con enormidad. El blanco está perfectamente curvo, pasmado de sí mismo. Soplos de bruma helada y algunos chismes dorados flotan hacia arriba. Las sombras rastrillan su inmovilidad a través de la nieve con una vibración de otras sombras que se cruzan con ellas, sombra sobre sombra, a velocidades precisas. Hace mucho frío, luego también eso comienza a sustraerse a sí mismo, el cuerpo se enfría en la superficie, pero el núcleo está caliente y es posible desconectar la superficie, retirarse al núcleo, donde fluye una paz deslumbrante, tan deslumbrante que no me avergüenza usar la palabra deslumbrante, y no es la paz de la separación de los sentidos, sino la paz limpiadora del mirar, escuchar, sentir en el núcleo mismo de la nieve, en el núcleo mismo del cuidado de la nieve. No tiene nada que ver con Hegel, y él no admiraría las frases burdamente convencionales con las que he intentado contarlo, pero sospecho que si ese día de Navidad no hubiera decidido probar el estado de ánimo de la particular indignación gramatical de Hegel, nunca habría salido a visitar la nieve, o me habría quedado a especular con ella, o habría tenido la paciencia de sentarme y hacer un registro especulativo para mí como si fuera una forma valiosa de pasar la tarde, una forma plausible de transformar el horror helado de la jornada festiva en una especie de regreso al hogar. Feliz Navidad de parte de Hegel.

Del libro Flota, 2020

(Traducción de Jordi Doce)

El viejo cárdigan azul de mi padre

Ahora cuelga del respaldo de la silla de cocina
donde siempre me siento, como estuvo colgado
del respaldo de la silla de cocina donde él se sentaba.

Me lo pongo siempre que entro en casa,
como él hacía, pateando el suelo
para quitarme la nieve de las botas.

Me lo pongo y me siento en la penumbra.
Él no habría hecho esto.
El frío baja desmochando desde el hueso de luna del cielo.

Sus normas eran un secreto.
Sin embargo, recuerdo el momento en que supo
que estaba enloqueciendo dentro de sus normas.

Un día me lo encontré en la rampa del garaje.
Llevaba puesto el cárdigan azul con los botones abrochados hasta el cuello.
No era sólo que fuera una tarde calurosa de julio

sino la expresión de su rostro...
igual que un niño al que una vieja tía ha vestido de buena mañana
para un largo viaje

en vagones helados y andenes borrascosos
se sienta muy derecho al borde de su asiento
mientras las sombras como largos dedos

sobre las balas de heno que pasan ante sus ojos
no dejan de sobresaltarle
porque avanza hacia atrás.

Del libro Hombres en sus horas libres, 2007

(Traducción de Jordi Doce)

Hombres de TV: Tucídides conversa con Virginia Woolf en el plató de La Guerra del Peloponeso

T: El sonido del timbre se extingue en siete segundos, luego se enciende una luz y te vemos andando.

VW: Puedes explicarme otra vez ese andar.

T: Comienzas con el pie derecho, luego el izquierdo, das nueve pasos así y luego vuelta a empezar en la dirección contraria.

VW: Esto es algo que hace todos los días.

T: Sí, es una rutina.

VW: Sin sentir.

T: Rutina.

VW: Y cuándo empieza a hablar.

T: Con el cuarto paso. La primera frase termina justo antes de darte la vuelta.

VW [caminando]: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos.

T: Camina encogida al principio. Cuando empieces a hablar yérguete ligeramente.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos. Los costes directos comprenden todos los gastos realizados por los bandos beligerantes durante las hostilidades.

T: Demasiado color. No muevas la cabeza. Se monótona, muy distante.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos. Los costes directos comprenden todos los gastos realizados por los bandos beligerantes durante las hostilidades. Los costes indirectos...

T: Es una improvisación, no un relato. Estás buscando las palabras, corrigiéndote todo el tiempo. Voz de epílogo.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos. Los costes directos comprenden todos los gastos realizados por los bandos beligerantes durante las hostilidades. Los gastos indirectos incluyen las pérdidas económicas provocadas por la muerte...

T: Demasiado sonsonete. El tono tiene que ser más frío. Pero tenso.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e...

T: Tal vez deberíamos calcular el movimiento de los labios.

VW: Los costes de la guerra son de dos tipos directos e indirectos. Los costes... No.

T: Estás buscando el tono, no puede ser. Piensa en visionario. Prueba de nuevo a partir de «muerte».

VW: ... la muerte de efectivos, los daños a la propiedad, problemas de producción y abastecimiento, ayuda humanitaria y demás. Por ejemplo, los costes directos de la Primera Guerra Mundial se estiman en $186.333.637.097 y los costes indirectos en...

T: Mantén la tensión.

VW [alzando la voz]: $151.646.942.560 lo que eleva la factura de la guerra a un total de $337.980.579.657 (calculado en dólares americanos) para todos los participantes.

T: No del todo. Recuerda que sientes frío todo el tiempo. También tu cuerpo. Hay viento norte y sur.

VW: Qué me dices de un cigarrillo.

T: Y no suenes triste, en ninguna circunstancia debe sonar trágico. Tal vez deba dejarte sola un rato.

VW [caminando y murmurando]: A pesar de estas cifras, la Primera Guerra Mundial se sostuvo básicamente gracias al crédito bancario.

T: El movimiento de los labios debería tener más o menos la misma duración. De hecho, uno dura 22 segundos, el otro 24.

VW: De ahí la Segunda Guerra Mundial.

T: ¿Podemos jugar con esa banda de luz?

Del libro Hombres en sus horas libres, 2007

(Traducción de Jordi Doce)