Margaret Atwood con su padre en los bosques de Canadá, 1942.

Margaret Atwood con su padre en los bosques de Canadá, 1942. Archivo.

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Margaret Atwood 'Fogg': de los viajes de pequeña con su padre a dar la vuelta al mundo

Nómada desde la infancia, la autora de 'El cuento de la criada' realizó su primer viaje con apenas seis meses.

Sus travesías por Europa, Irán, Australia e India se convirtieron en una inagotable fuente de inspiración para sus novelas.

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Perspicaz y valiente, Margaret Atwood (Ottawa, 1939) es de esas autoras asombrosas capaces de definir con sus novelas y cuentos los peligros y contradicciones de su tiempo, y de anticipar horrores futuros.

Como proclamó el jurado del premio Príncipe de Asturias en 2008, “su espléndida obra literaria, que ha explorado diferentes géneros con agudeza e ironía […] asume inteligentemente la tradición clásica, defiende la dignidad de las mujeres y denuncia situaciones de injusticia social”.

Tampoco le son ajenas la lucha contra la violencia de género, el cambio climático y la injusticia social. Su obra es en sí misma un viaje a lo más oscuro e inquietante del ser humano y a lo peor de una época, la nuestra, a menudo intolerante y violenta.

En realidad, lo de viajar (interior, literaria o físicamente) le viene de lejos. Su padre, el zoólogo Carl Edmund Atwood, acostumbraba a recorrer durante meses con su familia los bosques canadienses buscando los tres insectos que causaban las grandes plagas ambientales, así que cuando la bebé Margaret solo tenía seis meses, abandonaron la tranquilidad de la capital canadiense para instalarse en lo más profundo de un bosque, tras recorrer en coche la carretera que discurre junto al ancho y caudaloso río Ottawa.

No fue la única vez. “Recorrimos este trayecto cada primavera hasta que cumplí los cuatro años y medio. La ruta partía de Ottawa y atravesaba antiguos municipios de la época dorada de la explotación forestal”, recuerda la escritora en sus memorias, Libro de mis vidas (Salamandra).

A menudo los caminos resultaban inhóspitos y los pinchazos, muy frecuentes, tanto que Atwood confiesa que una de sus primeras imágenes de su padre que conserva es ver la mitad inferior de su cuerpo sobresaliendo por debajo de un coche levantado con un gato.

Su destino era un gran lago “raspado y recortado por los glaciares a lo largo de miles de años”. En aquel primer viaje, su padre cargó con la bebé en una mochila por un sendero entre los bosques nevados.

“En años posteriores, a veces nos arrastraban en trineo sobre el hielo, a no ser que estuviera demasiado deshecho. Durante los seis meses siguientes vivimos en la cabañita”, comenta la escritora.

Allí, mientras el padre realizaba solo, sin compañía alguna, sus expediciones en busca de insectos, la madre se quedaba sola durante meses, con su hijo de tres años y la bebé de seis meses.

Atwood en 1941, en los bosques.

Atwood en 1941, en los bosques. Archivo.

Lo mejor es que cuando familiares y amigos preguntaban a la madre de Margaret si no tenía miedo de pasar tanto tiempo sola en medio de la nada, respondía que prefería el bosque “porque había menos tareas domésticas. Bastaba con barrer la tierra de la puerta, y nadie se esperaba que los muebles relucieran. Ni los sombreros, ni los guantes”.

Con esos inicios, una juventud de constantes traslados y vida en la naturaleza, lejos de convencionalismos y ataduras, no es de extrañar que haya que bucear en sus memorias para encontrar unas vacaciones de turisteo dignas de ese nombre, sobre todo teniendo en cuenta que durante siete años estuvo viviendo en una granja cerca de Alliston, Ontario, junto a Graeme Gibbon, dedicados a criar animales y a llevar una vida alejada de la ciudad.

Mientras su pareja se afanaba en explotar la granja sin estar especialmente bien dotado para la vida rural, Atwood plantaba hortalizas, cuidaba los animales… y escribía incansablemente poemas, novelas y relatos con creciente éxito internacional.

Así consiguieron el viaje de sus vidas. A comienzos de febrero de 1978, y obedeciendo a la consejera sentimental de la pareja, que atravesaba una pequeña crisis porque Gibbon no quería casarse, dieron la vuelta al mundo.

Portada de 'Libro de mis vidas'.

Portada de 'Libro de mis vidas'. Salamandra

Todo empezó con una invitación del Festival de Adelaida, en Australia. Aunque Atwood había viajado con su hija Jess desde su nacimiento, “llevándola conmigo a diversos eventos literarios en Canadá y Estados Unidos, ir a Australia eran palabras mayores”.

Una vez decididos a lanzarse a la aventura, descubrieron que podían conseguir billetes para dar la vuelta al mundo por un módico precio, deteniéndonos a lo largo del trayecto. “El viaje empezaría en París, y de allí iríamos a Venecia, Teherán, Kabul, Nueva Delhi y Agra, Singapur, Perth, Adelaida, y luego de vuelta vía Fiyi y Hawái. Pensamos que las escalas ayudarían a nuestra hija, que ahora tenía veinte meses, a adaptarse a los cambios de horario. Debíamos de estar locos”, bromea Atwood al recordarlo.

Al parecer, Graeme tomó notas durante todo el viaje, y luego las usó para escribir un artículo que se publicó en una revista femenina y que se centraba en las alegrías y fatigas de un padre que viajaba con una niña pequeña mientras la madre (Atwood) se dedicaba a promocionar un libro (Resurgir).

En un Irán crispado, con la rebelión de Jomeini a punto de estallar, una Margaret algo inconsciente disfrutaba comprando en los mercados un chador que le resultó agobiante y nada práctico porque apenas podía ver, mientras Graeme —“siempre más perceptivo que yo”— sufría terribles pesadillas con la policía secreta del sha.

De ahí pasaron a Afganistán, donde un chófer los llevó por caminos de polvo y arena a velocidad de Fórmula 1, mientras los bordes de la carretera estaban plagados de coches que había ardido tras despeñarse.

De Kabul volaron a Nueva Delhi en un avión de la Unión Soviética: “Asientos incómodos, y airadas y voluminosas azafatas embutidas en uniformes con minifalda diseñados en los años sesenta. Cuando nos ordenaron que comprásemos una matrioshka de madera —‘¡Tú compra!’—, nos apresuramos a obedecer por temor a que nos tiraran por la ventanilla”, explicó tiempo después la escritora.

Cuando al fin llegaron a la verdadera razón del viaje, Australia, donde la canadiense iba a ser la estrella de un festival literario, Graeme se vio, en palabras de Atwood, “rodeado de una compasiva solidaridad por parte tanto de las mujeres como de los hombres porque le tocaba ‘cuidar de la cría’ mientras yo estaba en escena. ¡Qué degradante tener una esposa que interviene en actos públicos!”.

Regresaron a Canadá cruzando el Pacífico, sin adivinar lo que les esperaba. Cuando volvieron a la granja, descubrieron que el granjero a quien le habían encargado cuidar las tres vacas que les quedaban, se las había comido.

Según Margaret, su vecino “también había partido hacia destinos ignotos, ya que su mujer se había fugado con el profesor de música del instituto y su propio negocio agrícola se había ido a pique”.

Acabaron acudiendo a los tribunales, pero al juez del condado la situación le resultó demasiado cómica, “y apenas pudo mantener la compostura”. Y ganaron. Ganaron no solo el juicio, sino que algunas de las situaciones vividas durante el viaje (en Irán, la India, Afganistán) se convertirían en una fuente de inspiración para futuras novelas, como Oryx y Crake o El cuento de la criada.