Sylvia Plath, durante su luna de miel, en 1956 en Benidorm.

Sylvia Plath, durante su luna de miel, en 1956 en Benidorm. Archivo.

Letras El mejor verano de...

Verano del 56: Sylvia Plath y el amor en Benidorm

La poeta y novelista pasó las seis mejores semanas de su vida en el pequeño pueblo de pescadores junto a su marido, Ted Hughes.

En sus diarios recuerda esta pletórica luna de miel en el Mediterráneo.

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Poeta del desamor y el desengaño, de la fascinación por la muerte, la dificultad de ser mujer y creadora y la angustia de existir, Sylvia Plath (Boston, 1932 - Londres, 1963) suele asociarse con apesadumbrados poemas y con su trágico suicidio a los treinta años, desesperada por el abandono de su gran amor, el también poeta Ted Hughes.

Sí, es como si aún resonasen sus desesperadas frases, tan contundentes y desgarradas: “Las voces de la soledad, las voces de la tristeza golpean mi espalda inevitablemente”, “Le hablo a Dios, pero el cielo está vacío” o “El suelo parecía maravillosamente sólido. Era consolador saber que me había caído y que no podía caer más abajo”.

Y, sin embargo, hubo un tiempo que fue inmensamente feliz. El 25 de febrero de 1956 en una fiesta universitaria en Cambridge, la escritora conoció a Hughes, y su mutua fascinación fue intensa y apasionada. Tanto que se casaron en secreto el 16 de junio de 1956, solo cuatro meses después de conocerse, en la iglesia de St. George the Martyr de Queen Square, en Londres.

Su luna de miel los llevó a París, Madrid, Alicante y finalmente a Benidorm, entonces un pequeño pueblo de pescadores, ajeno a la metrópolis turística actual.

Su primera impresión, mientras se aproximaban en autobús, fue definitiva. Como la propia Sylvia explicó en una carta a su madre: “Tan pronto divisé aquel pueblecito y vi aquella mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles –como una pequeña y resplandeciente ciudad de ensueño– sentí instintivamente, al igual que Ted, que habíamos encontrado nuestro rincón. […] Nuestra vida aquí es increíblemente bella, por lo que nos quedaremos hasta el 29 de septiembre, cuando volvamos a Cambridge”.

Precisamente en el autobús, una mujer que chapurreaba francés les ofreció quedarse en su casa. Era una casa frente a la playa, al lado del paseo marítimo, que Plath describe así en su diario el 15 de julio del 56: “La casa de la viuda Mangada es clara, de un color melocotón pálido. Está en la costanera, frente a la playa de color azafrán y llena de cabañas pintadas, alegres […]. Las olas rompen continua, regularmente”.

Parecía el paraíso, pero tenía algunos problemillas. Carecía de agua caliente y de nevera, el baño era diminuto y sucio, y la alacena, “oscura y fresca, está llena de hormigas”. Tampoco había cubiertos en la casa, que la viuda acabó comprando a regañadientes; la habitación era diminuta y el agua del grifo tenía “un extraño sabor”.

Sylvia Plath en Benidorm.

Sylvia Plath en Benidorm. Cortesía de Lilly Library, Universidad de Indiana.

Lo peor, con todo, fue la costumbre de los lugareños de asomar la cabeza para cotillear lo que hacían esos ingleses tan raros que se levantaban muy tarde y estaban todo el día enredados intentando crear nuevos poemas.

De hecho, en el propio diario de Sylvia leemos: “Yo, a partir de las diez de la mañana, estaba más pendiente de las miradas que me lanzaban desde la avenida que de la máquina de escribir que tenía delante”.

Al final, el agobio fue tal que acabaron alquilando una casa en la calle Tomás Ortuño, donde pasaron el resto de su luna de miel, unas cinco semanas.

Según narra la propia poeta, su vida transcurrió allí con una deliciosa normalidad, sin sobresaltos ni penas: “Son las ocho y media pasadas de la mañana y ya nos estamos acostumbrando a nuestra rutina cada vez más estricta en la nueva casa. Ted y yo nos levantamos hacia las siete, matamos las moscas que nos asedian, escuchamos las campanillas de los carros tirados por burros y los gritos de la simpática panaderita con su cesto de bollos dulces. Entonces yo me levanto y caliento la leche, que hervimos la noche anterior” (22 de julio).

Su felicidad, sin duda alguna, era total: “Todo va de maravilla en este nuevo sitio. Tengo la sensación de que es la fuente de una vida y una escritura muy creativas, y de que lo será aún más en las próximas diez semanas […] Siento un nuevo impulso en mí”.

Está, se siente, radiante: “Nunca había disfrutado de condiciones tan propicias: un marido brillante e increíblemente guapo (por fin pasaron los días exasperantes de pobre satisfacción egocéntrica por conquistar a hombres insignificantes y cada vez más fáciles), una casa tranquila y amplia donde nada me perturba, ni el teléfono ni las visitas; el mar al cabo de la calle, las montañas a nuestro alrededor. Un pleno bienestar mental y físico. Cada día nos sentimos más fuertes y más vivos”.

De hecho, algunas de las entradas del diario de Plath de este periodo son bosquejos para relatos y artículos, como Sketchbook of a Spanish Summer [Cuaderno de notas de un verano en España].

Sí, durante esas semanas de amor, la inspiración parecía no tener fin, así que escribió poemas como “Las remendadoras de redes” (“Entre el pequeño puerto de los pesqueros de sardinas / y las arboledas donde las almendras, aún delgadas y amargas, engordan sus cáscaras picadas de verde, las tres rederas / vestidas de negro –pues aquí todo el mundo está de luto por alguien– / colocan sus robustas sillas y, de espaldas a la calle y de cara a los oscuros / dominios de sus umbrales, se sientan”), “Los melones de fiesta” (“En Benidorm hay melones, / Carros tirados por burros, cargados / De incontables melones, / Óvalos y pelotas / Verde brillante, arrojadizos, / Decorados con rayas / Color verde tortuga oscuro”) o “Los mendigos” (“Para las conciencias más delicadas. / El ocaso oscurece / El puro, exorbitante azul de la bahía, / La casa blanca y los almendros. Los mendigos/ Sobreviven a su maléfica estrella, / Con su sarcasmo y su pérfido brío desconciertan / A la oscuridad, a la mirada que los compadece”).

También se dedicó a dibujar. “Disfruté la última semana en Benidorm más que ninguna otra –escribió– como si estuviera despertándome en la ciudad. Paseé con Ted haciendo bocetos detallados con pluma y tinta, mientras él leía, escribía o meditaba sin más, sentado a mi lado”.

Pletórica y enamorada, cuando a finales de agosto regrese a su casa de Cambridge, la nostalgia por Benidorm será invencible: “Todos los paisajes en Benidorm eran de colores brillantes. Desde el pórtico de la entrada de nuestra casa, cubierto por un cenador de uvas rojas y hojas verdes, atisbábamos un pedacito de azul turquesa del Mediterráneo, brillante como las plumas de un pavo real. […] Ahora, de nuevo sumidos en la niebla y la humedad de un típico otoño inglés, en medio de la bruma grisácea y los vientos inhóspitos, el recuerdo del verano en España resurge en nuestra memoria con todo el resplandor del color y la luz, como un sol interior, para calentarnos durante el largo invierno”.

Por desgracia, la felicidad de 1956 en 1963 se había desvanecido por completo por culpa de las infidelidades y abandono de Ted Hughes. Al menos esas semanas en Benidorm vivieron un amor apasionado y total.