La escritora Ingeborg Bachmann y portadas de las últimas ediciones de sus obras en España.

La escritora Ingeborg Bachmann y portadas de las últimas ediciones de sus obras en España.

Letras

Ingeborg Bachmann, un clásico indiscutible del siglo XX: libertad formal y una ética radical

El centenario de la escritora alemana coincide con nuevas ediciones de sus libros y la aparición de su teatro radiofónico inédito.

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Un solo libro de poesía –veinticuatro poemas y un monólogo final– bastó para que Ingeborg Bachmann (Klagenfurt, 1926 - Roma, 1973) ingresara en el olimpo de la literatura alemana del siglo XX.

El fenómeno, ocurrido en 1953, es hoy difícil de imaginar: una autora de veintiséis años alcanzaba el estrellato con un poemario (El tiempo aplazado) de una exigencia intelectual y una altura lírica extraordinarias, sin apartarse por completo de las preocupaciones de la literatura de posguerra, pero con una voz nueva que marcaría el rumbo de la posterior poesía alemana.

Los temas no eran los habituales para una veinteañera sin obra conocida. Como a toda su generación, el auge del nazismo había ensombrecido su juventud, pero ella relacionaba la violencia y la barbarie que habían conducido al crimen político con estructuras de poder bien arraigadas en la sociedad y la familia.

A tal intuición la conducía el rastro del lenguaje (“el lenguaje de los hombres”). Sus poemas, de tono severo, impugnaban el silencio sobre la guerra, los crímenes nazis y la culpa colectiva; en “Mensaje”, Bachmann escribió: “Nuestra deidad / la Historia, nos ha preparado una tumba / de la que no habrá resurrección”.

Un segundo poemario, en 1956, el aún más oscuro Invocación a la Osa Mayor, lleno de alusiones a la noche y la niebla, la guerra y la caza, supuso su aparente abandono de la poesía. A partir de entonces, preguntarle por los motivos de esa retirada fue moneda corriente entre los periodistas que iban a entrevistarla.

Sus poemas, de tono severo, impugnaban el silencio sobre los crímenes nazis y la culpa colectiva

Ella daba razones confusas, aunque nunca reconsideró su decisión. Siguió escribiendo poemas en privado, pero de cara al público confiaba en que su prosa, compuesta por cuentos y novelas a menudo ajenos a la legalidad narrativa y que la crítica no siempre comprendió, sirviera mejor a los temas que quería desarrollar.

En referencia a la poesía llegó a decir que no tenía sentido seguir con algo que ya sabía hacer. Pero la razón era quizás que veía en la narrativa un instrumento más dúctil para sus propósitos.

En veinte años de trayectoria, Bachmann –que murió en Roma en 1973, tras el incendio al parecer accidental de su cuarto– escribió poemas, cuentos, novelas, ensayos, libretos de ópera y tres obras de teatro radiofónico.

Tres Molins, el pequeño sello de Cecilia Dreymüller, reunió hace unos años toda su poesía en un espléndido volumen; el mismo sello ha publicado su libro de cuentos A los treinta años, sin el expurgo al que lo sometió la censura franquista en su primera traducción de 1963. El libro incluye piezas tan conocidas como la seminal, dentro del feminismo contemporáneo, “Ondina se va”; “Un paso hacia Gomorra”, donde se reivindica la libertad sexual de las mujeres, o “Años de juventud en una ciudad austríaca”, donde la autora narra, con indisimulados elementos autobiográficos, una infancia lejanamente idílica marcada por una especie de podredumbre ambiental.

Sus tres obras de teatro radiofónico, recién publicadas también, muestran una faceta desconocida de la escritora, en un medio, la radio, esencial para la reeducación democrática de la Alemania de posguerra. Como explica Dreymüller en el prólogo, el hecho de que Hitler inundara Alemania de transistores facilitó que años después la libertad se colara con mayor facilidad en las casas; en un panorama de miseria generalizada, muchos escritores de la época, también Bachmann, se ganaban la vida escribiendo para la radio.

El trabajo de ella en la radio es importante por otro motivo: gracias a él recibió, en 1959, el Premio de Teatro Radiofónico de los Ciegos de Guerra, que le brindó la ocasión de pronunciar uno de sus discursos más citados. Frente a un auditorio repleto de invidentes la todavía joven poeta desgranó con una firmeza asombrosa su concepción ética de la literatura (“la verdad se le puede exigir al hombre”) tras la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.

Frente a los actuales éxitos de perfecta fabricación editorial, el atrevimiento formal de Bachmann, los riesgos que asumía en cada texto, renuevan en cada lectura su incuestionable valor. Aunque el peso de las ideas y el lirismo desdibuje a veces su inmediato encanto narrativo, muchas otras cualidades resultan luminosas: la alergia al tópico en forma y fondo, el tratamiento del amor sin sentimentalismo, la fuerza de las metáforas, las múltiples resonancias que conectan los movimientos, los deseos de sus personajes con los grandes temas que le interesaba resolver.

Bachmann evolucionó sutilmente en sus veinte años de trayectoria, pero en todos sus libros dejó preciosas intuiciones que nos sirven hoy. Basta pensar en sus clarividentes advertencias, señaladas por Dreymüller en el prólogo citado, sobre el conflicto entre control social y libertad del individuo en la moderna sociedad del bienestar.

La poderosa influencia de Bachmann se ve también en los escritores con quienes compartió su vida, como muestra su correspondencia con Paul Celan y Max Frisch.

Aunque no siempre fue capaz de hacerse cargo, en esas relaciones, de su lúcido diagnóstico acerca de la violencia, ya sea latente o manifiesta, que puede anidar en las relaciones amorosas entre un hombre y una mujer, rechazó casarse, pues le parecía incompatible con su desarrollo artístico.

Escribió que el matrimonio “no soporta innovaciones ni cambios, porque contraer matrimonio ya significa contraer su forma”. Es tentador relacionar su negativa a plegarse a las formas de esa institución con su rechazo a aceptar las formas prescritas para la literatura.