Yves Lacoste, en Vietnam, en 1972

Yves Lacoste, en Vietnam, en 1972

Letras

Muere Yves Lacoste, el renovador de la geopolítica

El intelectual francés, uno de los más prestigiosos del país, falleció el pasado sábado a los 97 años.

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Yves Lacoste (Fez, 1929 – Bourg-la-Reine, 2026) ha sido uno de los más prestigiosos intelectuales franceses de las últimas décadas. Hijo de una bibliotecaria y de un geólogo que realizaba prospecciones en el Sáhara, pasó la infancia en Marruecos.

Formado después en Francia, se comprometió con las luchas anticoloniales. Sin embargo, mantuvo siempre la vigilancia frente a las ortodoxias o maniobras sectarias. Cuando tenía veintisiete años, desengañado, abandonó su militancia en el Partido Comunista Francés.

Destacó como docente en un centro experimental creado tras las revueltas de Mayo del 68, la Universidad de Vincennes, donde propuso drásticas reformas pedagógicas junto a Gilles Deleuze, Michel Foucault, Hélène Cixous o Michel Serres. Clausurado el centro, el presidente Jacques Chirac dio la orden de demolerlo. A continuación, Yves Lacoste desarrollaría su carrera de catedrático en la Universidad de París 8.

A finales de los años setenta, Lacoste resucitó en Francia la palabra geopolítica para descifrar minuciosamente las rivalidades de poder sobre los territorios. No habían faltado, en los inicios del siglo XX, investigadores anglosajones que estudiasen la geografía política, después denominada geopolítica por analistas alemanes y el sueco Rudolf Kjellén. En 1922, antes de la llegada de los nazis al poder, el diplomático y militar Karl Haushofer creó el Instituto de Geopolítica de la Universidad de Múnich.

Por su lado, los franceses Albert Demangeon, Jacques Ancel y André Siegfried meditaron sobre las relaciones entre la geografía física y los fenómenos políticos. En dicho contexto, Yves Lacoste aportó la originalidad y el debate que anunciaba su libro La geografía sirve, en primer lugar, para hacer la guerra. De paso, liberó definitivamente a la palabra geopolítica de su ligazón con el nazismo.

Durante algunos años puso empeño en servir de guía a quienes lideraban países. Asesoró a dirigentes asiáticos e hispanoamericanos, pero su lucidez fue incompatible con las trampas del romanticismo. Hablaba sin adornos de sus trabajos en Vietnam y de su viaje a La Habana en los primeros tiempos de la revolución cubana. Un Fidel Castro anticomunista y sus ayudantes desconcertados, incapaces de gestionar razonablemente el poder, eran retratados con ironía fina por Yves Lacoste.

Apoyado por el editor François Maspero, en 1976 fundó la revista Hérodote, que cincuenta años más tarde continúa siendo un referente inevitable en los análisis geopolíticos y geográficos. Sin alardes externos, con mapas y largos artículos de rigor intelectual, Hérodote ha garantizado un contenido serio. El nombre de la revista no es casual. A menudo, el padre de la historiografía, Heródoto, fue evocado por Yves Lacoste como modelo de inteligencia innovadora.

También alentó, con Béatrice Giblin a los mandos, el nacimiento del Instituto Francés de Geopolítica (IFG), institución que ahora acoge a gran número de alumnos.

La claridad era su divisa. Instruyó a miles de estudiantes. Alertaba a los alumnos contra la oscuridad expresiva y sus fraudes hinchados. Así desconfió de no pocas celebridades filosóficas de la Francia contemporánea, a las que reprochaba el gusto por la jerga y las frases brumosas.

Su escritura diáfana ha orientado a un grupo nutrido de investigadores y catedráticos franceses: Béatrice Giblin (directora actual de Hérodote y compañera destacada de los proyectos intelectuales de Lacoste), Frédéric Encel, Barbara Loyer, Philippe Subra, Frédérick Douzet, Delphine Papin (responsable del equipo de cartógrafos del diario Le Monde), Jérémy Robine, Charlotte Recoquillon, Sonia Jedidi, entre otros. Son herederos de su voluntad de precisión.

La muerte de su esposa, la etnóloga Camille Lacoste-Dujardin, especialista en la cultura de Cabilia, dejó desnortado al geógrafo. Lacoste pasó siete décadas en compañía de una mujer que recopilaba literatura oral en lengua bereber. Desde 2016, el dolor íntimo por la ausencia de Camille lo mitigaba dialogando con profesores invitados a su casa.

Continuaba analizando la política internacional; deshacía con rapidez la inconsistencia de los tópicos; no disminuyó su memoria prodigiosa. Aunque había observado como pocos la distancia entre los discursos de la demagogia y la realidad de vuelo bajo, no cayó en el cinismo de los desencantados. Comunicaba con nitidez su preocupación por los recientes acontecimientos ocurridos en Francia y su apuesta persistente a favor de la democracia. Asumió un apagamiento elegante.