Maradona, a punto de marcar el mejor gol de la historia ante Inglaterra en el mundial de México 1986

Maradona, a punto de marcar el mejor gol de la historia ante Inglaterra en el mundial de México 1986

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El día que Argentina vengó a los pibes de Malvinas: todos los secretos del partido que canonizó a Maradona

Los cuartos de final del mundial de México 1986 pasaron a la historia por dos goles imperecederos: "la mano de Dios" y "la jugada de todos los tiempos".

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En menos de cuatro minutos, los que discurrieron entre el 51 y el 55 del partido de cuartos de final que enfrentó a Argentina e Inglaterra en el mundial de México 1986, se anotaron los dos goles más célebres de la historia del fútbol. De ambos es absoluto responsable el mismo sujeto, Diego Armando Maradona, canonizado tras aquel encuentro por su país, que lograría su segunda copa del mundo una semana más tarde ante Alemania Federal.

El encuentro ante los ingleses, disputado el 22 de junio, era mucho más que una eliminatoria. Aunque Bilardo, el seleccionador, trató de proteger a sus jugadores de la prensa, fue imposible abstraerse del sentimiento de revancha. No se trataba esta vez de devolver un resultado en contra, sino de vengar a cientos de jóvenes muertos en la guerra de las Malvinas cuatro años antes. Los contendientes habían sido ingleses y argentinos, y estos –así lo siguen recordando, con su retranca tan propia– salieron subcampeones.

Faltaban pocos minutos para las 12 de la mañana en el estadio Azteca de Ciudad de México (entonces el DF) y Maradona, un capitán con un cuchillo entre los dientes, se disponía a arengar al grupo. Para entonces, ninguno de los jugadores recordaba ya el escarpado camino de la selección hasta llegar al mundial: la clasificación agónica ante Perú con un tanto de Passarella y el enfrentamiento posterior entre este –capitán en aquel momento– y el seleccionador, que estuvo al borde de ser cesado por el gobierno de Alfonsín.

Tampoco importaba a nadie ya el quilombo –valga el término en este caso– con las camisetas que portaban en aquel partido: les tocó vestir la segunda equipación, la azul, que era pesadísima y apenas transpiraba en aquel infierno de más de 30 grados, de modo que tuvieron que buscar por la ciudad unas más ligeras para después serigrafiar en ellas unos números de fútbol americano a la espalda y coser en el pecho un escudo antiguo al que le faltaban los laureles.

Quién iba a estar pensando, a esas alturas, en la altura, la de Ciudad de México, que estaba siendo decisiva en el rendimiento físico de muchos equipos, o en el lamentable estado del césped. Ni siquiera el ruido ensordecedor de las hinchadas, enfrentamiento sin cuartel entre barras bravas y hooligans, pasaba de ser una melodía de fondo para los miembros de la albiceleste, que esa misma mañana escucharon a Maradona evocar una jugada en la que había conducido el esférico por la derecha y había driblado a unos pocos adversarios antes de definir al segundo palo.

Cubierta del libro 'El partido', de Andrés Burgo

Cubierta del libro 'El partido', de Andrés Burgo

"Tengo ganas de hacerle un gol de esos a los ingleses", habría dicho para redondear un relato que acompañó con el vaticinio de un resultado, 2 a 1 a su favor, según recoge el periodista Andrés Burgo en el libro El Partido (2016), editado por Leila Guerriero en la colección Mirada Crónica de Tusquets Argentina y germen de una película homónima recién estrenada en el Festival de Cannes.

Ya no era el momento de cábalas ni supersticiones, sino de sumergirse en la arenga del capitán, que les instaba a pasar por encima de "esos ingleses hijos de mil putas". "¡Mataron a nuestros pibes!", les recordaba. Según Jorge Valdano, el delantero centro que leía a Marguerite Yourcenar en la concentración, fue el peor partido que jugó la albiceleste en el mundial. Sin embargo, en los primeros minutos imprimieron una presión asfixiante.

Poco antes del descanso, un codazo de Fenwick a Maradona, que sorprendentemente jugó sin marca aquel día, pudo costarle la expulsión. Habría sido la jugada polémica del partido de no ser porque, cinco minutos después de la reanudación, Diego anotó el primer tanto tras disputar un balón dividido en el aire junto a Shilton, el portero británico, haciendo creer al árbitro que lo había ganado en el salto. Los ingleses protestaban mientras el goleador celebraba en la grada con su padre.

Tras el partido, aseguró a los medios que no utilizó su mano. "Habrá sido la mano de Dios", ironizó un periodista. "Habrá sido", respondió el capitán. Y desde entonces, el mito.

Pero faltaba por inmortalizar otro tanto. No habían transcurrido ni cuatro minutos desde la treta del pícaro del potrero cuando recibió el balón –de Enrique, por si a alguien le interesa– por detrás de la línea divisoria. La pisó y, con un movimiento de ilusionista –esta vez reglamentario–, se quitó de encima a dos rivales. Arrancó "por la derecha el genio del fútbol mundial" –cómo olvidar la narración de Víctor Hugo Morales– y el resto… El resto sería mejor que el lector fuera a verlo, si aún no lo ha hecho. Es imposible que un texto pueda describir con justicia semejante obra de arte.

Hay quien dice que una selección sudamericana no lo habría dejado llegar hasta el área; los ingleses se defienden: no hubieran alcanzado a darle una patada. "La jugada de todos los tiempos" la había hecho el "barrilete cósmico", como lo bautizó para siempre Morales. La alusión al barrilete es un dardo a Menotti, seleccionador que había precedido a Bilardo. Al campeón del mundo de 1978 se le ocurrió, antes del campeonato, referirse al astro de Villa Fiorito como "un barrilete" (una cometa) para subrayar su volatilidad. La referencia cósmica no necesita explicación: "¿De qué planeta viniste?".

En el minuto 82, el delantero inglés Lineker puso picante al partido (2-1) y el argentino Olarticoechea se empleó a fondo para hacer una salvada antológica ("la nuca de Dios", bromeó con el tiempo) antes del pitido final. "¡Por todos los pibes que no pueden gritar esta victoria!", celebró Víctor Hugo en las ondas. La albiceleste estaba en semifinales, pero Argentina se echó a las calles porque, en realidad, ya había ganado. "La Thatcher ¿dónde está? / La está buscando Diego para cogerselá", coreaban los hinchas. El país era "un puño apretado" de júbilo y rabia.