Andrés Neuman. Foto: ©Rodrigo Valero.

Andrés Neuman. Foto: ©Rodrigo Valero.

Letras

'Vengo de ver': Andrés Neuman convierte la ruina del presente en una poesía de asombro y resistencia

El poeta argentino propone un viaje que parte de la distopía pandémica y transforma nuestros impulsos de extinción y amor en un mito de origen contemporáneo.

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Este nuevo poemario de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) lleva un título que no llama a engaño: Vengo de ver. Una expresión que repica con insistencia en los poemas en prosa de la segunda sección y que trasluce el afán de su autor por dejar testimonio y consignar las fracturas que trastornan nuestro mundo y amenazan con volverlo irreconocible.

Portada de 'Vengo de ver'.

Portada de 'Vengo de ver'.

Vengo de ver

Andrés Neuman

La Bella Varsovia, 2026. 80 páginas. 8,99 €

Lo hace con un ritmo paratáctico, juguetón, de saltos y rápidas yuxtaposiciones (“Vengo de ver que la atención fabrica la belleza, me tambaleo hasta el siguiente cruce, el tiempo va tomándome del brazo como a un ciego”) que hilvanan con soltura los bordes –visibles o invisibles– de este mundo. Lo hace también con su proverbial ingenio, que lo mismo se encarna en greguerías que en aforismos urgentes y levemente sentenciosos (“Las piedras pertenecen al camino”).

Dividido en dos partes de títulos contrapuestos y unidos por la aliteración (“Furia” y “Fiesta”), este libro plantea un viaje que arranca de la distopía pandémica para llegar, mundo mediante, a la casa del amor, ese “amor detrás de la oreja” que dilata el presente y permite concebir un futuro, siquiera como interrogante (así el dedo del hijo, que “dibuja / un signo de pregunta en el cristal”). Por el camino, en poemas generalmente breves, somos testigos de las carencias de la vejez, el vacío de la espera o la errancia del exiliado (“Sólo puedo seguir / sembrando dóndes”).

Neuman es adepto a afirmar negando y a maniobrar en el espacio abierto por las paradojas (el deseo “es el lugar del más […] pero está en falta”; y es también “un juego” en el que “hay reglas sin las reglas”). Los poemas tienen hambre de realidad, abundan los sustantivos y se dice el mundo en toda su riqueza. Lo sensorial compite con lo enumerativo, pero el resultado no cambia: una poesía ligera y detallista a la vez, que busca siempre el mejor ángulo para ver bien.