Joan-Carles Mèlich. Foto: Helena Mèlich

Joan-Carles Mèlich. Foto: Helena Mèlich

Letras Ensayo

Joan-Carles Mèlich encuentra un inesperado aliado en Nietzsche para explicar la ética de la compasión

El filósofo publica un ensayo en el que analiza a fondo la capacidad humana para conmoverse con el sufrimiento del otro.

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El último ensayo de Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961) sobre filosofía práctica sostiene que, si la moral se asienta sobre un marco consolidado de normas, la ética es algo diferente. El sentido genuino de la ética tampoco se concibe aquí desde la idea (clásica) de bien o desde la idea (moderna) de deber, sino a partir de la experiencia de la compasión por los que sufren.

Ética de la compasión

Portada de 'Ética de la compasión'.

Portada de 'Ética de la compasión'.

Joan-Carles Mèlich
Tusquets, 2026
320 páginas, 21,90 €

De esto podemos extraer que aquí no se sostiene que debamos tener compasión o que tal afecto filantrópico sea algo que hagamos porque es bueno, no. La compasión (no confundir con la piedad caritativa), sucede entre los hombres y basta. Dado que no hablamos de deber, ni de bien, ni de norma, ni de valor, se propone aquí el largo término de “acontecimiento” (pp. 54-55). Es más, la compasión es un acontecimiento disruptivo y excepcional. “Es el otro el que me interpela. […] Es el acontecimiento de su alteridad lo que me interpela” (p. 229).

A fin de ilustrar su posición, en la página 218 el autor acude al Evangelio de Lucas, capítulo 10. Allí, Jesús cuenta la historia de un hombre que va camino de Jericó, es asaltado por unos bandidos y no recibe la asistencia de dos que pasaban por allí, “pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él y, al verlo, se compadeció, se acercó a él, le vendó las heridas…”. El samaritano supo ser el “prójimo” para el individuo necesitado por saber compadecerse, o, en la versión de Reina-Valera (más fiel a Jerónimo), porque “fue movido a misericordia” (versículo 33).

Mèlich coloca, con Schopenhauer, el sentimiento de la compasión o Mitleid en la cúspide de la metaética. Por otro lado, este escrito Ética de la compasión se inscribe dentro de una antropología de cuño existencial que incide en la incompletitud, la ambigüedad, la fragilidad, la vulnerabilidad, la imprevisibilidad, el simbolismo, el “espíritu poético”, el perspectivismo y sobre todo la finitud de la vida humana. La compasión sucede… entre mortales.

El autor dedica una sección considerable del ensayo a explicar qué no puede ser la ética de la compasión. Adopta una posición escéptica ante las construcciones sistemáticas de la philosophia perennis. Siguiendo una sencilla línea de argumentación vitalista y existencial, juzga Mèlich que los “metafísicos” (parece extender a todos los defensores de una filosofía primera lo que se cumple en los tres clásicos aducidos por él) han hipostasiado sus conceptos más allá del espacio y del tiempo con objeto de superar la pavorosa mortalidad, como hicieron los faraones con sus pirámides.

Este ensayo se inscribe en una antropología de cuño existencial que incide en la incompletitud, la ambigüedad

“Para una ética de la compasión no hay nada inmune al espacio y al tiempo, a la contingencia y al azar” (p. 134), considera Mèlich. Ésta “surge de la relación corpórea y contingente, doliente y sombría, surge en las grietas, en las huellas y en las ausencias” (p. 112). Es “estar pendiente del sufrimiento del otro […] no acabar de estar instalado en un mundo, y no saber cómo estarlo”. Más aún, “vivir éticamente es no saber nunca del todo cómo vivir, es no ser competente” (p. 103).

En el capítulo 3 se dialoga con los grandes autores de la filosofía continental contemporánea. En la página 222, se descree del valor de la kantiana “dignidad humana”. Aunque no es la compasión una “obligación” (p. 225), al final tampoco niega Mèlich que se pueda “educar” (p. 241).

Me ha resultado curioso que este autor haga de Nietzsche (el autor que ha escrito más páginas agresivas contra la compasión) un aliado y de Schopenhauer, un filósofo sin metafísica. He echado de menos una recapitulación sintética y articulada a modo de conclusión y, ¡ya que hablamos de acontecimientos excepcionales!, más ejemplos ilustrativos en el curso del discurso, como aquel tan bonito del misericordioso samaritano.