Miguel Ángel Curiel. Foto: Escuela de Escritores

Miguel Ángel Curiel. Foto: Escuela de Escritores

Letras

El cajón de sastre en el que Miguel Ángel Curiel guarda su compromiso con la escritura

'Escribir' se revela como un cuaderno de notas que el poeta va tomando desde hace más de quince años y abarca una noción abierta de pensamiento.

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El pensamiento no marca un comienzo y un fin, al igual que no podemos concebir el tiempo con anterioridad al Big Bang, como recuerda George Steiner. Tal vez así, en este sentido, podamos hablar del libro Escribir de Miguel Ángel Curiel (Alemania,1966). Se trata de una escritura en movimiento, que no ha empezado en su primera palabra.

Escribir

Miguel Ángel Curiel

Dilema, 2026. 160 páginas. 10 €

Un pensar en proceso, sin el artificio de la conclusión, que se puede ver como un continuo, algo que no cesa, o una colisión de fragmentos, que no toman forma de poema, aunque hablan desde dentro del poema. Proviene, este escrito, de cuadernos de notas, apuntes que el poeta va tomando desde hace más de quince años, y en los que no cabe una lectura acotada.

El libro no tiene divisiones en partes, no hay interrupción o, mejor, no para de haber interrupciones, que son esas reflexiones, aforismos, donde se contiene una tentativa de sentido a la vez que el sueño de no necesitar ningún sentido, "pero no hagamos de las palabras signos, dejemos que sigan siendo solo palabras".

Surgen esos islotes, como veía Roland Barthes, donde no hay un significado asignado. Curiel combina, en su inspirada escritura, párrafos descriptivos, narrativos, que extraen, podríamos decir, una parte de lo real (sea esto lo que sea) con otros fragmentos, que son un mero sintagma, una visión de totalidad en sí, prendida entre espacios en blanco. "Un poema por implosión, liso".

Escribir conforma también una poética, donde se trasluce un compromiso, una actitud, incluso un sentimiento ante la escritura. "En cada texto debo sentir lo mismo que el topo cuando culmina la excavación de la galería terrosa, y al salir al mundo se ciega. En el poema ¿lo contrario? Al comienzo de horadar la tierra olvidar toda luz". La luz, más bien, su ausencia, como estado para disponerse a escribir.

Escribir conforma una poética, donde se trasluce una actitud, incluso un sentimiento

Pensamos en la revelación de la ceguera, esa tradición oracular, frente a lo claro. "Ella se comía la luz, hablaba con la luz, jugaba con la luz, dormía con la luz encendida." Y la luz también se muestra junto al miedo de apagar la luz y quedarse ante el papel.

Curiel habla de la escritura literalmente, en su materialidad: el lápiz con el que traza la letra, el papel, un acto físico, de contacto. Pero además es voz, y llama al sentido del gusto y el oído como una oración dicha en alto. "Escribir es una religión, los poemas son rezos, esos rezos se han cerrado en la boca como flores que se cierran en la noche". Aquí está el vínculo entre rezar y recitar. Es la boca, la voz pronunciando el texto palabra por palabra, como en una oración.

Cruza estas páginas una tercera persona, "ella", una destinataria, alguien a quien interpelar, y un tú, que abre el ángulo de la escritura. Escribir es mostrarse. "Te expones, es necesario exponerse, y que el texto sea a la vez la exposición y una prolongación de tu desnudez".

Los cuadernos de notas son un lugar que no podemos tratar como ficción, o no solo, abarcan una noción abierta de pensamiento, momentos emergentes de esa incesante actividad, que es pensar, imaginar. Lo que no encontramos en Curiel es una gran tentación por lo sentencioso, por impartir enseñanza o alcanzar conclusiones, que sí suelen caracterizar las anotaciones breves. "Manzanas negras del ego".

Vemos, en estos apuntes, paisajes que son descritos por el paseante, aves, cielo, hierba, cuya temperatura cambia con las estaciones y la memoria, sitios verdaderos, como el recuerdo de Extremadura, que el poeta percibe próxima a la Arcadia perdida, un origen. Estos espacios son contemplados, fueron recorridos, pero, sobre todo, vienen de dentro, salen del interior, revividos en tanto que olvidada toda luz en la gruta del topo.

Fragmento

Si escribiéramos en el techo nuestro amor, nuestra rabbia, nuestros anhelos, poèmes, las palabras se comportarían como grietas –esto es no solo visual– pero por otro lado las grietas aliviarían de peso la techumbre, nos abrirían el mundo, creo que el cielo no pesa.