Daniel Ramírez. Foto: David Morales

Daniel Ramírez. Foto: David Morales

Letras

Crimen, periodismo y poder en 'Los días que no existieron', la primera novela de Daniel Ramírez

El periodista de El Español demuestra voluntad de estilo y arrojo al insertar temas espinosos en esta historia construida alrededor de dos episodios traumáticos de la historia de España.

Más información: Daniel Ramírez: "Hablando con terroristas y la hija de uno de los nazis que bombardeó Guernica, creé los personajes de la novela"

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No es fácil encontrar en este título, Los días que no existieron, pistas sobre su contenido. Es la primera ficción del periodista Daniel Ramírez (Pamplona, 1992), y hay en ella mucho de su oficio, como en anteriores escritos, aunque desde este enunciado inicial intuimos que será otro el tono que nos reciba. No será el propio de un relato periodístico, pese a contener sucesos, entrevistas, documentación e investigación.

Los días que no existieron

Daniel Ramírez

Espasa, 2026
517 páginas. 22,90 €

De estas secciones se nutre, como del ambiente recreado para activar la acción con situaciones de la realidad social actual: guerra entre dos grandes periódicos nacionales, tramas de corrupción que afectan a Gobierno, empresas y medios, consideraciones sobre los límites del periodismo...

Pero, a diferencia del reportaje o la entrevista, lugares desde los que escribe sobre la República, la Guerra Civil española y la Transición (fue Premio Francisco Valdés), en este ambicioso proyecto hace valer un doble propósito: novelar dos episodios de nuestra memoria histórica para plantear el aserto de que, en cada momento, “la perspectiva de cada uno es hija de su tiempo”, y exponer la propuesta con una evidente voluntad de estilo literario.

Los dos objetivos caminan en la misma dirección: en lugar de limitarse a ofrecer una novela sobre la relación entre el poder y el periodismo, un narrador omnisciente planea por las grietas de uno y otro, desde ángulos reveladores de nuevas miradas, sobre crímenes cometidos en el pasado. Ángulos desde los que enfoca asuntos incómodos, como el seguimiento del rastro de la violencia terrorista, la justificación de las ideologías con consecuencias irreparables, los intentos de reconciliación entre víctimas y verdugos, o el difícil equilibrio entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza. Temas espinosos insertados con arrojo en una fabulación que plantea preguntas e interroga a la memoria.

¿Qué pone en marcha este engranaje? Para empezar, frente a la idea común de ofrecer un relato alrededor del cual orbitan los personajes, en este es la protagonista, Julia Mendieta, el eje principal, y a su alrededor se irán desplegando dos tramas paralelas: la carrera obsesiva por descubrir la identidad del terrorista de ETA que disparó contra su abuelo, veinte años atrás, cuando el crimen está a punto de prescribir. Y la investigación de un enigma que le lleva a entrevistar al último piloto nazi del bombardeo de Guernica, en 1937.

Un relato de inusual intensidad sobre asuntos incómodos, como el seguimiento del rastro de la violencia etarra

Ella es una periodista joven, obsesiva y pertinaz hasta el extremo. Tiene una posición relevante en uno de los periódicos señalados, y no le es ajena la crisis económica y de credibilidad por la que está pasando. En este contexto de presión, el director le insta a escribir un reportaje que suponga un giro significativo de cara a los lectores.

Lo que leemos es una peripecia de múltiples dimensiones y un relato de inusual intensidad, lo que juega a favor de la historia, gracias al minucioso trabajo en el recorrido de sus personajes y al complejo ángulo desde el que son enfocadas sus actuaciones. Este aspecto mantiene vivo el interés por todos los frentes, aunque en determinados momentos debilite un poco la composición, abierta a giros y acciones para encajar en la épica del relato.

Asistimos, en realidad (y este es uno de los mayores aciertos), al proceso de creación e investigación del reportaje de Julia, su persecución de evidencias en aras de la justicia, el despliegue de interrogantes difíciles de resolver; el desenlace final, generador de nuevas ideas.

En los márgenes, acompañando a cada una de las tramas, los versos recurrentes de José Agustín Goytisolo (“Palabras para Julia”) recordando al abuelo, y su lectura de La banalización del mal, de Hannah Arendt, el cebo que le tiende un viejo librero para que resuelva un trágico acertijo vinculado a su infancia. Leemos, en realidad, a Julia expresando y liberando su dolor mediante esta fábula.