Tomás González. Foto: archivo del autor

Tomás González. Foto: archivo del autor

Letras

'Vista del abismo', de Tomás González: literatura de la buena para saborear con calma

El escritor colombiano, uno de los mejores de Latinoamérica, publica una colección de relatos en su mayoría relacionados con el ámbito familiar y con un claro carácter universal.

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Los que dicen que Tomás González (Medellín, 1950) es uno de los grandes novelistas colombianos tienen razón. Incluso no exageran quienes lo sitúan entre los mejores autores vivos de Latinoamérica, teniendo en cuenta que en el sur del continente hay un elevado número de voces –singulares e innovadoras– que transmiten argumentos de peso y mantienen viva una tradición secular, la de ser pioneras.

Vista del abismo

Tomás González

Alfaguara, 2026
207 páginas. 18,90 €

La producción de Tomás González destaca por su hondura y por el contenido humano de sus historias. Desde los primeros libros (aquí reseñamos su ópera prima –Primero estaba el mar–, que, aunque data de 1983, se reeditó en 2024), la literatura del narrador colombiano revela una mirada lúcida ante la realidad que le circunda, la de un escritor agudo y tranquilo, en cierto modo complejo, que reclama un receptor atento, alguien que no busque solo distracción, sino que sepa valorar los matices y bucee en el sentido del texto.

Ejemplo de ello es La luz difícil (2011, Sexto Piso, 2023), una maravilla de la contención que refiere algo tan comprometido como la espera de un padre ante la eutanasia de su hijo y el proceso propio, muchos años después, de quedarse ciego.

En Vista del abismo Tomás González se recrea en el género breve. El volumen agrupa una veintena de relatos aparentemente locales que, sin embargo, poseen un claro carácter universal. Lo forman tramas que suceden, por lo general, en el ámbito de la familia (el más adecuado para la emoción y la catarsis, según Aristóteles), con finales muy abiertos (algunos abiertamente sin final) que parecen estar escritos desde la quietud, lejos de la premura que exige la entrega de un libro.

La mayoría recoge retratos o descripciones de situaciones concretas en las que los protagonistas tienen algo que decir o que mostrar, porque todos los seres, mirados con detenimiento, manifiestan detalles que merecen atención. Frecuentemente, estos relatos están aderezados con un sentido del humor –a veces negro y a veces tenue y natural– que pausa la actividad del lector aplicado.

Escritor agudo y tranquilo, Tomás González destaca por su hondura y por el contenido humano de sus historias

Parejas que, ante la imposibilidad de convivir, se ven obligadas a dividir la casa común, aunque se sigan queriendo y deseando; padres de familia que abandonan el hogar para plantar un huerto y poder reencontrarse, inventándose un nuevo afán; hermanos que, tras la muerte de uno de ellos y después de guardar parte de sus cenizas, ven modificada su existencia; gemelos cuyo vínculo permanecerá más allá de la muerte; un hombre que, con el paso del tiempo, lo olvida todo en un proceso degenerativo que lo devuelve a la inocencia primigenia; voces nunca pronunciadas que solo un loco puede oír; un marido y un amante que se apoyan; hombres que se suicidan; parejas que se pelean; ancianos que se demencian; edificios que se desploman; el final de un individuo, que siempre es amargo; un cerdo domesticado que distingue los colores y que termina en una autopista…, personajes que descubren la profundidad de la vida.

Al fondo de esta realidad se dibuja el misterio de un pueblo anegado por unas aguas que llegaron “lentas, apacibles, implacables”, y que reaparece cuando el nivel disminuye. Entonces asoman las casas abandonadas, las calles enfangadas, los muertos descuidados y los objetos que alguien arrojó para que se mantuvieran en el olvido. Todo queda en el lecho, confundido en el lodo amniótico de la indiferencia, bajo un río represado que en la superficie crea islas, penínsulas y bahías en las que aflora una naturaleza inaudita: el tulipán africano, las rosas, las fucsias, las copas de oro, el guayacán, el naranjo o el árbol de achicote. Literatura de la buena para saborear con calma.