Marta Jiménez Serrano. Foto: Jairo Vargas

Marta Jiménez Serrano. Foto: Jairo Vargas

Letras

Marta Jiménez Serrano, sobre su experiencia al borde de la muerte: "Pensé en este libro desde la ambulancia"

La escritora da el salto a Alfaguara con la novela 'Oxígeno', en la que realiza un viaje al interior de sí misma a partir de un episodio que casi le cuesta la vida.

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"Estabas en otro mundo hasta que empezó a llegarte el oxígeno". Esto fue lo que dijo Víctor, un enfermo del SUMMA, a Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) cuando la escritora trataba de recomponer las piezas del episodio que casi le cuesta la vida.

Una intoxicación por monóxido de carbono debido a una fuga de gas en la caldera de su piso alquilado pudo matarla el sábado 7 de noviembre de 2020. Esos dos instantes, el del desmayo que la transportó a otro mundo y el momento en que volvió a abrir los ojos a la vida, abrochan el relato de Oxígeno, su nueva novela.

"No fue un accidente", aclara la autora a El Cultural en mitad de la entrevista, que transcurre en las oficinas madrileñas de Alfaguara, la editorial a la que acaba de dar el salto. El "suceso", como prefiere llamarlo, es resultado de una negligencia de la que sería responsable la propietaria, una cínica que "a 9.357 kilómetros de distancia está ahora poniéndose crema hidratante frente a un espejo de diseño", leemos en Oxígeno. La toma de gas era ilegal y la caldera no había pasado las revisiones pertinentes.

El trauma por lo que a punto estuvo de ser una muerte dulce vertebra la narración, pero es en el relato satelital, el que bordea ese instante, donde está la sustancia literaria e imantante del libro, lo que nos aferra a la historia. Un viaje introspectivo –solo habiendo visto el final tan cerca podía llegar tan adentro– que salta en idas y vueltas desde la infancia a la consulta del psicólogo.

Con exquisito pulso narrativo y buenas dosis de humor e ironía punzante, Jiménez Serrano despliega su mirada política a propósito de la precariedad generacional y la crisis de la vivienda. La autora teje, además, hondas reflexiones sobre la muerte, sobre "la irrealidad de sobrevivir" y sobre el amor en todas sus capas. Con emoción, pero sin caer en la sensiblería. Con una honestidad que sobrecoge en las incursiones metaliterarias. No es casual que, a sus 35 años, sea una de las escritoras del momento en nuestro país.

Pregunta. ¿Todavía le siguen llamando escritora joven?

Respuesta. Con este libro parece que ya soy la confirmación: estas cosas que se están diciendo, ¿no? [risas]. Pero sí, siento que me he hecho un poquito mayor.

P. ¿En estos años ha notado cierta condescendencia con eso de la edad, como han contado algunas compañeras?

R. Yo creo que eso pasa en la vida, no solo siendo escritora. Una mujer siempre es demasiado joven hasta que es demasiado vieja. No sé si en algún momento estamos en nuestro punto... Creo que no es tan específico del mundo literario.

P. Y una autora joven que acaba de llegar a Alfaguara, ¿tiene más miedo o más ilusión?

R. La verdad es que ahora mismo tengo mucha ilusión. Sí, me están cuidando mucho, entonces estoy muy tranquila y tengo muchas ganas. Sé que llego a un libro exigente y a una promo exigente habiendo aprendido cosas ya y me siento también más preparada y más en mi sitio para afrontarlo. Estoy muy contenta.

P. Carme Riera ha supervisado el trabajo de edición. ¿Cómo ha sido el proceso?

R. Estupendo, la verdad. De hecho, entre otras cosas terminé en Alfaguara porque me gustó mucho la lectura que hizo Carme del manuscrito. Creo que lo leyó muy bien y me sentí muy identificada. Luego, claro, trabajamos algunas cosas. Me parece un lujo tenerla de editora porque es inteligente y sensible. Desde el principio, me ha dado mucha tranquilidad que Oxígeno esté en sus manos.

"Si un autor tiene 60 años y lo leen las personas de su edad, nadie dice que está escribiendo algo generacional"

P. Siguiendo con los miedos o las inseguridades, después de que le hayan definido como una maestra en tratar las relaciones de amor contemporáneas, ¿le da miedo encasillarse en los parámetros de una escritora que escribe para su generación?

R. La verdad es que no lo pienso mucho. Entiendo que el periodismo necesita etiquetas, pero las etiquetas que me ponen no dependen de mí. Creo que eso de la generación tiene que ver con que soy joven, porque si un autor tiene 60 años y lo leen las personas de su edad, nadie dice que está escribiendo algo generacional.

»Y es verdad que siempre retrato el mundo actual, pero es que me interesa muchísimo... Nunca sabes, pero la verdad es que no me veo documentándome para escribir una novela ambientada en el siglo XIII. Escribir es el modo que tengo de entender el mundo que me rodea y de relacionarme con él. Creo que eso es lo que hace que se me haya vinculado con la actualidad o con una generación determinada.

P. En la actualidad está, desde luego, completamente inmersa. Durante los últimos años le hemos visto en muchos sitios: la tele, la radio, la prensa… ¿Ha sentido alguna vez eso de que la literatura no deja tiempo para escribir?

R. Claro, lo he sentido y he tenido que decir que no a muchísimas cosas, a veces con pesar, precisamente para preservar el tiempo de la escritura. O sea, yo creo que es una suerte que me llamen, pero cuando hay muchas cosas sobre la mesa una tiene que decidir. Lo que sí he aprendido en estos años en los que me he hecho escritora es a priorizar. El tiempo de la escritura es un tiempo que uno siempre tiene que estar peleando y legitimando. Me pasaba también cuando no publicaba, precisamente porque no era escritora.

P. Cuando trabajaba en la oficina de la que habla en esta novela…

R. Claro, ahí tenía que rascar el tiempo de otro lado, ¿no? Y ahora hay que seguir un poco protegiendo el tiempo de la escritura.

P. Cuando cuenta lo de la oficina, no dice exactamente dónde trabajaba.

R. En aquel momento estaba trabajando en una editorial de ensayo como editora de mesa, pero me vale un poco para todas las oficinas. Porque he trabajado en otros sitios, y ese concepto de oficina alude a un curro más normativo. En la novela se habla de eso para contar ese deseo que tenía de ser escritora. Cuando ocurrió todo esto [la casi muerte dulce] yo todavía no había publicado, así que el trabajo de oficina resumía bien dónde estaba yo y adónde quería ir.

P. Tiene gracia eso de que también quisiera tener un editor, como lo tenía su pareja. ¿Le afectaba el hecho de que entonces la relación no fuera horizontal?

R. Fíjate, no, no lo era. Es verdad que entonces no lo era. Pero no me afectó negativamente. Él era más mayor y me parecía normal que hubiera llegado antes a eso. Era como un espejo, lo miraba y decía: joder, yo también quiero esto. Pero en ese momento no sabía si iba a pasar o no. Digamos que en ese momento había una falta de horizontalidad externa, pero yo no la sentía internamente.

P. Vamos al libro. Cuando se supera clínicamente un episodio de estas dimensiones, se puede salir eufórico o asustado e incluso deprimido, como ocurrió en su caso. Esa fue la causa de que se convirtiera en material literario. Allí donde hay conflicto es donde brota una historia.

R. Totalmente. De hecho, fue muy raro porque durante mucho tiempo yo iba larvando el libro y sabía que quería escribir sobre esto, pero al mismo tiempo pensaba: ¿pero qué escribo? Porque era un conflicto muy, no sé cómo decirlo… muy estéril. Yo había estado inconsciente la mayor parte del tiempo. Sabía que tenía algo que contar, pero no sabía muy bien qué. Y creo que la propia escritura ha sido el descubrimiento de qué era lo que tenía que escribir.

"Es súper difícil ser escritor, tener una experiencia cercana a la muerte y no contarlo"

P. Precisamente la inconsciencia también se convierte aquí en un vector narrativo que le da pie a poetizar en torno a ello, ¿no? O sea, esta historia se escribe por necesidad, porque en el hecho de contarla hay algo terapéutico, pero desde el principio sabe que hay un aliciente literario interesante.

R. Claro, es que yo creo que es súper difícil ser escritor, tener una experiencia cercana a la muerte y no contarla. Entonces había una parte de necesidad y una parte más personal, claro, pero también había otra parte: la de ¿cómo no voy a usar este material? O sea, yo esto lo pensé ya en la ambulancia [risas]. De verdad, ¿eh?

»Yo creo que soy escritora porque a mí me pasan estas cosas y lo primero que pienso es: bueno, por lo menos hay un buen material aquí. Es que recuerdo sentir que me estaba muriendo. Entonces, me parecía una experiencia muy difícil de narrar, pero me parecía que tenía que intentarlo.

P. Precisamente quería hablar de eso, de cómo le brotan las historias. ¿Aparece un tema, una secuencia o un personaje y ya no puede parar o es de las que anota una pincelada y lo deja madurar?

R. No empiezo tanto con una idea preconcebida. Es más un ambiente, un tono… Me aparecen sobre todo imágenes, situaciones y personajes, incluso diálogos a veces. Y voy anotando esas cosas en una libreta, así desordenadamente, y cuando acaban convirtiéndose en un libro es porque hay una parte de mí que no puede dejar de pensar en ello. Porque todos tenemos ideas que se quedan por ahí, ¿no? Pero si realmente lo termino es porque hay una obsesión.

P. En varios momentos del libro dice que no lo quería haber escrito porque le hace revivir momentos que le incomodan, no precisamente relacionados con el episodio del monóxido de carbono. Pero para abordar este, necesitaba contar otras cosas. Hábleme de esos aledaños necesarios que necesita una historia para crecer, para cohesionarse…

R. Está muy bien visto porque muchas veces esas cosas que parecen periféricas son las que al fin y al cabo le están dando la centralidad al libro. Tuve muy claro la estructura del libro desde un primer momento: sabía que quería empezar conmigo desmayándome y terminar conmigo abriendo los ojos, y que de ahí salieran todo el resto de cosas. Al hablar de una experiencia cercana a la muerte, llegaron las otras experiencias con la muerte, no necesariamente propias.

»Por otro lado, a partir del tema de la casa salió la historia del que entonces era mi pareja, de cómo nos conocimos, cómo llegamos a vivir allí... O sea, todo fue saliendo del vórtice del suceso, pero yo entendía que este no bastaba como anécdota. La cosa no era contar lo que había ocurrido, sino qué había detrás. ¿Qué hay de universal en el suceso? Esa es la pregunta de la literatura, ¿no? Y de ahí me voy a la familia, los abuelos, el amor, el cuidado… Temas universales más importantes que la anécdota en sí misma.

"La precariedad ha marcado poderosísimamente a mi generación. Y eso que me considero bastante privilegiada"

P. Uno de ellos es la precariedad, sobre la que eleva un tono de denuncia. Como escritora que forma parte de esa generación, ¿siente la responsabilidad de señalar esto, o esa alusión simplemente estaba mediatizada por la historia?

R. Pues creo que sí había una necesidad por mi parte. Es algo que ha marcado poderosísimamente a mi generación y, concretamente, algo que yo he padecido mucho. Y eso que me considero una persona bastante privilegiada. Pero es que todos hemos tenido problemas para encontrar trabajo, para tener un buen sueldo, todos nos hemos mudado 27 millones de veces. Hay algo ahí que marca mucho el mundo de hoy.

»Nuestras abuelas, como cuento en el libro, nacieron, parieron y murieron en la misma casa, y nosotros a los 30 años ya hemos vivido en diez casas distintas. Eso también configura una relación con el mundo y con las cosas. En fin, el tema de la casa me interesaba un montón porque da para hablar de la precariedad, de los problemas que tenemos para conseguir una vivienda, pero también de cómo esa dificultad material también dificulta emocionalmente generar un hogar.

P. ¿Qué es lo que más le indigna de la crisis de la vivienda: los precios desorbitados, algo que en principio corresponde al mercado; la inacción política, a propósito; la codicia de los propietarios; la connivencia de las inmobiliarias, como señala en la novela…?

R. La confluencia de todo eso me indigna, pero lo que más es la inacción por parte de tantas partes implicadas, o sea, que no haya nadie haciendo nada. Con el tema de la vivienda están los análisis sociológicos, macroeconómicos, etc., que yo no estoy capacitada para hacerlos, pero es que estamos hablando de los alquileres y de la compraventa de la vivienda como si habláramos de vender y comprar bolsos.

"Lo que más me indigna de la crisis de la vivienda es que no haya nadie haciendo nada"

»Y creo que hay que tomar conciencia de que cuando le estamos alquilando un piso a alguien, estamos hablando de su hogar. Esa persona debería tener plenos derechos sobre ese espacio mientras lo está alquilando. ¿Cómo va a ser tu casa si no puedes celebrar tu cumpleaños en ella, o si no puedes tener a tu mascota, o si no puedes colgar un cuadro?

P. Una curiosidad: ¿por qué no nombra a la Arrendadora, el personaje antagonista, y sí a los demás personajes (por ejemplo, la chica de la inmobiliaria, Inés)?

R. En realidad, pensé muchísimo en esto, tuve el libro parado meses porque no sabía cómo abordar el personaje de la Arrendadora y al final no le puse su nombre porque no se trataba de una venganza personal. Lo que me interesaba no era retratar a esta persona en concreto, sino a ese tipo de persona. No es ¿cómo puedes ser tú así?, sino ¿cómo puede haber gente así? Porque seguro que no es la única. Pensaba que si lo personalizaba tanto perdía un poco la parte universal que estaba buscando con el libro.

P. El libro destila rabia por momentos, pero es verdad que no está concebido como un ajuste de cuentas, ¿no?

R. No, no, nada parecido. De hecho, creo que es un libro escrito más desde el agradecimiento que desde el ajuste de cuentas. Pero sí me interesaba que el lector pasara un poco por todas las emociones: la ilusión de tener su casa nueva, el shock de lo ocurrido, el enfado, el desconcierto, la tristeza y, al final, la reconciliación. Yo he sido la primera sorprendida, porque cuando me puse a escribir sobre esto no pensé que me fuera a salir un libro luminoso.

"En este libro he intentado siempre manejar la intimidad de manera que sea honesto, pero también elegante"

P. Además de la Arrendadora, ¿qué otros elementos le plantearon dificultades a nivel narrativo?

R. La estructura, muchísimo. Recuerdo estar unos días metida en mi despacho haciendo el puzle y esa sensación de que te sale humo del cerebro. Eso me costó mucho, mucho, pero estoy satisfecha, creo que salió.

»Y luego diría que el otro reto del libro era hallar el punto entre la honestidad y no ser obscena. Es decir, contar lo justo y necesario para que todo se entienda. Yo siempre me fijo mucho en lo cotidiano, en mis anteriores libros no pasaba nada extraordinario, y en este, que podía haber tirado más por la épica, he vuelto a decantarme por el detalle concreto. Esos han sido los dos retos grandes del libro.

P. Y ¿qué es lo que más le ha costado contar?

R. Pues el propio suceso me daba mucha angustia al principio de la escritura. Y la relación de pareja me daba pudor. Pero también todos los recuerdos de infancia, sobre todo los que tienen que ver con la enfermedad de la madre. O sea, es que he intentado siempre manejar la intimidad de manera que sea honesto, pero también elegante.

"No me gusta cuando se contrapone la imaginación a la escritura biográfica, porque la realidad también hay que imaginarla"

P. A propósito de la literatura hecha de experiencias personales, no son pocos los que opinan que la narrativa española sufre una crisis de imaginación, con tanto libro autobiográfico.

R. Lo que creo es que la realidad también hay que imaginarla cuando escribimos. Entonces, en ningún caso diría crisis de la imaginación. Creo que vivimos en una época súper irreal, virtual, nos vemos a través de pantallas, las imágenes están modificadas por IA, ya no sabemos lo que es verdad y lo que no... En ese sentido, creo que hay un anhelo de autenticidad en la ficción, y que por eso hay muchas historias muy realistas o escritas desde el yo que están teniendo éxito.

P. Bueno, ha salido muy bien del paso.

R. [Risas] Repregunta si quieres.

P. O sea, que la realidad ha superado a la ficción en el momento en el que estamos… Pero, sin duda, hay muchas novelas, sobre todo de autores de 30 a 40 años, con mucho menos poder fabulístico.

R. Claro, quiero decir que, aunque el material primario de un libro sea la realidad, hay un gran esfuerzo de imaginación y construcción, al menos en mi caso. No es lo mismo este libro que una crónica, por decirlo así. Por eso no me gusta cuando se contrapone la imaginación a la escritura biográfica, ¿sabes? La portada del libro es un cuadro hiperrealista de Isabel Quintanilla. Yo le digo al lector en este libro que se lo voy a dar en crudo, que esto no me lo estoy inventando yo, pero eso es también un juego literario.