Virginia Woolf fotografiada por George Charles Beresford en 1902

Virginia Woolf fotografiada por George Charles Beresford en 1902

Letras

"Estoy malgastando tu vida"... Confidencias y chascarrillos en las cartas secretas de Virginia Woolf

Inédita en España en su mayor parte, la correspondencia que edita Páginas de Espuma arranca en 1912, poco después de su boda, y terminan en vísperas de su suicidio.

12 febrero, 2024 01:49

Inéditas en España en su mayor parte, estas cartas, editadas por Patricia Díaz Pereda y reunidas por Páginas de Espuma en el volumen Una carta sin pedirla, arrancan en 1912, poco después de que la autora de Al faro se casase con Leonard Woolf, y terminan en 1941. En medio se suceden treinta años de confidencias y chascarrillos sobre sus casas, sus amigos, sus libros, la literatura o su vida íntima, sin que falten referencias a sus enfermedades o sus trabajos en la Hogarth Press.

La primera Virginia del libro aparece divertida y feliz. Así, en la citada primera carta del 17 de agosto de 1912 explica a su amiga Janet Case, defensora de los derechos de la mujer, su boda:

“Es estupendo estar casada; muy simple y rápido. Te quedas de pie, repites dos frases y luego firmas. Nada salió mal, la única molestia fueron los nombres de Vanessa y Virginia que el del registro, que era medio ciego y por lo demás, deforme, no paraba de confundir”.

Contra la novela

Si la Virginia Woolf (Londres, 1882 - Lewes, 1941) más guasona puede sorprender al lector, aún lo hará más descubrir que no le gustaban las novelas, o eso escribió a su amigo, el editor David “Bunny” Garnett, el 26 de julio de 1917:

“En un aspecto, es más fácil hacer algo corto, de un tirón, que una novela. Por supuesto, las novelas son horrendamente torpes y abrumadoras [...]. Me atrevería a decir que habría que inventar por completo una nueva forma. De cualquier modo, es muy divertido probar con estas cosas cortas”.

El tema de la búsqueda de un nuevo hogar para los “Wolfes” (los lobos, como se hacía llamar el matrimonio) es protagonista también de numerosas misivas, quizá porque, como explica Díaz Pereda, Virginia disfrutaba encontrando casas y su hermana Vanessa, decorándolas.

Tras meses de búsqueda, en 1919 los Woolf compraron Monk’s House, en Sussex, que fue su casa de campo para el resto de la vida de ambos, y a cuya intendencia Virginia dedicó muchas cartas.

También informó cumplidamente a sus amigos del desarrollo de su editorial, la Hogarth Press, que no estuvo tampoco libre de sinsabores. De hecho, como explica a Vanessa en abril de 1917, cuando al fin recibieron la imprenta y la desembalaron “con gran emoción”, descubrieron que estaba partida por la mitad:

“Pesa mucho y no la habían atornillado, pero es probable que la tienda tenga la pieza de recambio. Hay grandes bloques de tipos, de los que hay que separar las letras y las fuentes y luego colocarlas en las particiones adecuadas. Es una tarea que lleva siglos, especialmente cuando mezclas las haches con las eses, como yo hice ayer. Estamos tan absortos que no podemos parar: veo que cuando imprimamos en serio, nos devorará la vida”.

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La editorial fue además la razón por la que muchos de los mejores autores de su tiempo se pusieron en contacto con los Woolf. Y Virginia, en muchas de sus cartas, se mostraba implacable.

De T. S. Eliot, que con el tiempo se convertiría en un buen amigo, escribe en 1918: “Hemos tenido a ese extraño joven Eliot, para cenar. Sus frases tardan tanto tiempo en desplegarse que no llegamos muy lejos; alcanzamos a Ezra Pound [...] pero ¿por qué Eliot se ha atascado en ese fango? ¿No puede su cultura llevarle hacia delante?”.

La mujer implacable

Cuando la escritora hablaba sin censuras de otros autores, no tenía misericordia. Despreciaba a Henry James, del que decía que cuando lo leía no en- contraba nada “salvo agua teñida de rosa, urbana y pulcra, pero vulgar, y tan pálida”. Sin embargo, años más tarde confesará que no había leído sus grandes obras (“solo lo he fingido”), y que Las alas de la paloma le ha impresionado.

De Dickens explica en 1939 que está leyendo por sexta vez David Copperfield “con una satisfacción casi total. Había olvidado lo magnífico que es. ¿Qué está mal?, no puedo evitar preguntarme. ¿Por qué no fue el mejor escritor del mundo?”.

[Virginia Woolf, de un salto a la modernidad]

Peor opinión tiene de D. H. Lawrence y sus Mujeres enamoradas, novela en la que en 1921 no encontrará “suspense ni misterio: el agua es toda semen: descifro los acertijos con mucha facilidad”. Tampoco le gustaba Hemingway ni demasiado Robert Graves (1929).

Sus propias obras son el centro de gran parte de las epístolas, como cuando explica en 1914 que ha enviado su primera novela, Fin de viaje, al editor Gerald Duckworth, “pero hasta ahora no he sabido nada y supongo que será rechazado –lo que puede que no sea, de todas formas, mala cosa”.

Exultante, en agosto de 1919, tras terminar Noche y día, confiesa sentirse tan vieja, arrogante e indiferente “que ni el elogio ni la crítica ni nada parece importar”, mientras que sobre El cuarto de Jacob reconoce en octubre de 1922 “sus dudas”.

Las más interesantes, sin embargo, son las relacionadas con Orlando, especialmente cuando el 9 de octubre de 1927 confiesa a su íntima Vita Sackville-West que es la verdadera protagonista del libro: “suponte que Orlando es Vita y es toda sobre ti y las lujurias de tu carne y los señuelos de tu mente”. Íntima y descarnada, en el epistolario no irá más lejos.

[Los felices años 20 de Virginia Woolf]

El libro, que recorre la vida y la obra de Virginia Woolf, concluye con la desgarrada carta final a Leonard, del 28 de marzo de 1941:

“Queridísimo: Quiero decirte que me has dado una felicidad completa. Nadie podría haber hecho más de lo que tú has hecho. Por favor, créelo. Pero sé que nunca superaré esto: y estoy malgastando tu vida. Es esta locura. [...] Todo lo que quiero decir es que hasta que llegó esta enfermedad fuimos perfectamente felices. Todo se debió a ti. Nadie podría haber sido tan bueno como lo has sido tú, desde el primer día hasta ahora. Todo el mundo lo sabe.
V.
[...]
Destruirás todos mis papeles”. 

Cartas seleccionadas

A Victoria Ocampo 
2 de septiembre de 1937

Mi querida Victoria:
Debería haber contestado a tu carta antes, pero entenderás que no pudiera porque acababa de recibir la noticia de la muerte de mi sobrino en España. Lo mataron cuando conducía una ambulancia cerca de Madrid, mi hermana cayó enferma y he estado con ella [...] Y estoy furiosa por su vida desperdiciada. [...]

Virginia

A Stephen Spender
25 de junio 1935. Tavistock Square, 52

De ahí mi injusticia con [D. H. ] Lawrence; pero ¿cómo puedes ponerlo con los muy grandes? ¿Cómo puedes llamarle un gran psicólogo? Para mí es como un tren expreso que se precipita por un túnel. [...] Por supuesto, percibo el “genio”, el poder de visión. Pero qué distorsionado y superficial (disculpa esto). Por supuesto, no puedo sentir que William [Plomer], [Laurens] Van der Post, [Ezra] Pound y Tom [Eliot] tengan el calibre que tú les otorgas. No importa. [...]

Virginia

A Gerald Brenan
5 de junio 1922. Monk House, Rodmell

¡Ay, Joyce, qué aburrimiento! Justo cuando me estaba dedicando
a Proust –ahora tengo que dejarlo a un lado– y sospecho que Joyce
es uno de esos genios sin cumplir, a quienes no se puede descuidar, o silenciar sus gemidos, sino que hay que ayudarlos a que los emitan, con considerables molestias para una misma.

Tráete el ‘Ulises’ el sábado. [...] Y disculpa este goteo de locuacidad, que se debe a que un poco de trato humano sería tan aceptable en este momento.

Virginia Woolf