Lydia Davis. Foto: David Ignaszewski

Lydia Davis. Foto: David Ignaszewski

Letras

Lydia Davis: cómo convertir un romance con un hombre doce años menor en una magnífica novela

'El final de la historia' es una novela escrita en estado de gracia que revela que la ficción  tiene el poder de organizar el pasado de tal manera que podamos comprenderlo y acarrearlo

7 diciembre, 2022 02:22

Lydia Davis (Massachussets, 1947) es traductora, profesora en la Universidad de Albany, ensayista y tal vez, sobre todo, una extraordinaria narradora; no en vano, recibió en 2020 el premio PEN/Malamud por su “excelencia en el arte del cuento”. Un talento que desplegó de un modo pasmoso en su primera y, hasta ahora, única novela, El final de la historia, que data de 1994 y que ya fue publicada en España en 2014 por Alpha Decay, la misma editorial que ahora, en 2022, vuelve a proponernos su lectura.

El final de la historia

Lydia Davis

Traducción de Justo Navarro

Alpha Decay, 2022

224 páginas. 20,90 €

Quienes hace ocho años nos perdimos este texto no podemos sino aplaudir su regreso; incluso, por qué no, dar algunos saltos de alegría y gratitud. Pero, ¿qué tiene El final de la historia para ser merecedora de nuestra veneración? La respuesta es muy sencilla, está escrita en estado de gracia. Desde la distancia que implica vivir serenamente casada, una mujer de mediana edad se impone la tarea de buscarle un final a una historia de amor que vivió hace una década con un estudiante doce años menor; un hombre guapo, rubio, de cuerpo ancho y carácter contradictorio, un hombre callado y hablador y pobre y huidizo que la amaba con locura y después la abandonó.

De eso trata la novela, de cómo la narrativa de ficción puede convertirse en un acto ritual que no solo es capaz de convocar fantasmas y recuerdos, huellas materiales y pedazos de olvido, sino que además tiene el poder de organizar el pasado de tal manera que podamos comprenderlo y acarrearlo.

La protagonista-narradora-escritora de esta novela en proceso es egoísta y tergiversadora, tierna, buena y generosa; es fría y distante y es dinamita y fuego. Miente y embriaga con la misma intensidad con la que escupe verdades y nos deja con tembleques.

Como la escritora Rachel Cusk (Saskatoon, Canadá, 1967), Davis tiene el don de diseccionar las relaciones humanas sin vergüenza y hasta el fondo y sin miedo a aparecer fea o monstruosa; como Mary Robison (Washington, 1949) ostenta un humor lúcido y corrosivo que siembra aquí y allá altas dosis de desesperanza y que, sin embargo (o precisamente por eso) es brutalmente conmovedor; la risa es agitación, perturbación de certezas, y es el antídoto contra el sentimentalismo.

Davis tiene el don de diseccionar las relaciones humanas sin vergüenza y hasta el fondo y sin miedo a aparecer monstruosa

No hay en El final de la historia ni un solo instante blando; incluso en los pasajes más íntimos, Davis consigue mantenerse firme; así, acerca de un fragmento eliminado explica: “También decía que recordaba la alegría que había sentido al oírlo reír y verlo sonreír, algo que evidentemente no era verdad”.

El humor no es el único rasgo que comparte con Robison; ambas narran con soberbia autoconsciencia y con la voluntad de construir un relato hecho de pedazos y descartes, de retales y de saltos en el tiempo. Pura posmodernidad noventera: la estructura narrativa emerge de a poco ante el lector y es un gustazo inmenso asistir a ese alumbramiento.

No diría que se trata de un rompecabezas ni tampoco de un cubo de Rubik, es algo menos preciso; Davis toma los recuerdos y los rearma, es cierto, pero también reorganiza los huecos de lo vivido, los puntos ciegos y los recuerdos muertos y los incorpora a la narración.

Es como si buscara tentar el límite de la novela, como si buscara situarse en algún lugar escritural siempre a punto de romperse, exactamente igual que la protagonista, que solo sabía querer a su amante cuando huía y se iba lejos, cuando al fin la abandonó.

Amor y literatura como búsqueda esquizoide, como un vagabundeo desordenado por la línea del tiempo, un ir de acá para allá para encontrar un final, un descanso muy querido y que siempre, sin embargo, deja un regusto amargo.