Mario-Bendetti

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Letras

Mario Benedetti, un escritor para todos los públicos

A pesar de su incuestionable compromiso político con la izquierda, el tiempo ha convertido al escritor uruguayo en una figura ecuménica, incapaz de incomodar a nadie por las ideas, sí por la poética

3 agosto, 2020 08:46

Benedetti: en algunos círculos un escarnio, en otros un padre; lo que no ha sido nunca, es un desaparecido. En Instagram como en Tinder, nos asalta para (sobre)explicarnos el amor. Cuando nos casamos en Palma, el entusiasta concejal de C’s que ofició la ceremonia nos sorprendió con la lectura de un poema del uruguayo que él mismo había traducido al catalán. Adiós a la idea del escritor panfletario, apto solo para progres: el tiempo lo ha convertido en figura ecuménica, incapaz de incomodar a nadie por las ideas, sí por la poética. Veamos.

Cuando Benedetti no gusta, no gusta por “cursi”. Por eso, divierte intuir en sus cuentos y novelas (eficaces, también obvias; bonitas, sí, tal vez “bonitas de más”) una prevención ante ese adjetivo como sambenito. Debuta como novelista en 1953 con Quién de nosotros, encabezada por dos versos de Auden que podrían servir para el conjunto de su trayectoria: “I shall never / be different. Love me”. Amor y contumacia. Ahí ensaya una primera persona confesional que reiterará después, al servicio de una interlocución lo más próxima posible con el lector. Un protagonista declama: “Me gusta la vulgaridad de mis hijos, me gusta que no reciten poemas que no entienden, que no hagan preguntas sobre cuanto no puede importarles, que sólo les conmueva lo inmediato, que para ellos aún no hayan adquirido vigencia ni la muerte ni el espíritu ni las formas estilizadas de la emoción. Serán prácticos, groseros en el peor de los casos, pero no cursis”.

Una sombra antintelectual planea sobre la escritura de Benedetti, en parte por temperamento, en parte por una concepción política de "lo popular"

A costa de descontextualizar el pasaje, diré que una sombra antintelectual planea sobre su escritura, en parte por temperamento, en parte por una concepción política de “lo popular”, también por adicción a la popularidad; esto es compatible con el conocimiento de la alta cultura. Por lo demás, reformulémoslo: sin estilización y sin margen para lo que no se entiende, un texto puede identificarse hábilmente con lo cotidiano y, por lo tanto, conmover de un modo “práctico”; pero no genera una inmediatez propia, autónoma. Por eso, Benedetti funciona de verdad cuando uno “se identifica” con Benedetti.

En él hay una tentación de evidenciar. Las novelas explican al detalle cada emoción, se complacen en convertirlas en cháchara con menor densidad que intensidad: y bien, dirá alguien, ¿no es eso lo cotidiano, una larga verborrea en busca de orden? En La tregua, de 1960, su mejor novela, define lo cursi como “andar siempre con el corazón en la mano”, y añade: “¿Por qué será que lo verdadero es siempre un poco cursi? Los pensamientos sirven para edificar lo digno sin excusa, lo estoico sin claudicación, el equilibrio sin reservas, pero las excusas, las claudicaciones, las reservas están agazapadas en la realidad, y cuando allí llegamos, nos desarman, nos aflojan”.

Se ha revelado la quintaesencia benedettiana: lo literario, lo verdadero, estriban para él en emociones que se engarzan con ideas nobles y crudas, sin una sofisticación excesiva que las pervierta; la realidad puñetera las combate, y el escritor da cuenta del lance. Por eso, La tregua puede ser durante doscientas páginas una muy convincente historia alrededor de un oficinista reseco que revive por un tiempo, pero necesita dar un giro tramposo al final, cuando la muerte de la amada se encarga de convertirla en melodrama.

Para Benedetti, lo cursi sería no atreverse a expresar y habitar el grado cero de lo sentimental. Y nadie ha escrito sobre esto en lengua castellana con más talento que él

Primavera con una esquina rota, de 1982, novela sobre exilio y prisión política en parte autobiográfica, es notable en sus mejores páginas, al transmitir una sensación de encierro vívida, tangible. Pero en paralelo, llegan esa esposa que verbaliza cada rincón de sus dudas; esa voz de niña pequeña a la caza de lágrimas; los jadeos y los suspiros y las pecas como “archipiélagos”; etc. Parafraseando el libro, echo de menos “el sobrentendido”, que no me expliquen todo ni tenga que escucharlo todo. Entre compatriotas, dice Benedetti, lo implícito vale por “muchas locuacidades”; pues bien, lo implícito, distinto a lo vago, flaquea en las novelas nunca extensas del uruguayo.

Ahora bien, el autor contrataca: “En el amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno. También la norma, también la tradición”. Cursi sería, pues, no atreverse a expresar y habitar el grado cero de lo sentimental. Y es verdad que nadie ha escrito en lengua castellana bajo esta divisa con más talento que Benedetti, apenas rozado por los sucesores que se lo disputan cada década.

¿Podrán garantizar sus cuentos la perdurabilidad del Benedetti narrador, a la sombra del poeta insistentemente retuiteable? Habrá que verlo

Dejemos para otro día la revisión de sus ideas acerca del amor y la masculinidad desde una perspectiva del siglo XXI, porque falta resaltar, al menos, otra de sus siete novelas: en La borra del café (1992), las casas que el narrador habitó son el leve hilo conductor de una vida que se confunde con la historia de la primera mitad del XX; es su trabajo más seductor.

En cuanto a su inacabable número de cuentos, es tan importante como la novelística. Si bien es un fondo de armario irregular, el encuentro entre la claridad populista de su prosa y la exigencia de ingenio que presupone el género deja momentos reivindicables (suele mencionarse “Los pocillos” como el mejor, y desde luego es muy bueno. A mí me emocionó, qué quieren, “Puentes como liebres”, cuando mi adolescencia penetraba “en los quince años de mi único amor”), los más imprevisibles de su ficción.

¿Podrán garantizar ellos la perdurabilidad del Benedetti narrador, a la sombra del poeta insistentemente retuiteable? Habrá que verlo: cuesta discernir si su obra se sobrepondrá a sí misma, a sus reiteraciones, a su ansiedad indiscreta por ser cordial.