Castellanos-Moya

Castellanos-Moya

Letras

Horacio Castellanos Moya, crónicas de violencia y exilio

Casa de América homenajea al escritor salvadoreño

4 junio, 2019 10:11

“Me siento muy cerca de la tragedia porque vengo de un país trágico”, afirmaba el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) en su última entrevista con El Cultural, el año pasado tras publicar su novela Moronga. Aclamado y denostado a partes iguales en su país, de donde tuvo que huir tras publicar El Asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997), iniciando un periplo por lugares como México, España, Japón, Alemania, y especialmente Estados Unidos, el escritor nunca ha tenido reparo en decir que el desarraigo ha sido un tópico tanto de su vida personal como de su literatura. Este desarraigo, la relación entre política y literatura y la violencia ya cotidiana en Centroamérica son los principales ejes por los que discurre una obra literaria que protagoniza desde hoy la Semana de Autor de Casa de América, un homenaje en el que participarán junto al autor varios escritores, críticos, periodistas y profesores universitarios que desgranaran la obra y la figura de uno de los escritores más importantes del español.

“Estamos demasiado acostumbrados a homenajear a los muertos, porque su obra está concluida y podemos ponerle moralejas y etiquetas. Pero es una gran iniciativa señalar a autores vivos que proponen voces poderosas, originales y arriesgadas. Y Castellanos Moya sin duda es una de ellas”, afirma rotundo el escritor peruano Santiago Roncagliolo, que abre esta misma tarde la primera mesa redonda: Política en la literatura de H. Castellanos Moya. Y es que la literatura del salvadoreño está marcada por los tres imperativos que inevitablemente determinan la trayectoria de cualquier escritor centroamericano: la violencia, la política y el exilio.

“Una vez, en El Salvador, dije en una entrevista que había leído y disfrutado a HCM. El periodista apagó la grabadora y me sugirió: ‘mejor no diga eso. Ese señor no es muy popular’”, recuerda Roncagliolo. “De hecho, después supe que ese señor había tenido que abandonar su país por poner los dedos en sus llagas. Ya no tenemos muchos referentes de escritores peligrosos, tan certeros en su denuncia de los lados oscuros de un país que deben abandonarlo. Pero quizá eso es precisamente lo que necesitamos de la literatura. Que duela. Que sus autores rasguen los silencios que el poder necesita”, reflexiona.

Narrar la realidad sin magia

La importancia de Horacio Castellanos Moya para El Salvador se hace evidente con ciertas obras, como La sirvienta y el luchador (2011), uno de los testimonios más duros y exactos de lo que fue el terror policial y la violencia de Estado durante la larga guerra del país. “Lo que vuelve interesante a HCM es lo mismo que lo vuelve insoportable: su visión vitriólica de todos los lados del conflicto. Los políticos de todos los bandos quieren convencernos de la bondad de sus principios. Horacio escribe una narrativa posconflicto, no para defender a una de las partes, sino para enseñar el sinsentido de la violencia, y cómo ella convierte a sus participantes, por idealistas que sean, en monstruos”, apunta Roncagliolo, que compara al escritor, “por generación y actitud, con Bolaño o Houellebecq. Su voz pone en duda todos los clichés ideológicos de la Guerra Fría, y por extensión, todos los clichés ideológicos”.

Una opinión que comparte el escritor y crítico literario Carlos Pardo, participante mañana miércoles en la mesa redonda Recursos narrativos en la obra de H. Castellanos Moya, que añade que “junto a Rodrigo Rey Rosa, y otros más de México, Nicaragua…, Castellanos Moya pertenece a una generación que se dio cuenta de que para narrar su realidad no necesitaban aludir ni crear ningún territorio mágico. Tienen un sentido de la realidad tan especialmente desarrollado, que se dieron cuenta de que sus ficciones se quedaban cortas ante lo que ocurre en la vida, y eso le da a sus obras un desencanto profundo, sequedad y una dureza áspera”, sostiene. “Son autores que superaron el boom y participan de una corriente muy moderna, son las vanguardias del español de los últimos años”.

Pardo defiende que el salvadoreño “es hoy en día uno de los 3 o 5 mejores escritores en español. Tenemos la fortuna de disfrutar en nuestro idioma de una generación de escritores que llegan al meollo, algo así como los Dostoievski, Tolstói… en el siglo XIX”. A nivel de estilo, opina que “los buenos novelistas son aquellos en los que el estilo está subordinado a las voces de los personajes, y Castellanos Moya es un constructor de personajes increíble que crea voces muy ricas y veraces, narradores engañosos que están muy cerca de dar con la verdad”. También destaca el crítico que “a pesar de practicar una escritura muy clara, crea muchos niveles de escritura y de percepción de la realidad”. Un entramado respaldado por un proyecto narrativo mucho más ambicioso de lo que parece, “pues todas sus novelas están relacionadas entre sí, se prestan narradores, hechos y anécdotas, y forman parte de un mismo territorio que, al beber tan directamente de la realidad, no hace falta literaturizar”.

Una voz universal

A la hora de hacer comparaciones, Pardo trae a colación al austriaco Thomas Bernhard, “pero no solamente por El asco, sino por la similitud de sus personajes, cuyo delirio paranoide les convierte en algo universal muy al estilo de los de Bernhard, solo que los de Castellanos Moya se juegan la vida”. Sobre ellos hablara la escritora, crítica y profesora universitaria Anna Caballé el jueves en la charla Elogio del perdedor: Los personajes en la obra de H. Castellanos Moya, que se centrará en los protagonistas del escritor, seres trágicos, resignados ante el dolor y encadenados a existencias terribles y sin salida. “Me voy a centrar en el atractivo del personaje perdedor, característico de la literatura de Castellanos y que define esa contraépica que ha gestado la literatura del siglo XX y XXI. Esa con la que fácilmente nos identificamos. Sus personajes son perdedores, se sienten abrumados por una situación que les puede, les desborda y les expulsa”.

Caballé, que llegó a la literatura del salvadoreño  debido a su interés por el país tras visitarlo en un viaje promovido por la UNESCO, compara a Castellanos Moya con el colombiano Fernando Vallejo. “Son escritores que se ubican en una posición absolutamente contraria al realismo mágico, en lugar de construir un universo simbólico paradisíaco a partir de una realidad muy dura hacen todo lo contrario, potencian los rasgos negativos más crudos de una sociedad que vive completamente escindida por la violencia”. En su opinión, el centro de la literatura de Castellanos Moya, una literatura continua donde los distritos libros son el mismo, “no es tanto el desarraigo, tema típico de la literatura contemporánea, como la ira. Sus protagonistas son personajes rabiosos, viscerales, que gestan es una rabia desmedida, una ira enfebrecida. Personajes completamente abandonados a sus sentimientos”.

Sea como fuere, las temáticas y el estilo del escritor han conseguido trascender su ámbito de creación para convertirse en universales, algo que Caballé celebra. “Aparte de la entidad, la calidad literaria y esa visión tan suya y particular del mundo, su literatura tiene el valor de visibilizar Centroamérica y su drama de las últimas décadas. Castellanos Moya pone sobre la mesa esa violencia centroamericana, nos relata un país desgarrado y muy empobrecido”. Algo con lo que está de acuerdo Roncagliolo, que se lamenta de que “los países centroamericanos son muy mal conocidos. Eso perjudica mucho a sus escritores. Pero aunque los libros de Castellanos Moya tienen frecuentemente escenarios centroamericanos, sus temas son la memoria, la violencia, el sexo, la incapacidad de huir del pasado, todos bastante universales”.

Hurgar en uno mismo

Coincidiendo con este homenaje, a finales de mayo se publica en España Envejece un perro tras los cristales, un volumen que reúne dos cuadernos de apuntes del que el propio Castellanos Moya valora. “La voluntad que los une es la del escritor que hurga en sí mismo para encontrar pistas que le ayuden a entender su forma de estar en el mundo. No se trata de diarios, en el sentido estricto, porque a veces priva en ellos más la reflexión, el estado de ánimo, el trazo, que la anécdota del día a día”. Por ello, decide suscribirlos al nombre de Apuntes que Canetti dio a los suyos. “Escribo apuntes cuando no escribo ficción, en esos periodos en que la imaginación hiberna, cuando la fuerza de la bajamar me arrastra hacia dentro de mí mismo. Periodos de silencio narrativo, cuando las historias por contar yacen indistintas añejándose. En el momento en que el torrente de la ficción irrumpe, el cuaderno de apuntes regresa a la repisa, tranquilo, moroso, a sabiendas de que vendrá un nuevo reflujo”.