Francisco Javier Irazoki. Foto: Mari Jose Aranzabal

El escritor publica Ciento noventa espejos, un libro de poesía en prosa compuesto por artículos de 190 palabras cada uno y con el que pretende demostrar(se) que los límites formales no impiden la libertad expresiva.

Dice Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) que la poesía elude las clasificaciones y entrega como prueba Ciento noventa espejos (Hiperión), un libro compuesto por 95 artículos, con una extensión de 190 palabras exactas cada uno, con los que pretende demostrar(se) que los límites formales no impiden la libertad expresiva y, de paso, celebrar todo aquello que alimenta el ánimo y el intelecto. Escritos en prosa, todos llevan el sello inconfundible de la poesía y, de hecho, el autor considera algunos de ellos sonetos en prosa. La erudición y la personalidad afable del poeta y melómano Irazoki, que elude también las clasificaciones -y los gentilicios-, se reflejan en sus palabras sobre Albert Camus, Bob Dylan, Juan Mari Arzak, Helmut Newton, Fernando Pessoa, Herman Melville, César Vallejo, Víctor Erice, Jorge Semprún...; sobre su querido flamenco, sobre la labor de la crítica literaria o sobre sus paseos por Nueva York, Copenhague, Atenas o París, donde reside desde hace más de dos décadas.



Pregunta.- ¿Cómo y por qué se le ocurrió un libro entero con esta premisa de las 190 palabras? ¿La elección de este número se debe a algún motivo en particular?

Respuesta.- El proyecto nació con la columna Radio París que publiqué en El Cultural. Blanca Berasátegui quiso que el primer texto tuviese 190 palabras. Inmediatamente presentí el libro futuro. Adapté a esa dimensión las páginas siguientes. Y, cuando ya no hubo más columnas, continué con la escritura de la obra. Más que un juego, el número significa un reto: imponerme un límite formal e intentar que no disminuya la libertad expresiva. Luché sin angustia. Los placeres musicales y literarios, las enseñanzas, los encuentros, los viajes o las artimañas oscuras de la política cabían en la pequeña caja mental que ideé. También ocho textos que considero poemas. Por eso hablo de sonetos en prosa.



P.- Stravinski decía que ponerse límites le ayudaba a componer. A juzgar por el prólogo de Ciento noventa espejos, su propósito es similar. ¿Cree que la sobreabundancia de recursos y herramientas es un obstáculo para la creatividad?

R.- Procuro no sentenciar, pero en mi vida cotidiana gozo con la modestia de medios. Lo digo en el texto final de Ciento noventa espejos: "Intuyo que la abundancia desorienta". Soy minúsculo frente a la cima llamada Stravinski. Los límites no le impidieron adentrarse en mundos creativos complejos: la renovación del ballet, el acercamiento al jazz, la disonancia polifónica de La consagración de la primavera.



P.- El libro es un gran no al cinismo y al pesimismo, una celebración de la vida y una muestra de gratitud por sus regalos en forma de amigos, conversaciones, libros, música, viajes... ¿Faltan en el mundo intelectual más muestras de esa "alegría consciente" de la que habla en el texto que dedica a Gracia Armendáriz?

R.- Los campeonatos de dolor tienen mucho prestigio artístico. Pero yo elijo el ejemplo de Juan Gracia Armendáriz. Él y Eloy Sánchez Rosillo celebran, con literatura excelente, la vida en que se consumen. Hallo mayor profundidad en su actitud. Para mí representan lo diametralmente opuesto a la visión superficial y la rebeldía cómoda.



P.- Habla de vivir en el extranjero como antídoto contra los dogmas y los nacionalismos. ¿Cómo ha forjado su personalidad el hecho de vivir en Francia?

R.- Después de veinticuatro años de residencia en París, la ciudad me ofrece aún modelos de convivencia positiva. Aquí, con la combinación de culturas, el orgullo tribal es irrisorio. La xenofobia fracasa y la ironía agujerea los dogmas. En las elecciones generales, Le Pen no consigue ni un cinco por ciento de los votos. Si contar gentilicios fue siempre mi método infalible para dormirme, ahora bostezo con el primero que se me aplica.



P.- Habla de la relación distante entre Francia y España, de la condescendencia de los franceses hacia España y el desprecio ignorante de los españoles hacia Francia. ¿Cómo promovería un mejor conocimiento mutuo entre ambos países?

R.- La situación ha cambiado en los últimos años. El paternalismo de los viejos intelectuales franceses, que necesita el juguete de una España antidemocrática, se esfuma en voz baja. Naturalmente, ese paternalismo ha incluido fuertes dosis de altanería. Al menos en París, los buenos lectores o quienes buscan el arte selecto saben que en España abunda el talento. En los escaparates de las librerías se exhiben las obras de Enrique Vila-Matas, Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas, Ricardo Menéndez Salmón, Javier Marías, etc. A menudo con el comentario entusiasta del librero. Los críticos más severos elogiaron la novela de Félix Francisco Casanova. Fernando Aramburu ocupó la portada del suplemento literario de Libération. Se destaca la potencia creadora de Miquel Barceló. Una minoría exigente considera que el flamenco es, por su riqueza, una especie de ONU musical. En mis esporádicas visitas a España, compruebo que algunos amigos tienen una imagen congelada, anacrónica, de Francia. Aún se menciona con recelo infundado al vecino de arriba. Y estos malentendidos sólo se pueden superar con el viaje lento, el conocimiento de los idiomas, el intercambio.



P.- Dedica varios textos a sus paseos por ciudades y en ellos se nota que disfruta de los sitios, capta su esencia rompiendo la barrera de los tópicos y además saca bastante provecho intelectual al viaje. ¿Cuáles son sus consejos para ser un buen viajero?

R.- Que cada cual decida. En mi caso, me basta con un cuaderno, un lápiz y una goma de borrar. Renuncio a las imágenes fotográficas. En Benarés vi una muchedumbre que filmaba las cremaciones a la orilla del Ganges. Teníamos ante nosotros unas escenas poderosas, inolvidables, y el deseo de ofrecer a los amigos lejanos las huellas de un exotismo se imponía sobre la tragedia. Me pareció una manera de segar la memoria.



P.- Como no podía ser de otra manera, la música ocupa un lugar destacado en su libro y, como en todo lo demás, rechaza el purismo y los prejuicios (como el que identifica el rock con un bajo nivel cultural y que usted desmonta poniendo como ejemplo a Santiago Auserón). ¿Quiénes, como Niño de Elche, cree que simbolizan hoy esa falta de ataduras con resultados enriquecedores?

R.- En realidad, la ausencia de ataduras no es una aportación contemporánea. En la Historia de la Música, continuamente surge el artista solitario que inventa caminos. Todavía me asombran las composiciones de Machaut en el siglo XIV. O, en el siglo XVI, las notas de Janequin que imitan el canto de las aves y los gritos de los combatientes heridos. O las disonancias revolucionarias de Gesualdo y Monteverdi en los siglos XVI y XVII. Los últimos cuartetos de Beethoven encierran demonios indescifrables. Hoy en día admiro a un instrumentista que domina, siempre con la máxima calidad, estéticas muy variadas. Se llama Josetxo Silguero. Su saxo brilla en las músicas vanguardistas y clásicas, en el jazz menos previsible, en el acompañamiento a Mikel Laboa. La versatilidad de Silguero cuenta con el precedente de un maestro libre: el saxofonista, clarinetista y bandoneonista Michel Portal.



P.- El libro es también una colección de semblanzas que en muchos casos nos descubren a personajes poco conocidos, injustamente olvidados o mal recordados. ¿Cree que el periodismo cultural debería ahondar en eso en vez de subrayar los grandes nombres de siempre?

R.- En parte, el periodismo cultural está sometido a la información urgente. Comprendo que le cueste ahondar. Yo me he beneficiado de la lentitud. He repetido que lo mejor de mí lo construyeron personas discretas. Seres que no usan el aspaviento y a menudo pasan inadvertidos. ¿Quiénes? Una pintora que ha huido de la lupa planetaria de internet, un fotógrafo que resucita árboles, un docente, los que resisten contra un régimen político totalitario, varios escritores. En la primera fila de mi aprecio, Albert Camus y Hannah Arendt.



P.- En uno de los textos reflexiona sobre el estado de la poesía y su evolución. ¿Hacia dónde va? ¿Usted también cree que "se aleja definitivamente de los límites del verso"?

R.- Opino que va en dirección contraria a las cárceles. Por descontado que respeto todas las vías poéticas. Muchos autores continúan transmitiendo hondura en sus versos. Pero afortunadamente se afianza la presencia de la poesía en otras expresiones. En Ciento noventa espejos se incluye un texto dedicado a Bob Dylan y Leonard Cohen. Lo escribí tres años antes que al primero de ellos le dieran el Premio Nobel de Literatura. En mi página justifiqué este reconocimiento. Juglares modernos, Cohen y Dylan supieron difundir con eficacia su arte. Peter Sinfield, Patti Smith y otros letristas ingeniosos los acompañaron. Sigo pensando que el público acertó al identificar aquellas canciones con la poesía. E intuyo que tampoco se equivoca si busca lo poético en el cine de José Luis Guerín y Oskar Alegría, en las fotos de Chema Madoz, en el circo invisible de Victoria Chaplin y Jean-Baptiste Thierrée.



P.- El libro es también un buen ejemplo de prosa poética. Aunque a veces resulta difícil acotarla, ¿cómo la definiría usted?

R.- Prefiero hablar de poesía en prosa. Insisto en defender sin ruido una convicción: la poesía rebasa los límites de los géneros literarios. No se deja recluir entre etiquetas. Me parece que incluso rompe los vallados de la literatura. Para mí, es una forma de vivir. Pero volvamos a las palabras: desde hace casi veinte años, la poesía en prosa se ha convertido en el medio donde más libremente respiro.



@FDQuijano