Javier Cercas

Dice Javier Cercas (Ibahernando, 1962) que todo lo que escribe está conectado. Su nuevo libro, El monarca de las sombras (Random House), cuenta la historia de su tío abuelo Manuel Mena, que a los diecinueve años, luchando con los nacionales, murió en la batalla del Ebro. El monarca... tiene algo de coda a Soldados de Salamina. También dialoga con otros libros suyos, como Anatomía de un instante, que trataba sobre "una gran ficción colectiva", o con El Impostor, su última novela sin ficción, en esta ocasión centrada en un personaje, Enric Marco, que era en sí mismo "una ficción ambulante".



Soldados de Salamina era, según Cercas, "una reivindicación política y moral del pasado republicano". El monarca... es, en cambio, "la asunción del pasado", lo que no implica, dice, ninguna reivindicación, pues no es posible revindicar a los que se equivocaron de bando: "Es la asunción por mi parte del pasado de mi familia, una familia franquista cuyo símbolo es precisamente este joven soldado que luchó del lado de los nacionales". Su relación con El impostor tiene que ver con la memoria del país. "En El impostor Enric Marco, un hombre que reinventó su vida para presentarla de manera heroica, me sirvió para hablar de cómo en España habíamos enmascarado nuestro pasado. Contra esta actitud va precisamente El monarca de las sombras".



Pregunta.- Como en El impostor, arranca con una referencia a un artículo suyo en El País. ¿Está todo lo que escribe, incluidas sus piezas periodísticas, relacionadas?

Respuesta.- Me gustaría aclara antes de nada que yo no soy periodista: escribo artículos en la prensa. Casi no hablo de política; hablo de cosas personales, de temas que me interesan. El articulismo a veces es un campo de maniobras para las novelas, sí. En ese sentido hay un trasvase total.



P.- Cada vez más, sus libros dialogan entre sí. ¿Esto desde cuándo lo siente así? ¿Comienza con Soldados de Salamina?

R.- Esto ha ido ocurriendo a medida que me hacía viejo. Me he dado cuenta de que mi obra es como un sistema, aunque cada libro es distinto para mí. Una novela consiste en formular una pregunta compleja de la manera más compleja posible. Cada pregunta es distinta, así que hay que formularla de manera distinta. Cada uno de mis libros, aunque tengan puntos en común, aunque haya obsesiones comunes y tengan un aire de familia, es diferente.



P.- ¿Es usted partidario de volver -como se ha defendido, por ejemplo, en Alemania- una y otra vez a los sucesos trágicos de nuestra historia?

R.- Absolutamente. Es indispensable. La única forma de hacer algo útil con el futuro es tener el pasado siempre presente. El pasado es una dimensión del presente. El presente no tiene sentido sin el pasado. En cuanto se olvida el pasado se está preparado para repetirlo.



P.- ¿Y en la Transición no se hizo eso de alguna manera?

R.- No. Se hizo exactamente lo contrario. El cliché del pacto del olvido, porque es un cliché, no es cierto. Lo que hubo fue un pacto para no usar el pasado políticamente. Es distinto. Hubo un pacto de recuerdo. La gente mínimamente razonable cree que la Transición salió bien. Aquello funcionó porque todo el mundo, de Carillo a Suárez y de sus padres a los míos, estaba de acuerdo en que la guerra no se podía repetir. Tenían el pasado presente; así que nada de olvido. La historia se repite constantemente, pero lo hace de maneras tan distintas que es difícil reconocerlo. Ahora, después del Brexit y de Trump, es obvio que estamos volviendo a la política épica y sentimental de los años treinta, a las mentiras masivas.



La Transición funcionó porque todo el mundo, de Carillo a Suárez, estaba de acuerdo en que la guerra no se podía repetir"

P.- Como en muchos de sus libros (El impostor, Anatomía de un instante) parte de una ficción -la leyenda de Manuel Mena, en este caso- y busca qué hay en esa ficción de verdad. ¿Es este su principal tema?

R.- Nunca lo había pensado, pero es verdad. Son mitos. Manuel Mena era un mito. Y Marco era un mito. Yo pongo a discutir la verdad de los hechos y la verdad de la leyenda. En el caso de Marco, lo que se había inventado y lo que había de verdad. Y en este caso igual. En El monarca... hay dos narradores, uno que cuenta la historia, sin ficción, y otro narrador que se puede tomar sus libertades, que cuenta el proceso de la novela. Esto sí que es común a casi todos mis libros, que son novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas. Entre esos dos narradores hay un diálogo entre la verdad de la leyenda y la verdad de los hechos. De ahí tiene que salir la verdad total.



P.- Se dice mucho que ha abandonado la ficción, pero usted, en realidad, no ha dejado de trabajar con ella nunca, ¿no es así?

R.- Desde luego. La gente tiene una idea limitadísima de la ficción. La ficción pura no existe y si existiera no tendría ningún interés. Es un invento de los que no saben qué es la ficción. La ficción solo es interesante porque está mezclada con la realidad. Pero esto no es novedad, es así desde Homero.



P.- ¿Hay ficción en esta novela?

R.- Sí, la hay. No la había en El impostor, porque hubiera sido redundante: una ficción sobre una ficción, que era Enric Marco. Ni tampoco la hay en Anatomía de un instante, porque tampoco tenía sentido hacerlo sobre una ficción colectiva. En este libro hay muy poca ficción, alguna cosa que le atribuyo a David Trueba, algún diálogo, pero nada más. No hay invención de episodios, pero es cierto que yo me tomo mis libertades creativas. Pero como usted sabe, si en un relato entra una gota de ficción, entonces el relato se convierte en una ficción completa. Es como una gota de veneno en un vaso de agua.



P.- Alguna pista tiene el lector de lo que no es fiable: aquello que no se ha grabado, o que usted dice, más bien, que no se ha grabado. Esto (hablar de grabaciones para recalcar la veracidad de algunos datos) es un recurso que ya ha utilizado en otros libros.

R.- Sí, aunque no es preciso grabar todo, porque yo puedo reproducir de manera intencionadamente fiel algo… pero aquí no he hecho ni siquiera eso. Por eso este libro es ficción.



P.- Siempre ha tenido mucho ojo para elegir las historias (creo que lo decía Vargas Llosa), pero quizás es esta, de entre todas las suyas, una de las más convencionales: historias como la de Manuel Mena hubo muchas. ¿Fue más difícil hacer atractiva la historia de un soldado más?

P.- Estoy de acuerdo, esta es la historia de mucha gente, pero a mí me importaba mucho. Un escritor tiene que escribir sobre lo que le importa mucho. La literatura no es cuestión de fondo, es cuestión de forma. La historia del Quijote es una tontería como una casa, pero la coge Cervantes... una buena historia bien contada es una buena historia, pero una buena historia mal contada es una mala historia. Con la herencia de la guerra cargamos todos. No nos morimos; esto es así. Es una realidad. La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma: mi padre vive en mí y en mi hijo vivo yo. Cargamos con nuestra herencia aunque no sepamos cuál es. Por eso es mejor saberlo.



Nunca he dicho que franquistas y republicanos fueran iguales, aunque para muchos sea yo el revisionista oficial. Es una mentira asquerosa"


P.- Se ha escrito mucho sobre el idealismo de los republicanos, pero apenas nada sobre idealismo en el bando nacional. Manuel Mena es un ejemplo. ¿Es todavía este un tema delicado en España?

R.- Es tan delicado que es usted el primero que me lo señala. Voy a explicarme con cuidado, porque luego me tergiversan. Nunca he dicho que franquistas y republicanos fueran iguales, aunque para muchos sea yo el revisionista oficial. Es una mentira asquerosa. Los que tenían la razón política durante la guerra eran los republicanos, no hay duda. La República fue un régimen democrático, frágil en muchos aspectos, pero una democracia que fue derribada por un golpe militar. Ahora bien, la razón moral es otra cosa. Hubo gente que políticamente defendía la causa justa pero que no tenía la razón moral. Nadie civilizado puede decir que tenía razón moral alguien que mató a sangre fría a curas y monjas. Y al revés, existe gente que, de buena fe, se equivocó de bando, como Manuel Mena. Se equivocó políticamente, pero moralmente no puedo juzgarle. Ahora ya sabemos lo que era el fascismo, pero entonces el fascismo era una moda. La democracia no estaba de moda, era una cosa de viejos. El charlamentarismo, que decía Unamuno.



P.- ¿Fue Manuel Mena una víctima?

R.- Desde luego. En las guerras mueren los niños, y quienes los mandan a morir y a matar son los adultos. Mena fue a la guerra envenenado por una ideología tóxica y fascinado por una idea de la guerra que, desde que el mundo es mundo, han predicado los poetas y los pintores. La idea de Las lanzas de Velázquez, donde hasta los caballos son nobles. Los vencedores son compasivos y los perdedores son dignos. Como dice Ferlosio, los hombres aman la guerra. Hay una frase de Zizek que dice: "Detrás de toda guerra hay un poeta". Esto es. Las palabras son dinamita.



P.- Sostiene que la burguesía naciente se equivocó de bando, pero también que fue el desorden imperante el que la empujó al lado nacional. Esa burguesía naciente fue la base de la reacción en toda Europa, ¿pero cuesta más decirlo en España porque nos suena a justificación?

P.- El miedo a la revolución genera el fascismo en Europa, pero aquí ese miedo es atizado muy hábilmente por una oligarquía que aprovecha los errores de la República. Así se consigue que la clase media, estos pequeños propietarios rurales, que son gente de orden y tradicional, católica, el "macizo de la raza", como diría Machado, esta clase media, que estaba dormida, se siente agredida. En los pueblos como el mío se da un clima de violencia, y la oligarquía consigue convencerlos de que la República es un peligro. Y de que la única solución es acabar con ella.