Image: Los dominios de Venus

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Letras

Los dominios de Venus

Pasajes

El Cultural
Publicada

Venus en el Espejo, de Tiziano.

Páginas iniciales de El portero de los cartujos, la primera novela recogida por Mauro Armiño en Los dominios de Venus, la antología erótica de los siglos XVIII y XIX que acaba de publicar Siruela.

Historia de Dom B…, portero de los cartujos

Gervaise de Latouche

¡Qué dulce gozo para un corazón desengañarse de los vanos placeres, de las frívolas diversiones y de las peligrosas voluptuosidades que lo unían al mundo! Una vez que vuelve a sí mismo tras una larga serie de extravíos, y en medio de la calma que le procura la feliza privaciín de lo que en el pasado era objeto de sus deseos, aún siente esos estremecimientos de horror que deja en la imaginación el recuerdo de los peligros a los que ha escapado; pero sólo los siente para felicitarse por la seguridad en que se encuentra: estos movimientos llegan a ser para él sentimientos queridos, porque sirven para hacerle saborear mejor los encantos de la tranquilidad de que goza.

Tal es, lector, la situación del mío. ¡Cuánto no debo agradecer al Todopoderoso, cuya misericordia me ha retirado del abismo del libertinaje en que estaba sumergido, y hoy me da fuerzas para escribir mis extravíos para edificación de mis hermanos!

Soy el fruto de la incontinencia de los reverendos padres celestinos de la ciudad de R. Digo los reverendos padres porque todos alardeaban de haber participado en la composición de mi individuo. Pero, ¿qué asunto me detiene de pronto? Mi corazón está agitado: ¿es por temor a que se me reproche que revelo aquí los misterios de la Iglesia? ¡Ah! Superemos ese débil remordimiento: ¿no sabemos que todo hombre es hombre, y los monjes sobre todo? Por lo tanto tienen la facultad de trabajar en la propagación de la especie. ¡Eh!, ¿por qué iba a prohibírseles si lo hacen tan bien?

Quizá lector esperéis impaciente que os haga un relato detallado de mi nacimiento. Lamento no poder satisfaceros tan pronto en ese punto, y por ahora vais a verme en casa de un afable campesino al que durante mucho tiempo tomé por padre.

Ambroise era el nombre de aquel buen hombre, jardinero de una casa de campo que los celestinos tenían en un pequeño pueblo a varias leguas de la ciudad; su mujer Toinette fue elegida para servirme de nodriza: un hijo que había traído al mundo, y que murió en el momento en que yo vi la luz, ayudó a velar el misterio de mi nacimiento; enterraron en secreto al hijo del jardinero, y pusieron en su lugar al de los monjes: el dinero lo consigue todo.

Crecía poco a poco, siempre en total ignorancia y creyéndome hijo del jardinero; me atrevo a decir, sin embargo, (perdóneseme este pequeño rasgo de vanidad) que mis inclinaciones revelaban mis orígenes. No sé qué influencia divina actúa sobre las obras de los monjes: parece que la virtud del hábito se comunica a todo lo que tocan, y Toinette lo demostraba. Era la hembra más fogosa que nunca haya visto, y he visto unas cuantas: era gorda pero apetitosa, ojillos negros, nariz respingona, vivaracha, apasionada, más de lo que suele serlo una aldeana. Hubiera sido un entretenimiento excelente para un hombre de bien, júzguese para monjes. Cuando la granuja aparecía con su corsé de los domingos, que le ceñía unos pechos que el sol siempre había respetado, y dejaba ver dos tetas que rebosaban, ¡ah!, en ese momento ¡cómo sentía yo que no era hijo suyo! ¡O de que buena gana habría pasado por alto esa condición! Todas mis disposiciones eran monacales. Guiado sólo por el instinto, no veía una muchacha a la que no abrazase, y en la que no llevase mi mano a todos los sitios donde ella tuviera a bien dejarla ir; y, aunque no supiese positivamente lo que habría hecho, mi corazón me decía que habría hecho más si no me hubieran detenido.

Un día que me creían en la escuela, me había quedado en el cuchitril donde dormía. Un simple tabique lo separaba de la habitación de Ambroise, cuya cama se apoyaba precisamente contra aquella pared. Estaba dormido, hacía mucho calor, era en pleno estío, y de pronto fui despertado por las violentas sacudidas que oí dar en el tabique. No sabía qué pensar de aquel ruido, cada vez más fuerte; prestando atención, oí unos sonidos anhelantes y trémulas palabras sin ilación y mal articuladas. «¡Ay!..., más despacio, querida Toinette, no vayas tan deprisa. ¡Ay, bribona..., me haces morir de placer! ¡más deprisa! ¡Eh, deprisa! ¡Ay!..., me muero».

Sorprendido de oír semejantes exclamaciones cuya energía no captaba en su totalidad, me incorporé: apenas me atrevía a moverme. Si se hubiera sabido que estaba allí, podía temer cualquier cosa, no sabía qué pensar, estaba muy preocupado. La inquietud que me embargaba no tardó en dejar paso a la curiosidad. Volví a oír el mismo ruido, y creí distinguir que un hombre y Toinette repetían alternativamente las mismas palabras que ya había oído; idéntica atención de mi parte: el deseo de saber lo que ocurría en aquella habitación se volvió al final tan viva que acalló todos mis temores. Decidí saber lo que pasaba; estoy seguro de que de buena gana habría entrado en la habitación de Ambroise para ver lo que ocurría, arriesgándome a todo lo que hubiera podido sobrevenir. No hubo necesidad: tanteando despacio con la mano por ver si encontraba algún agujero en el tabique, sentí que había uno cubierto por una gran imagen religiosa. Lo perforé, y vi luz. ¡Qué espectáculo! Toinette, desnuda como la mano, tendida sobre la cama, y el padre Polycarpe, superior del convento, que vivía en la casa desde hacía un tiempo, desnudo como Toinette, haciendo... ¿qué? Lo que hacían nuestros primeros padres cuando Dios les ordenó poblar la tierra; pero con circunstancias menos lúbricas.

Aquella vista produjo en mí una sorpresa mezcla de alegría y de un sentimiento vivo y delicioso que me habría sido imposible expresar. Sentía que habría dado toda mi sangre por estar en el lugar del monje: ¡cómo lo envidiaba! ¡Qué grande me parecía su felicidad! Un fuego desconocido se deslizaba por mis venas, tenía el rostro encendido, mi corazón palpitaba, contenía aliento, y la pica de Venus, que empu- ñé con la mano, era de una fuerza y de una rigidez capaz de derribar el tabique si hubiera empujado un poco fuerte. El padre terminó su carrera y, al retirarse de Toinette, la dejó expuesta a todo el ardor de mis miradas. Ella tenía los ojos moribundos y el rostro cubierto del rojo más vivo, jadeaba, los brazos le colgaban inertes, su pecho subía y bajaba con una precipitación sorprendente: de vez en cuanto apretaba el trasero poniéndose rígida y lanzando grandes suspiros. Mis ojos recorrían con una rapidez inconcebible todas las partes de su cuerpo; no había una sola sobre la que mi imaginación no estampase mil besos de fuego. Chupaba sus tetas, su vientre; pero el lugar más delicioso, y del que mis ojos ya no pudieron arrancarse una vez que los hube fijado allí, era... ¡Ya me entendéis! ¡Cuántos encantos tenía para mí aquella concha! ¡Ay, qué adorable colorido! Aunque cubierta por una especie de espuma blanca, a mis ojos no perdía nada de la vivacidad de su color. Por el placer que sentía, reconocí el centro de la voluptuosidad. Estaba sombreado por un pelo espeso, negro y rizado. Toinette tenía las piernas separadas. Parecía que su lascivia estuviese de acuerdo con mi curiosidad para no dejarme nada que desear.

El monje, tras recuperar el vigor, fue de nuevo a presentarse al combate; se colocó encima de Toinette con renovado ardor; pero sus fuerzas traicionaron su valentía, y fatigado de picar inútilmente a su montura, lo vi retirar el instrumento de la concha de Toinette, flojo y con la cabeza gacha. Despechada por esa retirada, Toinette lo cogió y se puso a menearlo; el monje se agitaba con furia y parecía no poder soportar el placer que sentía. Yo analizaba todos sus movimientos sin otra guía que la naturaleza, sin otra instrucción que el ejemplo, y, curioso por saber qué podía provocar aquellos movimientos convulsos del padre, buscaba su causa en mí mismo. Estaba sorprendido de sentir un placer desconocido que aumentaba insensiblemente, y por fin se volvió tan grande que caí desfallecido en mi cama. La naturaleza hacía unos esfuerzos increíbles, y todas las partes de mi cuerpo parecían contribuir a los placeres del instrumento que yo acariciaba. Finalmente cayó ese licor blanco, del que había visto una profusión tan abundante en los muslos de Toinette. Volví de mi éxtasis y retorné al agujero del tabique, pero ya era tarde: la última mano se había jugado, la partida estaba acabada. Toinette se vestía, el padre ya lo estaba.

Permanecí durante un tiempo con el espíritu y el corazón dominados por el lance del que acababa de ser testigo, y en esa especie de aturdimiento que experimenta un hombre que acaba de ser herido por el resplandor de una luz extraña. Iba de sorpresa en sorpresa: los conocimientos que la naturaleza había puesto en mi corazón acababan de desarrollarse, las nubes con que los había cubierto se habían disipado. Reconocí la causa de los distintos sentimientos que sentía cada día a la vista de las mujeres. Esa imperceptible evolución de la tranquilidad a los impulsos más vivos, de la indiferencia a los deseos, había dejado de ser un enigma para mí. «¡Ah! -exclamé-, ¡qué felices eran! La alegría enloquecía a los dos. ¡Qué grande ha de ser el placer que disfrutaban! ¡Ah... qué felices eran!». La idea de esa felicidad me absorbía: por un momento me privaba de la posibilidad de pensar en ella. Un silencio profundo sucedía a mis exclamaciones. «¡Ah! -continuaba enseguida-, ¿nunca seré mayor para hacer lo mismo con una mujer? Moriría encima de ella de placer, ya que acabo de tener tanto. Sin duda, no ha sido más que una débil imagen del que disfrutaba el padre Polycarpe con mi madre. Pero -proseguí-, qué simple soy: ¿es absolutamente necesario ser mayor para tener ese placer? Pardiez, me parece que el placer no se mide por la altura; con tal de estar uno encima de otro, eso debe ir sobre ruedas».