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Letras

Cuentos mordaces

La editorial Navona publica una antología de cuentos de Saki, maestro del humorismo literario contra las rigideces victorianas.

El Cultural
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En línea con el feliz redescubrimiento editorial de la obra del genial Hector Hugh Munro, Saki, la editorial Navona recupera aquí una colección de hilarantes relatos cortos, en su mayoría protagonizados por Clovis Sangrail, una suerte de dandi adolescente cuya afición principal es colarse en las mejores fiestas a incordiar a los invitados y a sus encopetadas señoras.

Saki se mueve entre la alta sociedad británica casi tan bien como el protagonista de estos cuentos, y así, como un ventrílocuo que prestase su voz al muñeco creado, disecciona inmisericordemente a una élite ahíta de sí misma que tiene en la envidia y la hipocresía sus primeros motores sociales. El muestrario es inmejorable. La "elegante fauna" de las historias, como la bautiza en el prólogo José Luis Piquero, es analizada por Saki en cuatro trazos; a veces, tan solo, con el fogonazo de una frase. Así, tenemos a la señora Cornett, "que pasaba mucho tiempo en su tocador y cuyo cutis tenía fama de propender al nomadismo y aun así ser puntual"; o a Bertie van Tahn, que "a los diecisiete años era tan depravado que hacía mucho tiempo que había renunciado a ser algo peor".

A veces Clovis tan solo se deja caer en las fiestas; eso sí, siempre a tiempo de cerrar la escena con alguna de sus afiladísimas sentencias: "Me pregunto por qué el escándalo parece mucho peor bajo un techo. Siempre he considerado una prueba de la superior delicadeza de los gatos el que gestionen casi todos sus escándalos sobre las tejas".

Un gato que habla, por cierto, es el protagonista del primero de los cuentos del volumen, que ofrecemos, como adelanto, a continuación:


Tobermory

Era la tarde fría y lluviosa de un día de finales de agosto, esa estación indefinida en la que las perdices están aún seguras o en suspensión temporal y no hay nada que cazar... a menos que uno limite al norte con el Canal de Bristol, en cuyo caso podría uno correr legítimamente tras los gordos ciervos rojos. La fiesta de lady Blemley no limitaba al norte con el Canal de Bristol, así que había un lleno total de invitados alrededor de la mesa del té en esa tarde en particular. Y, a pesar del vacío de la estación y de la trivialidad del momento, no había ni rastro entre la concurrencia de esa inquietud fatigosa que indica el miedo a la pianola y la discreta ansia del bridge de subasta. La atención embobada y sin disimulo de toda la fiesta estaba fija en la personalidad prosaicamente negativa del señor Cornelius Appin. De todos los invitados, él era el que había llegado a lady Blemley con la reputación más imprecisa. Alguien había dicho que era "inteligente" y obtuvo su invitación gracias a las moderadas expectativas, por parte de su anfitriona, de que al menos una parte de esa inteligencia contribuyese al entretenimiento general. En lo que iba de día, y llegada la hora del té, había sido incapaz de descubrir en qué dirección, si había alguna, se extendía su inteligencia. No era ingenioso ni un campeón en el croquet ni una fuerza hipnótica ni un inspirador de representaciones teatrales de aficionados. Tampoco su exterior sugería el tipo de hombre al que las mujeres estarían dispuestas a perdonar un generoso equipaje de deficiencia mental. Había quedado reducido al simple señor Appin, y el Cornelius parecía apenas algo de transparente fanfarronería bautismal. Y ahora estaba asegurando que había lanzado al mundo un descubrimiento al lado del cual la invención de la pólvora, de la imprenta y de la máquina de vapor resultaban bagatelas insignificantes. La ciencia había dado pasos apabullantes en muchas direcciones durante las últimas décadas, pero esto parecía pertenecer a la esfera del milagro, más que al logro científico.

-¿Y realmente nos pide que creamos -estaba diciendo sir Wilfrid- que usted ha descubierto un método para instruir a los animales en el arte del habla humana, y que ese querido y viejo Tobermory ha resultado ser su primer y exi-toso alumno?

-Es un asunto en el que he trabajado durante los últimos diecisiete años -dijo el señor Appin-, pero sólo durante los últimos ocho o nueve meses he sido recompensado con el vislumbre del éxito. Por supuesto he experimentado con miles de animales, pero últimamente sólo con gatos, esas maravillosas criaturas que se han asimilado tan maravillosamente a nuestra civilización conservando a la vez todos sus altamente desarrollados instintos salvajes. De vez en cuando, entre los gatos alguno alcanza un intelecto sorprendentemente superior, igual que ocurre entre los seres humanos, y cuando trabé conocimiento con Tobermory hace una semana enseguida me di cuenta de que estaba en presencia de un "Gato Avanzado" de extraordinaria inteligencia. Había llegado bastante lejos en el camino hacia el éxito en mis últimos experimentos; con Tobermory, como ustedes le llaman, he alcanzado la meta.

El señor Appin concluyó su notable aseveración con una voz que se esforzó en despojarse de cualquier inflexión de triunfo. Nadie dijo "Ratas", aunque los labios de Clovis se movieron esbozando un monosílabo que probablemente invocaba a esos roedores de la incredulidad.

-¿Y quiere usted decir -preguntó la señorita Resker, tras una breve pausa- que usted ha enseñado a Tobermory a decir y entender frases sencillas de una sílaba?

-Mi querida señorita Resker -dijo el obrador de maravillas pacientemente-, uno enseña de esa manera y poco a poco a los niños pequeños y a los salvajes y a los adultos retrasados; cuando uno ha solucionado el problema del comienzo con un animal de inteligencia altamente desarrollada no se necesitan tales métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestro idioma con perfecta corrección.

Esta vez Clovis dijo muy claramente: "¡Más que ratas!". Sir Wilfrid fue más educado, pero igualmente escéptico.

-¿No será mejor que hagamos entrar al gato y juzguemos por nosotros mismos? -sugirió lady Blembley.

Sir Wilfrid fue en busca del animal y los invitados se acomodaron lánguidamente a la espera de algún hábil espectáculo de ventriloquía de salón.

Un momento después, sir Wilfrid estaba de vuelta, con el rostro blanco bajo su bronceado y con los ojos dilatados de excitación.

-¡Dios santo, es verdad!

Su agitación era inequívocamente genuina, y sus oyentes se pusieron en pie con un escalofrío de verdadero interés.

Derrumbándose sobre un sofá, prosiguió sin aliento:

-Lo encontré dormitando en el salón de fumar y le llamé para que viniera a tomar el té. Él parpadeó como hace siempre y yo le dije: "Vamos, Toby, no nos hagas esperar", y ¡Dios mío!: arrastrando las palabras y con una voz horri-blemente natural dijo ¡que vendría cuando le diera la real gana! ¡Por poco pego un salto hasta el techo!

Appin había predicado para oyentes absolutamente incrédulos; la afirmación de sir Wilfrid provocó el convencimiento general. Se originó un coro de Babel de atónitas exclamaciones, ante las cuales el científico permaneció sentado en silencio, disfrutando de los primeros frutos de su formidable descubrimiento.

En medio del clamor, Tobermory hizo entrada en la estancia y se dirigió con sedoso paso y estudiada indiferencia hacia el grupo sentado alrededor de la mesa de té.

Un repentino silencio tenso e incómodo se instaló entre los presentes. De algún modo, dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida habilidad vocal parecía algo embarazoso.

-¿Tomarás un poco de leche, Tobermory? -preguntó lady Blemley con voz algo forzada.

-Me da igual -fue la respuesta, formulada en un tono de tranquila indiferencia. Un estremecimiento de sorpresa y excitación recorrió a la audiencia, y podría perdonársele a lady Blemley que derramara con torpeza toda la jarrita de leche.

-Me temo que he derramado gran parte de ella -dijo en tono de disculpa.

-Después de todo, no es mi Axminster1 -fue la respuesta de Tobermory.

Un nuevo silencio cayó sobre el grupo y entonces la señorita Resker, con sus mejores modales de catequista voluntaria, le preguntó si le había resultado difícil aprender el lenguaje humano. Tobermory la miró directamente durante un momento y luego fijó serenamente sus ojos en la lejanía. Era obvio que aquella pregunta tan aburrida quedaba al margen de su estilo de vida.

-¿Qué opinas de la inteligencia humana? -preguntó Mavis Pellington con torpeza.

-¿La inteligencia de quién en particular? -preguntó Tobermory fríamente.

-Oh, bueno, de la mía, por ejemplo -dijo Mavis, con una débil risita.

-Me pone usted en una posición embarazosa -dijo Tobermory, cuyo tono y actitud ciertamente no sugerían ni pizca de embarazo-. Cuando se sugirió su inclusión en esta fiesta, sir Wilfrid se quejó de que era usted la mujer más descerebrada que conocía y que había una gran diferencia entre la hospitalidad y acoger a débiles mentales. Lady Blemley replicó que su falta de capacidad mental era precisamente la cualidad que la hacía merecer la invitación, pues era usted la única persona que se le ocurría lo bastante idiota como para comprarles el viejo coche. Ya sabe, el que llaman "La Envidia de Sísifo", porque va divinamente cuesta arriba si se le empuja.

Las protestas de lady Blemley habrían tenido mayor efecto si aquella misma mañana no hubiera sugerido casualmente a Mavis que el coche en cuestión era justo lo que le convenía allá en su casa de Devonshire.

El mayor Barfield se lanzó rápidamente a una maniobra de distracción.

-¿Qué me dices de tus avances con la gatita parda allá en los establos?

Nada más decirlo todo el mundo se percató de la metedura de pata.

-Uno no suele discutir estos asuntos en público -dijo Tobermory gélidamente-. Tras observar por encima sus pasos desde que está usted en esta casa, imagino que encontraría inconveniente que yo llevara la conversación a sus propios asuntillos.

El pánico que provocó este comentario no se limitó al mayor.

-¿No te gustaría ir a ver si la cocinera ya te ha preparado la comida? -sugirió lady Blemley presurosa, fingiendo ignorar el hecho de que faltaban al menos dos horas para la hora de cenar de Tobermory.

-Gracias -dijo Tobermory-. No tan seguido del té. No quiero morir de indigestión.

-Los gatos tienen nueve vidas, ya lo sabes -dijo sir Wilfrid efusivamente.

-Posiblemente -respondió Tobermory-, pero un sólo hígado.

-¡Adelaide! -dijo la señora Cornett-, ¿es que quieres animar a ese gato a ir a cotillear sobre nosotros en la sala de los sirvientes?

El pánico, de hecho, ya era general. Una estrecha balaustrada ornamental recorría el frente de la mayoría de las ventanas de los dormitorios de las Torres, y todos recordaron con consternación que esa balaustrada había sido el paseo favorito de Tobermory a todas horas, ya que desde allí podía contemplar a las palomas... y Dios sabe qué más cosas. Si lo que pensaba era recuperar sus recuerdos en su actual estado de sinceridad, el efecto sería algo más que perturbador. La señora Cornett, que pasaba mucho tiempo en su tocador y cuyo cutis tenía fama de propender al nomadismo y aun así ser puntual, parecía tan inquieta como el mayor. La señorita Scrawn, que escribía una poesía fieramente sensual y llevaba una vida irreprochable, se limitó a mostrar irritación; si eres metódica y virtuosa en privado, no necesariamente deseas que todo el mundo lo sepa. Bertie van Tahn, que a los diecisiete años era tan depravado que hacía mucho tiempo que había renunciado a ser algo peor, se puso de un apagado tono blanco gardenia, pero no cometió el error de salir corriendo de la estancia, como Odo Finsberry, un joven caballero que se suponía que estudiaba para eclesiástico y al que posiblemente perturbó el pensar en las revelaciones escandalosas que podría escuchar respecto a otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de mantener una actitud exterior serena; privadamente, es-taba calculando cuánto tiempo le llevaría obtener una caja de hamsters a través de la agencia Exchange and Mart, como material para sobornos.

Incluso en una situación delicada como la presente, Agnes Resker no podía soportar permanecer demasiado tiempo en segundo plano.

-¿Cómo habré venido yo a parar aquí? -preguntó dramáticamente. Tobermory aprovechó inmediatamente la brecha.

-A juzgar por lo que le dijo ayer a la señora Cornett en el campo de croquet, salió usted a la caza de comida. Describió usted a los Blemleys como la gente más aburrida que conocía, pero dijo que eran lo bastante inteligentes como para emplear a una cocinera de primera categoría; de otra manera les resultaría difícil que alguien volviera por segunda vez.

-¡No hay ni una palabra de verdad en lo que dice! Apelo a la señora Cornett -exclamó una Agnes consternada.

-La señora Cornett repitió más tarde su comentario a Bertie van Tahn -prosiguió Tobermory-, y dijo: "Esa mujer es la típica Activista del Hambre2; iría a cualquier parte por cuatro comidas regulares al día", y Bertie van Tahn dijo...

En este punto la crónica cesó piadosamente. Tobermory había captado un atisbo del gran gatazo amarillo de la Rectoría abriéndose camino hacia él a través de los arbustos que conducían al ala de los establos. Al instante se había desvanecido como un rayo a través de la ventana abierta.

Tras la desaparición de su excesivamente brillante alumno, Cornelius Appin se vio acorralado por un huracán de amargos reproches, ansiosas preguntas y amedrentadas súplicas. La responsabilidad de lo sucedido recaía sobre él y debía tomar medidas para evitar que la cosa se complicara aún más. ¿Podía Tobermory enseñar su peligroso don a otros gatos?, fue la primera pregunta a la que tuvo que contestar. Entraba dentro de lo posible, respondió, que hubiera iniciado a su íntimo amigo, el minino del establo, en sus nuevas habilidades, pero era improbable que esta enseñanza hubiera tenido mayor alcance por el momento.

-Entonces -dijo la señora Cornett-, Tobermory podrá ser un gato valioso y una gran mascota; pero estoy convencida de que estarás de acuerdo, Adelaide, en que ambos, él y el gato del establo, deben ser eliminados sin mayor demora.

-¿No supondrás que yo he disfrutado del último cuarto de hora, verdad? -dijo lady Blemley amargamente-. Mi marido y yo apreciamos mucho a Tobermory... Al menos lo apreciábamos antes de estas horribles habilidades que le han sido infundidas; pero ahora, por supuesto, lo que hay que hacer es destruirlo lo antes posible.

-Podemos poner un poco de estricnina en las sobras que se come siempre a la hora de la cena -dijo sir Wilfrid-, y yo puedo ir y ahogar al gato del establo personalmente. Al cochero le dolerá perder a su mascota, pero yo le diré que ambos gatos han contraído una variedad de sarna muy contagiosa y que tememos que pudiera extenderse a las perreras.

-¡Pero mi gran descubrimiento! -protestó el señor Appin-. Todos esos años de investigación y experimentos...

-Puede usted ir y experimentar con las vacas de la granja, que están bajo el control apropiado -dijo la señora Cornett- o los elefantes de los jardines zoológicos. Se dice que son sumamente inteligentes, y tienen esta ventaja: que no andan deslizándose por nuestros dormitorios y bajo las sillas y todo eso.

Un arcángel que anunciase en estado de éxtasis el Milenio, y luego se encontrase con que chocaba imperdonablemente con la regata de Henley y había indefectiblemente que posponerlo, no se habría mostrado más abatido que Cornelius Appin ante la recepción otorgada a su maravilloso descubrimiento. La opinión pública, sin embargo, estaba en su contra: de hecho, de haber sido consultada al respecto, una minoría bastante amplia habría votado a favor de incluirle también a él en la dieta de estricnina.

Malas combinaciones de trenes y un nervioso deseo de ver solucionado prontamente el asunto impidió la inmediata dispersión de la concurrencia, pero la cena de esa noche no fue un éxito social. Sir Wilfrid había pasado un mal rato con el gato del establo y por consiguiente con el cochero. Agnes Resker restringió ostentosamente su cena a una tostada reseca, la cual mordía como si fuera un enemigo personal; Mavis Pellington, por su parte, se encerró en un ren-coroso silencio durante toda la comida. Lady Blemley mantuvo vivo el flujo de lo que esperaba que pasase por una conversación, pero su atención estaba fija en la puerta de entrada. Un platillo en el que se habían dosificado cui-dadosamente restos de pescado estaba dispuesto en el aparador, pero los dulces, los salados y los postres pasaron sin que Tobermory apareciera ni en el comedor ni en la cocina.

La cena sepulcral resultó jovial comparada con la posterior vigilia en el salón de fumar. Comer y beber había al menos proporcionado una distracción y un disfraz a la turbación imperante. El bridge estaba fuera de toda discusión ante la tensión nerviosa y el estado de ánimo generales, y después de que Odo Finsberry hubiera ofrecido una lúgubre versión de "Melisanda en el bosque" a una audiencia glacial, la música fue tácitamente abolida. A las once los criados se acostaron, tras anunciar que la ventanita de la despensa quedaba abierta, como siempre, para uso privado de Tobermory. Los invitados se dedicaron a leer sin descanso el lote de las revistas más recientes y fueron gradualmente recurriendo a la "Biblioteca del Badminton" y los volúmenes encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía periódicas visitas a la despensa y volvía cada vez con una expresión de apático abatimiento que hacía superflua cualquier pregunta.

A las dos, Clovis rompió el silencio dominante.

-No vendrá esta noche. Probablemente estará en este momento en la redacción del periódico local, dictando la primera entrega de sus memorias. En ellas no figurará Lady Cómo Se Titulaba Su Libro. Será el acontecimiento del día.

Tras esta contribución a la jovialidad general, Clovis se fue a la cama. A largos intervalos, varios miembros de la fiesta fueron siguiendo su ejemplo.

Los criados, al servir el té de la mañana, hicieron un unánime anuncio en respuesta a las unánimes preguntas. Tobermory no había vuelto.



El desayuno fue, si cabe, una ceremonia aún más ingrata que la cena, pero, antes de que concluyese, la situación se distendió. El cadáver de Tobermory fue traído desde los matorrales, donde había sido encontrado por un jardinero.

A juzgar por los mordiscos en su garganta y el pelaje amarillo que recubría sus garras resultaba evidente que había entablado un desigual combate con el gatazo de la Rectoría.

Hacia el mediodía la mayor parte de los invitados habían abandonado las Torres y después del almuerzo lady Blemley recobró el ánimo lo bastante como para escribir una carta extremadamente desagradable a la Rectoría comentando la pérdida de su valiosa mascota.

Tobermory había sido el único alumno exitoso de Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Unas pocas semanas más tarde, un elefante del Jardín Zoológico de Dresde, que nunca anteriormente había mostrado signos de irritabilidad, se soltó y mató a un inglés que aparentemente había estado provocándolo. El nombre de la víctima se escribió en los periódicos en formas tan diversas como Appin o Eppelin, pero su nombre de pila fue fielmente registrado como Cornelius.

-Si estaba tratando de enseñarle los verbos irregulares alemanes a la pobre bestia -dijo Clovis-, se merecía lo que le ha pasado.