Image: Lo desorden
James Joyce
Notable por su concepción y su desarrollo -y por la conversión narrativa de la realidad en ficción- es el relato de Eduardo Lago, que, aunque se dio a conocer tardíamente como novelista, posee una capacidad indudable para elaborar artefactos literarios. Sus páginas, que comienzan evocando los primeros libros, ya perdidos -un diminuto diccionario de inglés, tebeos, novelas de aventuras-, se mezclan con noticias y experiencias de la infancia relacionadas también con pérdidas, como las muertes de Marilyn Monroe y del presidente Kennedy. Poco a poco, los recuerdos se acercan más a lo personal sin perder el carácter de algo ya desvanecido irremisiblemente: la casa del pueblo zamorano donde el autor pasó algunos veranos, el hermano menor, muerto a los cuarenta y seis años, los padres, el internado y, por último, la visita a lo que queda de aquel colegio, un edificio devastado y en ruinas, convertido en símbolo de la niñez muerta, en una página de gran intensidad. Se trata de un relato excelente, digno del autor de Llámame Brooklyn. Y lo es también la contribución de Jordi Soler, titulada "El pájaro", sin duda la más formalmente "joyceana" de todas, puesto que se contiene en un monólogo sin un solo punto que se extiende a lo largo de diecisiete páginas y con una habilidosa distribución de las recurrencias que acompañan los sobresaltos del despertar sexual de un niño en un bullicioso mercado.
En "Casa de Socorro", Garriga Vela se opone al tópico de la infancia feliz y evoca una época de sufrimientos incesantes, repleta de percances de salud, golpes y enfermedades: "Me entraban ganas de morirme cuando oía a las personas mayores decir que la infancia era la época más feliz de la vida[...] Si ésa era la época más feliz, cómo sería el resto" (p. 83). Los terrores del niño -y también la crueldad de muchos comportamientos infantiles- son asuntos que desarrolla con gran eficacia Antonio Soler en "La mano del mundo". De Emiliano Monge y su relato "Conocí" destaca su planteamiento, que plantea la maduración como una adquisición de conocimientos que dejan muchas cicatrices, desarrollado con anáforas continuas que le proporcionan cierto aire poemático. Y de Vila-Matas sólo queda decir que sus lectores no se sentirán defraudados y que, como era de esperar, discurre por cauces imprevisibles.